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Full text of "Entre los pastos, novela"

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in 2014 









http://archive.org/details/entrelospastosnoOOprez 



BIBLIOTECA =============== 

"ANTONIO BARREIRO Y RAMOS" 



ENTRE LOS PASTOS 



MONTEVIDEO 
= 1920 



OBRAS DE VÍCTOR PÉREZ PETIT 



La libertad de testar y la legítima (agotada) .. 1 \ 

Zola ( agotada ) 1 

Los Modernistas (2. a edición, agotada) 1 

Cervantes ( agotada ) 1 

Gil ( novelas y cuentos ) 1 

Joyeles bárbaros ( sonetos ) 1 

Teatro I : Cobarde ( 3 actos ) ^ 

Claro de luna ( 1 acto ) )■ 1 

Yorick ( 4 actos ) J 

Teatro II : El esclavo - rey ( 3 actos ) 1 

La Rondalla ( 3 actos ) [ 1 

El baile de Misia Goya ( 1 acto ) . J 

Teatro III: La Ley del Hombre (3 actos) ] 

Mangacha ( 3 actos ) ¡- 1 

Noche Buena ( 3 actos ) ! 

Teatro IV: El Príncipe Azul ( 3 actos ) "| 

Los Picaflores ( 3 actos ) \ 1 

La rosa blanca ( 3 actos ) J 

Civilización y barbarie (agotada) ! 

Rodó ( su vida y su obra ; agotada ) 1 

Entre los pastos (novela, 1. a edición, agotada) . . 1 

Cuentos Crueles 1 

El Parque de los Ciervos 1 

Las alas azules — ( versos ) 1 

HlPOMNEMO — ( crítica ) . 4 

La Ciudad del Espíritu 1 

La joven América 1 

El libro íntimo 1 



BIBLIOTECA ANTONIO BARREIRO Y RAMOS 



US 



ENTRE LOS PASTOS 



NOVELA POR 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



( Obra premiada en el concurso literario organizado por 
" ÍZl Plata" y la empresa Barreiro y C ía ) 



3 o MILLAR 




MONTEVIDEO 

LIBRERÍA NACIONAL A. BARREIRO Y RAMOS 

Bdrreiro & C", Sucesores 
Calle 25 de Mayo esq. Juan C. Gómez 

1920 



R la memoria de mi madre 

Elena Petit de Pérez 



FALLO DEL JURADO 



En Montevideo, a veintitrés de Diciembre de mil no- 
vecientos diez y nueve, se reunieron en la redacción de 
"El Plata" los señores don Mateo Magariños Solsona, 
doctor don Horacio Maldonado y don Raúl Montero Bus- 
tamante, designados para constituir el Jurado que debe 
decidir del mérito de las novelas presentadas al primer 
concurso literario de la serie organizada por la Dirección 
del expresado diario, de acuerdo con la casa editora Ba- 
rreno y Compañía, habiendo precedido a este acto, el exa- 
men individual y colectivo de las trece obras recibidas, 
cuyos títulos y lemas, oportunamente publicados en la 
prensa, son los siguientes : " Renovación ", Ariel ; " Entre 
los pastos ", Sóstrato ; "Fernando Rodríguez ", sin seu- 
dónimo ; " La ley de los lobos ", Pipi ; " María Jesús ", El 
Vizconde Julio Ramiro; "Nunca es tarde", Zapicán del 
Monte; " Los Altúnez ", Heart; " Tribu galiana ", Emilio 
Campuzano ; " Mea culpa ", Per Aspera ad Astra ; " Mag- 
dalena ", Ora et labora ; " La sociedad amigos del pueblo ", 
Moskva ; "Sangre Americana", Sin pretensiones; "in- 
fortunio de almas ", Bernard. 

Habiendo el Jurado pasado a deliberar, luego de un 
breve cambio de ideas, se produjo el acuerdo unánime 
respecto a la eliminación de once de las obras presenta- 
das, debiendo, en consecuencia, pronunciarse, en defini- 
tiva, el Jurado, sobre el mérito de las novelas tituladas 



JO 



VÍCTOR PÉREZ TETIT 



" Entre los pastos " y " Renovación cuya superioridad 
sobre las demás obras presentadas se declaró como evi - 
dente e indiscutible. Examinadas detenidamente ambas 
obras, y hecho un minucioso análisis crítico de sus carac- 
teres y cualidades, se reconoció, unánimemente, la difi- 
cultad de establecer superioridad de la una sobre la otra, 
en razón de los méritos de ambas, y sobre todo, por tra- 
tarse de dos novelas que pertenecen a géneros completa- 
mente distintos y que constituyen, cada una, dentro del 
respectivo género, un hermoso esfuerzo de concepción 
y de realización, sin que el ajuste de lenguaje y elegante 
sobriedad de estilo de la una, haga desmerecer la fuerza 
descriptiva, la rica documentación y la propiedad de len- 
guaje de la otra ; ni tampoco se superen en el trazado de 
la acción. Producido unánime acuerdo al respecto, el 
Jurado, en vista del caso, resolvió declarar que las no- 
velas " Entre los pastos " y " Renovación " se hallan en 
igualdad de condiciones y ambas merecen les sea adju- 
dicado el primer premio. Comunicada esta resolución a 
la dirección de " El Plata "ya los señores Barreiro y 
Compañía, no obstante autorizar el cartel de otorga- 
miento solamente un primer premio, se resolvió, de co- 
mún acuerdo, en vista de la especialidad del caso, du- 
plicar el primer premio establecido en las bases del con- 
curso. 

En consecuencia, luego de haber sido abiertos los so- 
bres lacrados que contenían los nombres de los autores 
de las novelas tituladas " Entre los pastos " y " Renova- 
ción ", que resultaron ser el doctor Víctor Pérez Petit 
(Montevideo) y el señor Máximo Sáenz (Buenos Aires), 
respectivamente, el Jurado, usando de las facultades acor- 
dadas por el cartel y de las que le fueron otorgadas por 



ENTRE LOS PASTOS 



II 



la dirección de " El Plata " y los señores Barreiro y Com- 
pañía, declaró : 

i.° Que las novelas " Entre los pastos de que es autor 
el doctor Víctor Pérez Petit (Montevideo), y "Renova- 
ción ", de que es autor el señor Máximo Sáenz (Buenos 
Aires), se hallan en igualdad de condiciones. 

2. Que otorgan a los señores doctor Víctor Pérez Petit 
y don Máximo Sáenz, autores de las expresadas novelas 
" Entre los pastos " y " Renovación ", el primer premio, 
consistente en la cantidad de trescientos pesos, que será 
entregada a cada uno de ellos por la dirección de " El 
Plata ", y en la edición de ambas obras que será hecha 
por la casa Barreiro y Compañía en un tiraje de un mil 
ejemplares y entregada íntegramente a los autores pre- 
miados. 

3. Que los referidos autores deberán someterse para 
la ejecución de este fallo a lo dispuesto en el inciso 2. 
de la base 5. a del cartel, (a) 

Para constancia de todo lo resuelto se labró esta acta 
que fué suscrita por los miembros del Jurado para ser 
entregada a la dirección de " El Plata ". 

Raúl Montero Bustamante. — M. 
Magariños Solsona. — Horacio 
Maldonado. 



( a 1 Cláusula referente a la publicación de la novela en folletín. 



". . - vidas obscuras y humildes, perdi- 
das en ¡a soledad del campo, entre ¡os 
pastos, sobre las que rueda, a veces, 
un soplo de Rmor y de Tragedia." 



PRIMERA PARTE 



I 



Cuando salió del rancho, ceñida la cabeza y el busto por 
un viejo rebozo de lana, todavía estaba obscuro y las es- 
trellas escintilaban en el firmamento. Hacía un frío hú- 
medo y punzante, — ese frío denunciador de la próxima 
madrugada. La tierra, dura y opaca, estaba espolvoreada 
por el rocío de la noche. Al pisar las motas de césped que 
aquí y allá matizaban el patio de la estancia, Baudilia 
sentía la humedad del hielo penetrarle sus gruesos zapa- 
tones. 

— ¡ Brrrrr ! ¡qué frío! ¡la gran perra! — hizo la moza, 
apretando los dientes y encogiéndose toda ella al salir 
de la tibia atmósfera del rancho y hallarse de pronto ante 
el relente de la noche que le mordía las carnes. 

Entonces, con pasitos cortos y apresurados se enca- 
minó a la cocina,, donde debía encender el fuego. Al mismo 
tiempo, Juan de Dios, que venía del galpón de los peones, 
dispuesto ya para comenzar su habitual tarea de ordeñar 
las vacas, se cruzó con Baudilia. 

— Güen día, — formuló ella. 

Pero el otro, impasible y hosco, se metió en la cocina 
sin contestar al saludo. 

— ¡ Pucha que sos mal educao ! — rezongó Baudilia ; — 
¿que no has oido que te he dao el güen día? 

— No tengo gana de conversaciones, ■ — replicó el 
mozo con brusquedad ; y en seguida, sin parar mientes 
en la inconsecuencia lógica que cometía, agregó: — ¿No 
vistes mi cuchillo que anoche dejé por aquí ? 

2 



i8 



VÍCTOR PÉREZ PKTIT 



— Búscalo con toda tu alma, sarnoso ! — espetó la 
moza, malhumorada repentinamente con la grosería del 
peón. 

— ¡ Te viá a dar sarnoso ! 

— ¡ Pega, si te atrevés ! — desafió ella, no sin encogerse 
ante el ademán amenazador ; y luego, viéndole abandonar 
su actitud agresiva : — ¡ pura palabrería ! 

Baudilia encendió un velón y a su luz temblequeante 
empezó sus habituales ocupaciones. La cocina, fría y 
obscura, estaba llena del vaho agrio que dejan la grasa 
y el humo en los lugares estrechos y cerrados. Apenas si 
se divisaban, a la incierta claridad del velón, los objetos 
que en ella había. Los dos jóvenes se desempeñaban en- 
tre las tinieblas más por adivinación y familiaridad con 
las cosas que por lo que con sus ojos veían. Un perro 
entró y meneando gozosamente la cola fué a hacerle fies- 
tas a la muchacha. 

— ¡Juera, Tigre!, — dijo Baudilia. 

Mientras la moza quebraba cardos secos para encender 
el fuego, Juan de Dios revolvía por los rincones, bus- 
cando su cuchillo. Volteó una lata, se dió en el pecho con 
los estribos de un recado que se asentaba en un tirante, 
soltó el correspondiente juramento contra el recado y 
quien lo había puesto allí, y, encontrando por fin lo que 
buscaba, se volvió de nuevo hacia la muchacha para de- 
cirle, mientras ladeaba su busto al colocar el arma en la 
cintura : 

— Bien podías tener prendido el juego a estas horas, 
dormilona. Aurita tendré que dirme a ordeñar sin chu- 
par un miserable mate. 

— ¡Ajajá! ¿te golvió el habla? — argüyó entonces la 
moza. Y encrespada otra vez : — Yo me levanto cuando 



KNTKI- LOS PASTOS 



se me da la gana, y si no hay mate, chúpate el dedo gordo, 
si te parece. ¡ No f al taha más ! 

— ¡ Tiñosa ! — masticó Juan de Dios, saliendo de la 
cocina. 

— ¡Abombáo! — replicó Baudilia. 

Rezongando como un mangangá, el peón se encaminó al 
tambo, que asi denominaban a un pequeño corral donde 
dejaban por la noche a las lecheras que debían ser orde- 
ñadas al amanecer. Un perro flaco y sucio le vino a los 
alcances para olfatearle amistosamente; pero el mozo, 
que no tenía el ánimo para fiestas, le alargó un puntapié. 
Decididamente, Juan de Dios se había levantado de mala 
vuelta. 

Siguió su camino. Unos pasos más allá, al lado del 
grupo de talas que marcaban el arranque del camino a la 
cañada del bajo, una sombra desusada llamó la atención 
de Juan de Dios. 

— ¡Oh? ¿y eso? — se dijo; y, torciendo el rumbo de 
sus pasos, fué a inquirir lo que sería aquél bulto in- 
forme que, en medio de la obscuridad reinante, trastor- 
naba la silueta familiar de las cosas del paraje. 

Al acercarse el peón, el bulto se movió, calmoso. 

— ¡ No dije ! — prorrumpió entonces, al adivinar con 
sus ojos avisados el caballo de Faustino, que se había des- 
atado del poste donde el chico lo dejara a soga y se había 
venido mansamente hasta los talas ; — ¡ cosas del gurí ! 

Cogió la cuerda, endurecida y húmeda por el rocío, 
que el animal arrastraba entre los pastos, y la ató al 
tronco de los espinosos árboles. Luego, restregándose las 
manos amoratadas por el frío, prosiguió su camino en 
dirección al tambo. 

Una vez allí, dispuso sus tarros, se metió entre los ani- 



20 



VÍCTOR PÉREZ PEfíT 



males ; escogió la lechera que tenía por hábito ordeñar 
en primer lugar, y, como se hallara ésta algo apartada del 
sitio donde lo hacía siempre, le pegó una palmada en el 
anca. 

— i Hala, Chorreada ! — ordenó, haciendo claquear la 
lengua contra el paladar, para avivar el paso de la le- 
chera. 

Entonces, ésta, dócil por la fuerza de la costumbre, 
vino por sí misma a colocarse junto a los palos de la 
puerta del corral. Juan de Dios buscó a su alrededor, 
entre los tarros, el pedazo de soga y maneó con ella las 
patas traseras del animal. En seguida, fué a buscar el 
ternerillo de la vaca en el corral de al lado, donde en- 
cerraban aparte todos los crios por la noche. 

A brincos, como un chivato, se vino el animalito para 
prenderse goloso a la ubre, y entonces empezó Juan de 
Dios su trabajo, en cuclillas, regateándole al ternero, vez 
a vez, las tetas de la madre, para hacer bajar la leche. 
Acumplida esta primer labor, separó el crío de la vaca, 
tironeando de él y fué a atarle a los palos, para volver 
luego a ordeñar la lechera. 

El cielo empalidecía poco a poco, ahogando paulatina- 
mente la grisácea claridad de las estrellas. Pero las som- 
bras se amasaban todavía sobre la tierra. Los grupos de 
árboles más cercanos eran bultos informes que ponían 
una nota opaca en medio de la tiniebla. Las mantas de 
cardo borriquero que hollaba el mozo en su ir y venir, no 
tenían color y se confundían con el color uniforme y ba- 
rroso de la tierra dura. Sólo las paredes blancas de la 
Estancia empezaban a destacarse con un tono grisáceo. 
En el cielo, hacia el occidente, persistía la negrura pro- 
funda de la noche y las estrellas parecían avivar inquie- 



ENTRE IOS PASTOS 



21 



tas sus últimos resplandores. En cambio, en el levante, 
la lechosa claridad que iba trepando sobre el borde del 
horizonte, se intensificaba cautelosamente. 

Juan de Dios proseguía parsimoniosamente su trabajo. 
Ordeñada una vaca, dejaba que el crío mamara a su 
gusto, y la reemplazaba con otra. Así iba llenando de 
leche sus grandes tarros, que alineaba junto a la empa- 
lizada. De pronto, como un fantasma, surgió a su lado 
Faustino, medio soñoliento. 

— Se me desató eí caballo, Juan de Dios, — moduló 
el chico, apesadumbrado. 

— ¿Y no li hallaste? — preguntó el aludido, con sorna. 

— Juí hasta el bajo y no está. 

— ¿No miraste encimita del ombñ ? Pué que se haiga 
subido allí. 

El pobre muchacho no recogió la burla ; antes bien sus- 
piró quejumbrosamente : 

— El patrón me va a dar unos chirlazos, Juan de Dios. 

— Bien hecho, por zonzo. ¿Qué no apriendiste entua- 
vía a atar un caballo pa que no se te suelte? 

-- Juan de Dios, me van a castigar, — repitió dolorosa- 
mente el chico, restregándose los ojos con sus puños 
amoratados por el frío. 

— ¿Y qué querés que yo le haga? 

Entonces, como Faustino enderezara hacia el cardal 
para buscar su matungo, el peón tuvo lástima de él : 

— Por ai no, chancleta ; rumbiá mejor pa los talas. 
Si tuvieras abiertos los ojos pite que ya te hubieras to- 
pado con él. 

Salió corriendo Faustino, vuelta el alma al cuerpo, y 
Juan de Dios se aprestó para ordeñar las últimas vacas. 
Ahora el día avanzaba de verdad. Del lado donde 



22 



VÍCTOR PÉREZ PETlT 



iba a surgir el sol, la claridad intensa del alba se iba 
dorando, manchándose de tintas anaranjadas, acusando 
franjas que serían de púrpura. Las últimas estrellas se 
desleían ya en la lechosa diafanidad del cielo : sólo Ve- 
nus, la estrella de la mañana, temblaba rutilante, muy 
cerca del horizonte, como un prisma de cristal, resistiendo 
la invasora claridad. En la tierra, todos los objetos sur- 
gían de la sombra, cobraban sus formas familiares, se 
vestían poco a poco de su matiz particular. Había en el 
ambiente como una bruma blanquecina, que flotaba sobre 
los inmensos campos, que ceñía los grupos de árboles, 
que se intensificaba en las lejanías, ahogándolas y des- 
vaneciéndolas. Las paredes de la Estancia se tornaban 
cada vez más blancas, se sonrosaban en el pretil de la azo- 
tea. Dos grandes ombúes, sobre una loma, que hasta 
hace un momento eran negros, se azulaban despacio. 

Volvió Faustino con su caballo ensillado y empezó a 
cargar los tarros de leche que había de conducir al pueblo. 
Mientras cumplía esta tarea, empezó a hacerle un cuento 
a Juan de Dios. 

— ¿Sabes, la gallina batará. la que tenía la pollada 
adentro de la cocina? Güeno, pues; anoche la mató una 
comadreja. Debe ser la mesma que estos días se ha estao 
comiendo los pollitos. Baudilia está apenada y la parda 
le va a pedir al patrón que ponga una trampa. 

— Movete y déjate de cuentos, — repuso Juan de Dios, 

— mirá que ya es de día y te se hace tarde. 

— ¡Y más ligero de lo que hago! — contestó el chico; 

— la culpa es del frío, que ha envarado las guascas. 

— ¿Se levantó el patrón?, — dijo en esto el mozo, 
mientras se aprestaba para ordeñar el vaso de apoyo de 
misia Ramona. 



KNTRK LOS PASTOS 



23 



— Cuando venía p'acá, lo vi cruzar por el guarda- 
patio, con un freno en la mano. 

— Güeno, monta y marcha, que de no nos vamos a ligar 
tuitos algún rezongo. 

Se trepó, entonces, el chico sobre su cabalgadura, en 
medio de los tarros, y taloneando al matungo con sus pies 
descalzos, salió al galope por el camino de paraísos. 

Ya era de día. Barras de oro y de púrpura alternaban 
én el oriente, que . con aquellos esplendores ígneos pa- 
recía una fantástica fragua. Unas nubecillas blancas, muy 
blancas, algodonosas, con los bordes sonrosados, fluc- 
tuaban en lo alto sobre un piélago de oro. La tierra pa- 
recía palpitar bajo aquella inmensa caricia rubia y en 
la puntita de los pastos fulguraban las gotas de rocío 
como perlas de vidrio. El tono opaco de la tierra cobraba 
tonos calientes de siena natural y de bruno claro, como 
si brotaran mágicamente de la paleta de un artista. Toda 
la gama del verde, bajo la luz que crecía por instantes, 
cobraba sus valores reales, y mientras los trebolares ar- 
dían como una clara esmeralda, grupos de cinacin?s se 
fundían en tonos de amatista, y el camino, festoneado de 
paraísos, se agravaba de azules metálicos, obscuros como 
záfiros. Los pájaros empezaban a cantar. Lmos teros, in- 
visibles, promovían extraordinaria algazara del lado del 
horno. El balido de las ovejas ponía una nota suave, un 
tintineo campestre en el ambiente húmedo y frío de la 
mañana. A lo lejos, el relincho de un potro agujereó 
el aire azul como una diana de victoria. Y, de pronto, 
enorme, dorado, refulgente, sin dañar todavía la vista, 
surgió el disco del sol entre un mar de nubecillas parduz- 
cas, que parecían evaporarse en una vorágine de perlas. 
Se advertía su ascensión, su crecimiento. Era una bola de 



24 



víctor pérez rr.Tir 



fuego, rutilante, de oro fundido, que se alzaba poco a 
poco sobre la línea remota del horizonte, que ardía ahora 
en un diluvio de sangre. Todo el oriente fulguró, inun- 
dado de saetas amarillas, hirviente de gérmenes, empa- 
pado de lumbre. Un rancho lejano, negro y terroso, se 
aureoló como con un enjambre de avispas anaranjadas. 
En la tierra, los colores se intensificaron alegremente, los 
árboles cobraron tintes fantásticos, los caminos arados 
por la rueda de los carros se diseñaron con relieves de 
tonos suaves y calientes. Entre tanto, las nubes empe- 
zaron a trocar sus colores, y violetas carmíneos alterna- 
ron con verdes de resedá. El oro del levante se desleía 
por minutos, rápidamente, en una blancura hialina, que 
iba avasallándolo todo. El cénit, límpido y sereno, era 
de un celeste claro, transparente, de una pureza y fres- 
cura virginal. En el corral mugió una vaca, y aquel 
mugido tenía como un aliento campesino, suave y olo- 
roso, que hablaba de eglógicas dulzuras. El perfume de 
la tierra se alzaba penetrante, como el de una amante que 
se despereza en la inquietud del despertar. Desde la co- 
cina de terrones que ahora vestía el sol con una oleada 
caliente de lumbre áurea, se alzó la voz grave del patrón. 
Al través del campo, rumbo a la manguera, cruzó a 
caballo el peón brasilero, y en sus labios cantaba una 
copla : 

" O tatú foi incontrado 
Lá, na ser ra de Bagé, 
A cavallo d'um zorrillo 
Campeando un boi yaguané..." 



KNTRK U)S PASTOS 



25 



Juan de Dios se alzó, combó el pecho robusto, disten- 
dió ambos brazos y bostezó largamente en el aire puro 
de la mañana. Con el resurgir de la luz, toda la tierra 
despertaba alborozada, y había en el ambiente un indefi- 
nible perfume de arbustos y yuyos salvajes, húmedos y 
frescos, cine dilataba los pulmones. , 

— Vamo a agenciar un amargo, — masticó el mozo, 
y se encaminó a las casas, despacito, con un rítmico 
balanceo del cuerpo. 



II 



La ojeriza que se tenían Baudilia y Juan de Dios era 
proverbial entre las gentes del pago de Buena Vista. 
Cuando se quería significar una rivalidad entre dos per- 
sonas, no se decía que estaban reñidas "como perro y 
gato ", sino " como Baudilia y Juan de Dios ". Claro 
está que la sangre no llegaba al río, ni que nadie sos- 
pechara que tan honda divergencia iba a concluir con un 
desenlace dramático; todos sabían que aquel sentimiento 
era una antipatía muy marcada entre el mozo y la mu- 
chacha, que los traía sin segundo a las greñas, buscán- 
dose reyerta por la más mínima palabra, por el gesto 
más insignificante. Pero la misma diferencia de sexos 
excluía la posibilidad de una escena cualquiera de vio- 
lencia, que tan fácilmente se hubiera producido a tratarse 
de dos hombres. Por otro lado, era Juan de Dios un 
mucbachotc bueno, honrado y trabajador; incapaz de 
buscar pleitos a nadie ni de cometer una acción repro- 
bable. Sencillote, servicial, muy jaranista, chancero al 
extremo, en todas partes se captaba unánimes simpa- 
tías. En fiestas y velorios era el regocijo de la reunión. 
Cantaba con hermosa voz atenorada una cantidad de 
relaciones, décimas, vidalitas y tristes, capaces de satis- 
facer al concurso más exigente ; sabía cuentos y juegos 
divertidísimos, como para amenizar y distraer los velo- 
rios de todos los angelitos del pago ; y era, con todo eso, 
muy relamido y querendón con las mujeres, a las que 
decía donaires y finezas que no sabían los otros mozos. 



ENTRIi LOS PASTOS 



27 



vSólo cuando Baudilia se le ponía por delante, el mozo se 
enfurruñaba, silenciaba sus gracias y se tornaba hosco 
y grosero. 

Por su lado, Baudilia era una alegre y pizpireta mu- 
chacha, ni fea ni linda, pero con ese encanto peculiar de 
algunas mujeres, que gusta más a los hombres que la 
verdadera belleza, a quien todos querían bien en veinte 
leguas a la redonda. Atenta, diligente y comedida, estaba 
siempre pronta a ocurrir donde podía hacer falla, acom- 
pañando enfermos, mitigando dolores, suavizando penas. 
Trabajaba en la estancia de don Carmelo Antúnez a la 
par del mozo más trabajador, y todos la trataban con 
paternal afecto, desde el patrón al más humilde puestero. 
Era alegre y cantora : todo el día rondaba por la casa y 
el campo, ocupada en sus menesteres, con una canción 
en los labios. Por eso la llamaban la Calandria. No tenía 
en su vida más que un rencor: Juan de Dios. 

— Kstos dos mostrencos van a acabar por ayuntarse 
en matrimonio, — había dicho una vez el patrón. 

Pero, en lo sucesivo, tuvo que guardarse de repetir 
la. frase, porque la emperrada criollita casi enfermó de 
rabia al oir el dicho y anduvo varios días llorando pol- 
los rincones, y él, el terco mozo, vino por la tarde, muy 
humildemente, a decirle al patrón que se marchaba. Hubo 
que apelar a las buenas palabras, a todas las recetas del 
sentimentalismo y hasta enojarse un poquito para lograr 
restablecer en la Estancia el statu quo. Mas, desde aquel 
día, nadie osó repetir la bromita del casamiento. 

Sin embargo, contra la opinión de los que entendían 
que Baudilia y Juan de Dios no llegarían jamás a las 
manos, el peón brasilero opinaba que aquella enemistad 
concluiría mal. Los numerosos incidentes que entre uno 



28 



VÍCTOR PÉRI-Z PltTlT 



y otro se producían casi a diario, aumentando a veces de 
gravedad, parecían darle la razón. Al principio, Baudilia 
y Juan de Dios no habían hecho más que zaherirse de pa- 
labra y aplicarse motes más o menos hirientes. Llamaba 
" guanaco " la moza al mozo, por el hábito que tenía éste 
de salivar a cada instante por el colmillo ; y llamábala 
" comadreja " él a ella, por tratarla de moza presumida, 
" comadre y porque era la encargada del gallinero. 
Pero a estos apodos, siguieron otros calificativos más 
hirientes, y poco a poco el trato entre ambos fué verda- 
deramente insufrible. Se promovían pleito por cuestiones 
baladís ; se daban respuestas injuriosas y procaces. Un 
día, Juan de Dios, como al descuido, le volcó la " pava " 
donde hervía el agua para el mate, y esc mismo día, Bau- 
dilia le fué al patrón con la denuncia de que el mozo no 
había " descalostrado " a una vaca parida, como se le 
tenía mandado. El peón se llevó el correspondiente re- 
zongo del patrón, y esto contribuyó a envenenar más las 
cosas. Entonces, de las palabras pasaron a los hechos : 
cada cual procuraba hacerle algún mal a su enemigo. 
Empezaron a hacerse tretas y jugarretas de la más mala 
índole. Baudilia le soltaba el caballo a Juan de Dios para 
que éste tuviera el trabajo de largarse al campo a reco- 
ger de nuevo la tropilla ; y Juan de Dios le revolcaba a 
Baudilia la ropa por el suelo, a fin de que ésta tuviera 
que volverla a lavar. En fin, que si alguien parecía tener 
razón al juzgar la actitud de aquella pareja, era el peón 
brasilero. 

El cual, por lo demás, varias veces había tomado par- 
tido por la moza, defendiéndola contra las artimañas 
del solapado enemigo. Era un muchachote largo, esque- 
lético, flaquísimo, de color de terracota, barbilampiño. 



KXTKK LOS PASTOS 



29 



de nariz aguileña, de cabello amotado. Muy bueno y 
manso ; pero algo haraganote y tonto. Gustaba de Bau- 
dilia y se lo significaba a cada instante. La muchacha 
no le correspondió desde luego, pues no tenía el pobre, 
ni con mucho, las dotes de un don Juan ; pero más por 
darle en cara a Juan de Dios, empezó a atenderlo. Mau- 
ricio, el brasilero, era el único que la había defendido 
contra ciertas groserías de aquél, — razón por la cual 
se suscitó una diferencia entre los dos mozos, — y eso 
bastó para decidir a la muchacha. Toda vez que Juan 
de Dios no veía con buenos ojos a Mauricio, Baudilia 
tenía que querer a éste. Y así empezaron aquellos ex- 
traños amoríos, con gran apasionamiento por parte del 
mozo y con algo de burla por parte de la criollita. 

— Aura es cuando acertaste, — le dijo Juan de Dios, 
al enterarse del caso : — si no es ese naco de tabaco aven- 
tao, no sé con quién ibas a ayuntarte en tirito el pago. 

— Mejor es Mauricio por novio, — replicó Baudilia, — 
que no tu Silvina pa un casorio. 

— ¡Mira! ¿Y qué tenés que decir vos de Silvina, si se 
puede saber? 

— Yo nada. Pero don Margarito. el capataz de los 
Laureles, pué que tuviese que contar algo. 

Tuvo el mozo un gesto como si fuera a deslomar a 
la china, que osaba recordar ciertas historias viejas que 
habían corrido en el pago respecto a ocultas relaciones 
entre e) aludido capataz y la pizpireta Silvina ; pero, 
dominó su repentino impulso, y fuese masticando : 

— Me parece que cualquier día te pongo yo una marca 
en la cara. 

Juan de Dios enamoraba, en efecto, a Silvina, la mo- 
rocha más bonita de los alrededores. En vano algunos 



30 



VICTOR PEREZ PETXT 



compañeros procuraron, en los comienzos, aconsejarle 
y advertirle. El mozo estaba ciego. Ni quería oir hablar 
de aquel viejo asunto con el capataz de los Laureles. 

— Son conversaciones de las malas lenguas. — con- 
testaba a los oficiosos consejeros ; — y el que quiera se- 
guir siendo mi amigo, debe limpiarse la boca cuando 
habla de esa moza. 

Esta advertencia y un incidente que tuvo cierta vez 
en una pulpería con un pardo que aludió a los amores 
del capataz Margarito, marcaron la pauta a los com- 
pañeros de Juan de Dios. 

— Si no quiere atender consejos, — dijo uno de ellos, 
resumiendo la opinión de todos, — que se ruempa el 
alma contra la piedra que guste. 

Desde ese día, nadie volvió a hacer juicios ni alusio- 
nes sobre la virtud de Silvina. Pero Juan de Dios llevó 
clavada la espina en el alma por mucho tiempo. Contra 
toda su fe y su amor, se levantaba siempre el recuerdo 
del capataz de los Laureles. ¿Sería verdad? ¿Había te- 
nido Silvina un hijo con aquel hombre? Pero, no ¡no 
podía ser ! ¡ Si nunca se había visto ese hijo ; si nunca 
había faltado la muchacha del pago ! Eran chismes y 
murmuraciones de la mozada, desairada en sus preten- 
siones por la linda morochita, y de toda aquella recua 
de mujerotas, más feas que una noche de " refucilos ". 
No obstante, un día tuvo Juan de Dios el coraje de inter- 
pelar a su novia, y fueron tantos los aspavientos, lágri- 
mas, protestas e iracundias de Silvina, que se dio para 
siempre por satisfecho. 

Esa vez, tuvo Silvina un buen gesto : 

— Si no me eréis a mí y los eréis a los otros, mán- 
date mudar y no volvás. 



ENTRE LOS PASTOS 



31 



Juan ele Dios se rindió ante esta frase efectista y 
nunca más se suscitó entre ellos de nuevo el asunto. Por 
eso, la alusión de Baudilia no le afectó mayormente : 
ía consideró como un rasgo de maldad de la muchacha, 
que hubiera querido verle retorcerse bajo el dolor de los 
celos, y se marchó en silencio para no taparle la boca 
con un bofetón. 

Pero Baudilia, por su parte, había descubierto inad- 
vertidamente el lado flaco de su enemigo. — " Es por ahí 
que te duele " — pensó la traviesa muchacha. Y, en 
efecto, en lo sucesivo no perdió ocasión de mortificar 
al mozo. Viniera o no a pelo, a cada instante estaba men- 
tando a Margarito, el capataz de los Laureles. 

— Si eso no sirve pa capataz, — dijo una vez uno 
de los oyentes, extraño a las aviesas intenciones de Bau- 
dilia; — todito lo más, es un güen domador. 

— ¿Y te parece poco? — salló ella, mirando de reojo 
a Juan de Dios. — Ha domáo los más bravos potros del 
pago, y asiguran taimen que algunas potrancas. 

Juan de Dios se marchaba entonces en silencio, tra- 
gando saliva. 

Otra vez hablaban, en rueda de mozos, de la morocha 
más linda de Buena Vista. 

— La más linda es Rosario, — adujo uno. 

— Pa mi gusto, no hay como Martina, la de la Estan- 
cia del Medio, — argüyó otro. 

— Pues yo creio que en Güeña Vista no hay otra como 
Ruperta, adujo el capataz. — Esa tiene de todo : linda 
cara, lindo*- pelo y lindos modos. 

— ¿Y ande me dejan a Silvina? — saltó en esto Bau- 
iilia, — esa tiene algo más entuavía. 

— ¿Qué es lo que tiene Silvina? A ver, decí, vos, — 



VICTOR PEREZ PETIT 



replicó Juan de Dios, ya sulfurado por tantas indirectas. 

— Tiene... tiene... — balbuceó la muchacha, adi- 
vinando la mala intención del mozo. — Tiene lo que 
otras mujeres solteras no tienen. 

La idea del hijo, del hijo habido con el capataz de 
los Laureles, asaltó todas las imaginaciones. Juan de 
Dios contrajo los labios. Iba a hacer una barbaridad. 
Pero la hábil criolla, presintiendo que no lo pasaría bien 
si extremaba la nota, se contentó con haber sugerido la 
idea, y desvió la, broma hacia otro rumbo: 

— ■ Tiene un novio que es un guanaco. 

Soltaron todos la carcajada, festejando más que la 
burla, el arte con que Baudilia .había herido a su adver- 
sario sin darle pie para un acto de violencia, y Juan de 
Dios, corrido y enconado, se contentó con replicar: 

— Hay otras que ni eso tienen., porque ni pa escupirlas 
sirven. 

Asi, con estas cuchufletas y burlas, cada día se iban 
envenenando más las relaciones de Baudilia y Juan de 
Dios. Si alguien parecía, pues, estar en lo cierto, era 
el peón brasilero al pronosticar que aquel juego acaba- 
ría mal. 



III 



La Estancia de don Carmelo Antúnez era uno de esos 
viejos edificios de origen brasileño, que suelen encon- 
trarse cerca de la frontera. Todo construido en piedra, 
con sus ventanas cubiertas por gruesos barrotes de hierro 
y su alta azotea almenada, más parecía fortaleza que casa 
de familia. Sin embargo, dados los tiempos semibárba- 
ros, el desamparo en que vivían los moradores de aquellas 
apartadas regiones, lejos de toda población y de las 
policías, sujetas a las incursiones del matreraje, se ex- 
plicaba la construcción de parecidas fábricas. Más de una 
vez, sin que el estado de guerra justificara tamaños aten- 
tados, una cuadrilla de bandoleros se venía sobre estas 
viviendas de estancieros platudos para intentar un bár- 
baro saqueo. Entonces había que defender la vida y la 
hacienda con los propios recursos, sin esperar la ayuda 
ajena, y había que defenderlas a todo trance, porque el 
triunfo de los malevos implicaba el degüello de los hom- 
bres de la Estancia, la violación de sus mujeres, y el 
robo y el incendio de la propiedad. Era imprescindible, 
pues, construir las viviendas como para soportar ven- 
tajosamente un asalto y repeler con éxito las hordas de 
foragidos. 

Constaba la Estancia de don Carmelo, construida por 
uno de sus antecesores, de un cuerpo de edificio prin- 
cipal, todo de piedra, con azotea, de unos veinte metros 
de frente. Sobre este lado, que miraba hacia el oriente, 
se abría una puerta, petizona y ancha y tres ventanas, 
resguardadas por gruesos barrotes, algo salientes, que 

3 



34 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



les daban cierto aspecto de jaulas. Formando ala con 
esta casona, — en la cual se hallaba el comedor, una 
sala de recibo y los dormitorios, — se levantaba otro 
pabellón, más pequeño y bajo, también de piedra, con 
techo cubierto por tejas portuguesas. Un poco más allá 
de este pabellón, habia un rancho de terrones y techo 
de paja brava, que servia habitualmente de cocina. Y 
más allá aún, un largo galpón de ladrillo revocado con 
barro, donde se hacinaban cueros, se guardaban fierros 
y marcas para ganados, palas, azadas, rollos de alam- 
bre, asadores y ollas, y donde también ponían su aroma 
fresco y campesino montones de pasto seco y de alfalfa. 
Este galpón se remataba en uno de sus extremos, por 
una empalizada abierta, es decir, sin paredes, pero te- 
chada con paja brava, que servía habitualmente de pa- 
lenque a los peones y de depósito a sus monturas y 
aperos. Completaban las construcciones interiores de la 
Estancia de don Carmelo, un horno, construido a un lado 
de la cocina, un galponcito para cerdos y una pequeña 
empalizada donde anidaban las gallinas, los patos y los 
ganzos. El muro de piedra que cercaba todas estas cons- 
trucciones, primitivamente, no existía ya, y sólo del lado 
de la cocina quedaban algunos vestigios de él, unas pie- 
dras derruidas que allí se veían entre una floración in- 
vasora de ortigas y baldrana. Allí estaba el basurero, y 
allí se ocultaban y vivían toda suerte de alimañas. 

Frente a la casa principal se abría un largo camino, 
bordeado por viejos paraísos, rayado por la rueda de las 
carretas, que conducía hacia la cañada del bajo y a la sa- 
lida de la heredad. A la derecha de este camino, del lado 
del galpón, había dos corrales de palos a pique, uno gran- 
de y otro chico, donde se echaba la tropilla y donde se ha- 



entre; l,os pastos 



35 



bía establecido el tambo. Hacia la izquierda, a tres o 
cuatro cuadras de las casas, estaba la gran manguera de 
piedra para el ganado vacuno. Más allá, el campo se ex- 
tendía en rápida inclinación hacia la cañada, todo salpi- 
mentado de matas de cardo e hirviente de flechilla. En 
el bajo, un mimbral espeso y algunos sauces llorones acusa- 
ban la presencia del agua ; y a medida que la línea ondu- 
lante de la cañada se alejaba hacía la cuchilla de la dere- 
cha, lo que era sólo una sombra de verdura se iba trans- 
formando en un monte espeso. Allí, en una confusión 
inextricable, crecían sarahdíes y talas, sauces y viraros, 
molles y ceibos ; y trepando ya por la colina opuesta, has- 
ta cortar bruscamente la visual del horizonte con una 
mancha apretada de verdura, laureles y coronillas, espi- 
nillos y lapachos, se hacinaban atados por plantas ram- 
pantes y enredaderas trepadoras. Muy lejos, muy lejos, 
del lado de la sierra, una hilera de adustos álamos, tiesos, 
filiformes, hacían centinela, rayando simétricamente el 
cielo azul. Entre tanto, a la derecha, unos viejos ombúes, 
detrás de la maraña del vaciadero, alzaban sus copas fron- 
dosas, de un verde salvaje, que contrastaba con el ocre 
barroso de la semiesfera del horno. Sus troncos rugosos 
y sus raíces torturadas, que surgían de la tierra y se en- 
calambrinaban por doquier, servían de asiento a la turba 
vocinglera del gallinero. Y detrás de los ombúes, hasta 
perdida de vista, el campo se extendía inmenso, silen- 
cioso, manchado de verde, de un verde seco, a trechos 
algo amarillento y a trechos más luminoso e intenso, 
allí donde privaba el trébol o la gramilla. Sólo rompía 
la soledad del campo desierto, allá, remotamente, un ran- 
cho obscuro y chato, el rancho de Silvina, la hija de un 
puestero. 



36 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



En la Estancia vivían don Carmelo Antúnez, hombre 
bueno y servicial, entrado en años, y su esposa doña 
Ramona Solís, mujer pequeñita, arrugada, más mala que 
un ají cumbarí. Ella era la que dirigía a su antojo la 
Estancia y la que perseguía con sus rezongos a toda la 
peonada. Con el patrón era siempre cosa fácil enten- 
derse, pues el hombre disimulaba errores y perdonaba 
bondadosamente las faltas ; pero con doña Ramona ha- 
bía que agachar la cabeza y escurrir el bulto. Todo el 
día su voz aguda y chillona estaba impartiendo órdenes, 
atendiendo a cualquier cuidado, reparando omisiones, 
censurando trabajos, renegando detrás de la parda, del 
gurí, del peón brasilero, del diablo a cuatro. Cuando se 
la creía metida en la casa, ocupada en sus tareas, apare- 
cía de pronto por el gallinero, a tiempo siempre para 
pillar en falta a alguno ; cuando todos la imaginaban en 
el lavadero, porque la habían visto salir rumbo al bajo, 
aparecía en el comedor, oportunamente para distribuir 
unos pescozones a Faustino. Nada escapaba a su vista 
de lince. 

La parda Ceferina y el chicuelo Faustino estaban en 
la Estancia desde su nacimiento. La primera había visto 
nacer al patrón, y por eso estaba muy consentida. Era 
una vieja diligente, hacendosa y fiel, que no tenía más 
defecto que el de ser tan rezongona como la dueña de 
casa. Todos la querían y respetaban. En cuanto a! mu- 
chacho, era hijo de una criolla que había vivido en la 
Estancia, una sobrina de doña Ramona, la que había 
caído en falta y muerto poco después de haber dado a 
luz al chico. 

Entre la peonada, tienen particular interés para esta 
historia, Mauricio, el peón brasilero, y Juan de Dios. 



ENTRE EOS PASTOS 



37 



— Juan de Dios, un joven alto, bien conformado, de tez 
bronceada, de grandes ojos negros, de semblante en ge- 
neral agraciado, se había criado, por así decirlo, en el 
Establecimiento. Hijo del antiguo capataz que tuvo allí 
mismo el padre de don Carmelo, había heredado de aquél 
su hombría de bien, su lealtad y su amor a la casa. Por 
eso lo apreciaba particularmente don Carmelo y doña 
Ramona le reprendía menos que a los otros peones. 

Es de mencionarse, finalmente, entre los moradores de 
la Estancia, a Baudilia, la heroína de nuestro relato. 
Baudilia era una morocha regordeta, de ojos redondos, 
grandes, negros, profundos, sombreados por espesísimas 
cejas y largas pestañas, que daban extraño interés y 
particular encanto al resto de la cara, que era algo vulgar. 
Su boca y su nariz acaso resultaran feas, la una por tosca, 
la otra por tener los labios demasiado pulposos. Pero 
aquellos ojos, de mirada soñadora y lánguida, tan gran- 
des y hermosos, hacían perdonar los otros defectos. Con 
esto, y la afabilidad de su carácter y su constante alegría, 
tan comunicativa y contagiosa, la muchacha resultaba 
interesante y bien querida por todos. Además, nadie ig- 
noraba su historia. 

Hacía cosa de veinte años, allá por el Aceguá, vivían 
los padres de Baudilia su misérrima vida de gentes hu- 
mildes y pobres. El padre, Romualdo, era esquilador, 
tropero, domador, trenzador de lazos : en fin, habilidoso 
y diligente, hacía un poco de todo para ir "tirando del carro 
de la vida ". La madre, Baudilia Gutiérrez, era una criolla 
hermosa, apuesta, interesante, a quien las rudas tareas 
de la maternidad y del campo no habían marchitado su 
proverbial belleza. Este matrimonio tenía cuatro hijos, 
tres varones, ya crecidos, y una niña, pequeñita, llamada 



38 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Baudilia, como la madre. Un día, mientras el padre tra- 
bajaba lejos, en una estancia, cayó al rancho un indio 
grandote y fierazo. Era un matrero que andaba esqui- 
vándole el cuerpo a la autoridad. Iba a pedir al trenzador 
unas guascas o maneas que le hacían falta y se topó de 
pronto con la esposa de aquél. El bárbaro no pudo disi- 
mular la impresión que la hermosura de la mujer le pro- 
dujo, y ahí no más se le agachó con algunas descocadas 
galanterías. Baudilia curto la retahila de requiebros di- 
ciéndole al indio que su esposo no estaba y que volviera 
otra vez por las maneas. Aquél, le hizo entonces algunas 
proposiciones ; pero la honesta mujer se metió en el ran- 
cho y trancó la puerta. 

— ¡ Ya has de Cair, arisca ! — sentenció el indio, y se 
marchó despacito, al trote de su caballo. 

Desde entonces, el malevo empezó a rondar el ran- 
cho de Baudilia. Tanto la persiguió, presentándosele 
siempre que el marido de aquélla no estaba en casa, que 
la pobre mujer, alarmada, se creyó en el caso de prevenir 
a su Romualdo. Pero, entonces, los sucesos se precipi- 
taron. El matrero, harto de sitiar aquella fortaleza que 
no se rendía por las buenas, decidió dar su golpe, y a 
tal efecto, reunió tres foragidos como él, dos negros y 
un brasilero, y con ellos, en pandilla, se llegó una noche, 
a eso de las doce, al rancho de Romualdo. 

Entre sueños sintió Baudilia el rumor de los caballos 
junto a la puerta y casi en seguida los golpes brutales 
que con el mango del rebenque daban en ella los asaltan- 
tes. Asustada, despertó a su marido. 

— Hay gente afuera, — le dijo, temblando ; — se me 
hace una disgracia. 

El hombre se tiró del lecho, buscando la escopeta de 



ENTRE EOS PASTOS 



39 



que se había prevenido. Abrió la ventanita del rancho, 
cruzada por dos barrotes, y preguntó a los visitantes 
qué deseaban. 

— Abra, amigo, — contestó una sombra, que se acercó 
a caballo a la ventana. 

— Si precisa algo, venga mañana, — contestó Ro- 
mualdo, — de noche no abro a naides. 

— Abra, amigo, o le echamos la puerta abajo, — re- 
plicó airadamente -el otro, separándose de la ventana. 

Entonces, como advirtiera el pobre hombre que otro 
bulto informe se abalanzaba hacia la puerta del rancho, 
hizo fuego. Hubo un grito y un juramento. En seguida, 
empezaron a resonar violentísimos golpes en la puerta. 
Los chicos se habían despertado y lloraban. La madre, 
loca de terror, trataba de consolarlos y repetía casi in- 
conscientemente al padre : 

— Estamos perdidos, Romualdo ; no abrás ; estamos 
perdidos. 

Saltó de pronto la mísera tablazón de la puerta y un 
manojo de paja, encendido, cayó en medio del rancho. La 
escena quedó lívidamente iluminada; pero, si los de fuera 
podían ver a los de dentro, merced a su treta, el infeliz 
Romualdo no veía nada en medio de las tinieblas que en- 
volvían el campo. 

Fué una lucha breve, inútil. Los asaltantes penetraron 
en la habitación y acribillaron a puñaladas a Romualdo. 
Luego, sin compasión, irritados por el llanto de las cria- 
turas, la emprendieron salvajemente contra éstas. Los 
tres varoncitos fueron así sacrificados sin piedad: sus 
cuerpos desnudos quedaron tendidos por los rincones, 
desangrándose. 

Sólo la niña escapó a la saña de los desalmados.' 



4 o 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— i Mira la gurisa! — dijo uno; — ¿a que la levanto 
en el aire con el facón? 

— De jala, che, — exclamó otro, imperiosamente ; — ■ 
no mates angelitos, que pué trairnos disgracia. 

Así se salvó la desdichada criatura. En cuanto a la 
madre, sufrió la misma suerte que su esposo e hijos. 

Satisfechos los deseos del indio, se levantó éste riendo 
siniestramente. 

— ¿Nos vamo? — preguntó uno de los sicarios. 

— Nos vamo, — contestó el indio; — pero las mu- 
jeres son muy lengüetas, y ésta, a la fija, mañana va a 
denunciarnos. Viá a darle un tajito. 

— ¿La vas a matar ? 

— Un tajito, no más. 

El desalmado desnudó nuevamente su cuchillo y avanzó 
sobre Baudilia. La pobre mujer trató de defenderse de- 
sesperadamente. 

— ¡ Aijuna ! ¡ me has arañao los ojos ! — barbotó el 
matrero. 

E hincando entonces una rodilla sobre el pecho de la 
mujer, la cogió por los cabellos y le hizo caer la cabeza 
fuera de la cama. Con la diestra, armada de enorme cu- 
chillo, la degolló de oreja a oreja. 

— Ya dejó de culebrear, — dijo el bandido, así que 
advirtió el último estertor de la víctima. Y volviéndose 
hacia sus compañeros de hazaña : — Pa ustedes, tuito lo 
que encuentren en el rancho. 

Saquearon los bandidos las misérrimas prendas del 
pobre gaucho, montaron a caballo y se fueron. 

Al día siguiente, casi al caer de la tarde, un vecino 
dió con aquel cuadro de desolación y de muerte. La ni- 
ñita, Baudilia, cansada de llorar, se había dormido, co- 



ENTRE LOS PASTOS 



41 



gida con sus dos manitas a las ropas ensangrentadas de 
la madre. 

Recogió a Baudilia una tía, Felisa, apodada " La Ti- 
gra ", que vivía unas leguas más al norte, casi a la 
orilla de los bañados de Aceguá ; pero algún tiempo des- 
pués, en vista de los crueles castigos que le imponía, otro 
pariente se la retiró y la condujo a la Estancia de Buena 
Vista. Don Carmelo Antúnez y su rispida consorte, apia- 
dados por la desventura de aquella huerfanita, cuya his- 
toria había convulsionado todo el departamento, la aco- 
gieron cariñosamente. 

Y allí, en la Estancia, encontró Baudilia el hogar y el 
cariño de que la privaron en una noche de espanto y 
de muerte los salvajes instintos de un bandido sangui- 
nario. 



IV 



Juan de Dios entró en la cocina, miró de soslayo a 
Baudilia que colocaba un asado junto a las brasas, y, 
sin despegar los labios, se arrimó al trashoguero, púsose 
en cuclillas y empezó a cebarse mate. Así, en silencio, 
con toda cachaza, sorbió varias calabazas de agua, sin 
apartar los ojos del fuego. Después se puso en pie, se 
desperezó, se arregló el cinturón y dispúsose a salir. 

En ese instante notó que Baudilia estaba con hipo, y 
murmuró para sí : 

— Ya tiene pa tuito el día. 

Despacito, salió de la cocina y se encaminó al pa- 
lenque. Iba a echar la tropilla de la yegua zaina, para 
" agarrar " su tostado, un pingo escarceador y ligerón 
con el cual visitaba a su Silvina. Arregló el cojinillo so- 
bre el lomo de su caballo atado a soga en el palenque y 
cogiéndose con la mano izquierda a las crines, de salto 
no más se le enhorquetó encima. En seguida, recogiendo 
las riendas, dob!ó a su derecha y partió al galope. 

A menudo acontece que las causas más triviales e in- 
significantes producen efectos inesperados y poco me- 
nos que trágicos. Aquel día, la circunstancia baladí de 
haber advertido Juan de Dios que su " enemiga " estaba 
con hipo, había de producir, por un cúmulo de circuns- 
tancias fortuitas, un suceso que por mucho tiempo an- 
duvo en lenguas de las gentes del pago. 

Encerrada la tropilla en el corral, cogido su tostado 
y conducido al galpón, volvía Juan de Dios a la cocina, 



ENTRE EOS PASTOS 



43 



cuando una lagartija se le cruzó al paso y fué atemori- 
zada a ocultarse bajo una mata de terrones. Súbitamente, 
una idea risueña cruzó por la cabeza del mozo. 

— Dicen que pa el hipo no hay cosa como un susto. 
¡ Yo te voy a sacar la hipera ! — pensó, aludiendo a 
Baudilia. 

Y, diestramente, contentísimo con su hallazgo, persi- 
guió e hizo suya la lagartija. 

Entonces, zorronamente, ocultó el anímale jo y entró 
en la cocina. Allí no se encontraba más que la parda, aco- 
modando una caldera llena de agua junto a las brasas 
donde se asaba el trozo de carne que había colocado Bau- 
dilia. 

— ¿Y la Comadreja, che? — inquirió el mozo. 

— Ai se fué pa dentro a tomar un poquito de agua. 
Si la vieras, ¡ pobre ! está con el hipo. 

— ¿ Está con hipo, no ? Ta güeno ... — agregó, son- 
riendo ; y luego : — ¿ No hay un matecito ? 

— Reciencito pongo el agua. Baudilia está preparando 
el churrasquete. 

En eso entró la moza, y al advertir la presencia de su 
odiado enemigo, murmuró entre dientes : 

— Éste es el que faltaba. 

Y sin hacerle caso, se sentó en un banquito para arre- 
glar las brasas bajo el asado. 

— ¿ Conque tenés hipo, no ? — le dijo Juan de Dios. 
Baudilia no contestó. El se la aproximó despacito por 

detrás, y repitió su pregunta: 

— ¿Con que tenés hipo, ché? 

Ella, sin volverse, continuó arreglando los rojos ti- 
zones que había desordenado la parda al colocar al fuego 
su " pava ", y se concretó a contestar : 

— ¿Te importa algo? 



44 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— Me importa, — replicó Juaii de Dios ; — yo te lo 
podría curar. 

— Muchas gracias, no preciso de vos, — contestó ai- 
rada la moza. 

Pero ya se le había aproximado Juan de Dios y, 
conteniendo la risa, buscaba el momento propicio para 
deslizarle la lagartija en la espalda, por entre el cuello 
entreabierto de la bata. 

— ¿Qué haces ai? — inquirió Baudilia, sintiéndole 
detrás de sí, con uno de esos extraños presentimientos 
que a veces nos asaltan en los momentos álgidos de la 
vida. 

— Nada ; voy a curarte el hipo, — dijo Juan de Dios, 
al mismo tiempo que le soltaba la lagartija dentro del 
cuello. 

Lanzó un chillido la moza y se puso rápidamente en 
pie ; pero, tropezando, al querer volverse, con el banquito 
en que había estado sentada, se desplomó de súbito so- 
bre las brasas. 

El asado y la caldera rodaron por el suelo, mientras 
una nube de cenizas y de humo se alzaban en el aire ; 
y de pronto, por un costado de la falda de la muchacha 
surgieron unas lengüetas de fuego. Con la mordedura 
brutal de las quemaduras, Baudilia se había vuelto a 
erguir, lanzando aullidos de dolor. Entonces las llamas 
se avivaron y una orla de lumbre ciñó el ruedo de la 
falda. 

Fué un instante espantoso. Loo de terror, la mísera 
daba vueltas por la cocina, chillando cada vez más. En 
ese momento Juan de Dios salió del momentáneo estupor 
en que le sumiera la repentina catástrofe, y se abalanzó 
sobre Baudilia. 



ENTRE EOS PASTOS 



45 



— Date contra el suelo, — ordenó nerviosamente an- 
gustiado el pecho con el tremendo susto de su responsa- 
bilidad. 

Y empezó a forcejear con ella, que, no conociendo su 
intento, y ciega por el espanto, se resistía porfiadamente 
y procuraba salir afuera. 

— Tírate, Eaudilia, tírate al suelo. 

Las faldas ardían en movibles ondas, que ascendían cada 
vez más. Juan de Dios sentía en sus manos las rispidas 
mordeduras. Al fin, pudo dominar a la muchacha, y 
arrojándose sobre ella, empezó a estrujar las ropas, mien- 
tras gritaba a la parda. 

— ¡ Traiga un balde de agua, corriendo ! 

Entre tanto, a los gritos de Baudiíia habían compare- 
cido cuantos estaban en la casa, y en breve, entre todos, 
pudieron sofocar el fuego. 

— A ver, ordenó el patrón, — llénenla entre dos pa 
dentro y traigan un poco de aceite. 

Entre la parda Ceferina y un peón condujeron a Bau- 
diíia, que se había desmayado. En un rincón, conjurado 
ya el más inminente peligro, Juan de Dios estaba en un 
temblor. 



V 



Un mes y medio próximamente necesitó Baudilia para 
restablecerse de sus quemaduras en los brazos y piernas. 
Durante todo ese tiempo, ei causante de la desgracia 
anduvo sin sombra. 

Los reproches que le dirigiera el patrón fueron nada 
comparados con los que él mismo se hacía a cada instante. 
Porque si bien es cierto que él no calculó las consecuen- 
cias de su broma ni procuraba con ésta otra cosa que 
darle un susto a la muchacha, al fin y al cabo todo el 
daño provenía de él. Baudilia era su enemiga, le zahería 
y mortificaba a cada paso, solía mostrarse hasta odiosa 
cuando hacía alusiones a Silvina ; pero, a pesar de todo 
ello, ahora lo comprendía perfectamente, no la aborrecía 
como se aborrece a un cruel enemigo. Buena muestra 
de ello es que él había sido el primero en tratar de sal- 
varla del inminente peligro de perecer quemada; y mejor 
prueba todavía ir á aquella angustia en que vivió los 
primeros días, cuando persistió la gravedad del mal. Por 
las noches, Juan de Dios se revolvía en su cama sin po- 
der conciliar el sueño, recordando la trágica escena ori- 
ginada por su imprudencia ; y apenas llegaba el día, se 
ponía en acecho de la primer persona que saliera de 
las casas para averiguar el estado de la paciente. Des- 
pués, a medida que empezó a mejorar Baudilia, perdido 
el temor de algún desenlace fatal, continuó interesán- 
dose por su estado. ¿No quedaría desfigurada? No, el 
rostro no había sufrido quemadura alguna. Esta buena 



ENTRE EOS PASTOS 



47 



nueva le quitó un enorme peso de encima. Pero, ¿y los 
brazos y las piernas? ¿y las manos? ¿Podría servirse de 
ellos? En su continua preocupación, hasta había llegado 
a temer que un defecto físico imposibilitara a Baudilia 
para el trabajo. La seguridad que se le dió de que por 
este lado tampoco habría dificultades y complicaciones, 
le devolvieron por fin la calma. Y entonces, por primera 
vez, advirtió él mismo que se regocijaba por el bien de 
Baudilia. — "¿ Pero, entonces, yo no la odeo?" — se 
dijo a sí mismo, sorprendiéndose de tamaña descubierta. 

Empezó a cavilar sobre el caso. ¿ Por qué no deseaba 
el mal de Baudilia si ella era su enemiga? A cualquier 
hombre que le hubiera hecho la mitad de las miserias 
que la muchacha le había hecho, Juan de Dios no lo hu- 
biera perdonado nunca. ¿Sería porque se trataba de una 
mujer? No, porque a la comadre del patrón, que vivía 
allá en la Estancia del Medio, él no la podía ver por sus 
modos autoritarios y el desprecio con que le dirigía 
la palabra. Esa era una mujer, y no obstante, a esa le 
había deseado la muerte una y mil veces. Si en vez de 
Baudilia hubiera sido la orgullosa comadre la que se 
hubiera ido sobre las brasas, a buen seguro que Juan de 
Dios no diera un paso para socorrerla. "¡ Qué ayudarla. 
— reflexionaba el mozo; — a esa sí que la empujaría 
yo un poquito pa que se fuera sobre el fuego ! " — 
Luego, pues, no odiaba de muerte a Baudilia, y no sólo 
no la odiaba, sino que se había apenado profundamente 
por su mal. Entonces, ¿no era su enemiga? 

Aquí las reflexiones del mozo se embrollaban un poco ; 
pues no era muy ducho en psicologías. Encontrábase in- 
capaz de definir con precisión sus sentimientos. 

— Yo no puedo perdonarle las judiadas que me ha 



48 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



hecho, — se decía a sí mismo ; — yo no puedo mos- 
trarle los dientes a la que me ha tratao como un perro 
y a la que ofende con sus palabras a Silvina. Pero, en- 
tonces, ¿por qué no le tengo rabia? ¿y por qué he su- 
frido tanto estos días por ella? 

Al cabo de mucho reflexionar sobre el caso, llegó a 
decirse que todas esas lástimas eran debidas a la consi- 
deración de que él había sido el causante del daño. Sí 
Baudilia se lo hubiera acarreado por sí misma u otro 
fuera el responsable, acaso él se hubiera alegrado, en 
vez de afligirse y torturarse. Satisfecho con esta con- 
clusión, pareció aliviado de un peso. 

Llegó, al fin, el día en que Baudilia salió fuera, com- 
pletamente restablecida. Cuando volvieron a encontrarse 
frente a frente, por primera vez, después de la catás- 
trofe, Juan de Dios experimentó otra angustia. 

Al abandonar ese día la cocina, vio que la muchacha 
salía de las casas. Entonces se quedó junto a la puerta 
para esperarla. Baudilia venía despacito. Su falda blanca 
de percal, floreada con dibujos rosaditos, ponía una nota 
de juventud y primavera sobre el fondo terroso de la 
vivienda campesina. Al cruzar de la sombra al sol, se 
intensificó aún más la viveza de su vestido, y entonces 
fué como una alegría que se explayara por todo el patio. 
Parecía más delgada, más aérea, más liviana. Juan de 
Dios la observaba con hondo interés, como si recién la 
conociera, y una indefinible confusión le iba invadiendo 
a medida que la muchacha se acercaba. De pronto Bau- 
dilia alzó los ojos y lo miró. El sintió algo extraño dentro 
del pecho. Aquella mirada quieta, dulce, sin reproches, 
de aquellos grandes ojos negros, que nunca había adver- 
tido fueran tan bellos, le llenó de cortedad, de dulzura, 



ENTRÉ EOS PASTOS 



49 



de interés, — él mismo no hubiera podido precisar su 
sensación. Y humildemente, muy despacio, cual si con 
su saludo quisiera al mismo tiempo implorar su perdón, 
dijo entonces : 

— Güen día, Baudilia; ¿ya está del todo güeña? 
Baudilia se detuvo un instante y guardó silencio. 

Luego, sin acritud, pero con firmeza, repuso : 

— Güeña, gracias. Y ya que nos encontramos, Juan 
de Dios, oigamé bien. Lo pasado, pasado, ¿no es cierto? 
Pero, será mejor, pa los dos, que en adelante no ten- 
gamos más conversación, ¿no le parece? 

Juan de Dios bajó la cabeza, sintiendo de pronto que 
algo enorme se le había venido encima, algo indefinible 
que le anudaba la garganta y le hacía zumbar la cabeza. 
Se encontró, por primera vez, chiquito ante aquella mu- 
jer, y no supo ni replicarle para excusarse o defenderse. 
Durante unos instantes estuvo así, anonadado, azotán- 
dose distraídamente el paño de la bombacha con la so- 
tera del rebenque. Al fin, alzando un poco la cabeza, pero 
sin mirarla, dijo a su vez : 

— Está güeno. Será ansí, como dice. 

Y se alejó despacio, reconcentrado, mordiendo el bar- 
bijo de su sombrero, sintiendo que una ola brusca de 
tristeza le invadía el pecho, le apretaba el corazón y le 
subía hasta la garganta para anudársela cruelmente. 

Al llegar al galpón se detuvo un instante, se quitó el 
sombrero, se rascó la cabeza. Quedó como atontado, va- 
cío el cerebro, sin una idea. Luego pareció sacudir su 
marasmo, echó una mirada circular y fué a descolgar su 
freno. Enderezó para el palenque. 

— Me ha tratado de usté, — se le ocurrió de pronto ; 
— esto es de adeveras entonces. 



4 



5u 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



Enfrenó el caballo, le echó sobre el lomo el cojinillo y 
montó de salto. Y así se fué por el campo, sin rumbo, 
al paso del tostado, silencioso y triste como aquella lla- 
nura desierta que se perdía en la lejanía del horizonte. 

En la Estancia todos pudieron advertir que mientras 
Baudilia volvía poco a poco a su antiguo modo de ser, ale- 
gre y cantora, servicial y buena, Juan de Dios por su lado 
se tornaba cada vez más silencioso, reconcentrado y 
huraño. Baudilia no le esquivaba, no le mostraba des- 
precio, no tenía ni el más mínimo gesto contra él ; pero 
él, así que ella comparecía, se levantaba y salía en si- 
lencio. A los que empezaron a interrogarle, los sacó una 
buena vez por todas con el rabo entre las piernas : 

— No tengo nada. Soy como soy, y como he sido siem- 
pre. Y a naides le importa como soy. 

Esto no era muy explícito, que digamos ; más bien 
era contradictorio, pues siempre había sido el mozo co- 
municativo y jaranista. Pero todos debieron darse por 
advertidos y le dejaron en paz. Sólo el patrón solía 
mirarlo de lejos, con alguna insistencia, mientras una 
levísima sonrisa burlona se le incrustaba en la comisura 
de los labios. 

Juan de Dios cumplía religiosamente sus tareas ; se- 
guía el tran - tran de su vida ordinaria ; pero, de noche, 
en vez de asistir a la tertulia que después de la cena ce- 
lebraban habitualmente en la cocina los peones antes de 
acostarse, se cortaba solo por algún rincón, junto al pa- 
lenque, debajo del ombú, o en cualquier otro lado, y 
allí se estaba en silencio, oculto en la sombra. Sólo la 
lumbre de su cigarrillo denunciaba a veces su presencia. 

Los domingos visitaba a Silvina ; pero ya no iba con 
la premura de antes. Ahora, todos los peones se marcha- 



ENTRE EOS PASTOS 



Si 



barí a la pulpería antes que él pensara en agarrar caballo. 
La novia no tardó en advertir este cambio. 

— ¿Qué tenes? ¿Estás enfermo? 

— No tengo nada. ¿ Qué querés que tenga ? 

— ¡Y yo qué sé ! Pero vos tenés algo ; no sos el de 
antes. ¿Estás cansao de mí? 

— ¡Ave María, mujer! — decía entonces él, en son 
de protesta ; pero lo decía sin convicción : su voz sonaba 
a hueco. 

Silvina empezó a cavilar. A ella no se la engañaba 
tan fácilmente. Era una muchacha despierta, zorrona, a 
la cual la vida le había dado muy duras y certeras ense- 
ñanzas. Por más que lo jurara Juan de Dios, bien notaba 
ella que sus besos eran fríos y sin entusiasmo. A veces, 
mientras sorbía su mate, el mozo se quedaba largo tiempo 
pensativo, haciendo dibujos en el suelo con el mango de 
su rebenque. 

— ¿Sabrá algo éste de la historia con Margarita? — 
se dijo a sí misma la desconfiada muchacha. 

Y entonces empezó a mostrarse recelosa, a molestar a 
su galán con hábiles requisitorias. 

Juan de Dios se mostró más reconcentrado. Tuvieron 
algunas peloteras. Un domingo, él se retiró enojado y 
ella no procuró hacer las paces. Así estuvieron como dos 
meses sin verse. Pero un buen día volvió Juan de Dios 
al rancho de la morocha. 

— ¿Ya se te pasó la luna? 

El dió vagas excusas. No sabía lo que tenía. Estaba 
cansado. Todo lo aburría. Nunca había sentido aquello. 

— ¿No te habrán ojeao, ché? — inquirió entonces la 
moza. 

— ¿A mí? ¿quién? ¿pa qué? 



5-2 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— i Qué sé yo ! Alguno que te quiere mal. 

— No tengo enemigos. 

— ¿Y la de las quemaduras, che? — saltó de pronto 
Silvina. 

— ¿Baudilla? Allá está. No nos hablamos más. Ya te 
conté. 

— ¿No te habrá echao mal de ojo? 

— ¡ Déjate de pavadas ! — replicó adusto Juan de Dios, 
con un brusco cambio en la voz y un vehemente deseo 
de cortar aquella conversación que amenazaba rozar a 
Baudilia. 

En vano Silvina empleó todas sus artes para descu- 
brir el secreto de su novio. Adivinaba que el cariño de 
éste se le escurría poco a poco, y a veces se encrespaba 
rudamente por no conocer la razón. 

Entre tanto, Juan de Dios le iba cobrando extraordi- 
naria ojeriza al peón brasilero. Apenas si transcurría día 
en que no le promoviera alguna cuestión. Sólo la manse- 
dumbre y buen genio de aquél habían evitado hasta ahora 
un enojoso incidente. 

Sin embargo, un día se produjo por fuerza el choque. 
Juan de Dios estaba en el galpón encebando una manea 
nueva, cuando entró allí, con unos cueros de carnero al 
hombro, el peón brasilero. Como de costumbre, iba éste 
cantando su copla : 

" O tatú foi incontrado 
La, na serra de Bagé, 
A cavallo d'um zorrillo 
Campeando un boi yaguané. 99 



entre; los pastos 



53 



Juan de Dios lo miró de reojo un instante y prosiguió 
su tarea. Pero, el otro, cuando cogía la tonadita de una 
matchicha, ya tenía para rato. Así, pues, mientras arre- 
glaba los cueros en el galpón, prosiguió cantando la fa- 
bulosa historia del tatú : 

" O tatú de rabo mole 
Tudo o milho me comeu ; 
Plante milho quem quizere, 
Que o tatú quero ser eu. " 

Juan de Dios no pudo resistir más. Abandonó la ma- 
nea que encebaba, se perfiló un poco para mirar bien al 
brasilero, y le espetó con aire agresivo : 

— Che, macaco, ¿no podías dejar en paz al tatú? Ya 
has amolao bastante. 

— ¿ Qué dezis ? 

— Digo, — repitió Juan de Dios, — que si acabó el 
tatú, y el zorrillo, y el buey yaguané, y la madre que los. . . 

— i Ora isto ! ; Entáo non se pode cantar ? 

— No señor, no se puede, porque yo no quiero, — re- 
plicó hoscamente Juan de Dios, dejando su sitio y vi- 
niendo a ponerse frente a frente de Mauricio. 

El brasilero, viendo que la cosa iba de verdad, dejó 
también los cueros. 

— ¿ Vocé es el patrón ? — formuló, adoptando también 
una actitud resuelta, pues no era cobarde el mozo. 

— No soy el patrón, pero soy bastante pa taparle la 
boca de un guantaso al que se me dé la gana. 

Intervinieron los otros peones que allí había, asom- 
brados de la brusca e inesperada agresividad de Juan de 
Dios, y con buenas palabras calmaron a los contrincantes. 



54 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



La oportuna llegada del capataz puso término al inci- 
dente. 

— Este muchacho tiene algo en el mate ; no está bien, 
— decía por la noche al patrón la parda Ceferina, co- 
mentando el suceso. 

Y el patrón, entre dos chupadas al mate amargo con 
que asentaba la cena, contestó con su enigmática son- 
risa : 

— Dejuro, que tiene... alguna ligadura. 



VI 



El sol estaba ya bastante alto y empezaba a picar, 
cuando regresaron a la Estancia el patrón y Juan de Dios. 
Habían salido esa mañana a " campear " un buey hosco 
del que no se tenía noticia desde días atrás. Entre unas 
matas de cardo y de ortiga vizcachera lo habían hallado 
tirado, muerto. Juan de Dios lo había cuereado. 

— Tenemos forasteros, — dijo en esto Juan de Dios, 
al divisar, desde lejos, un paisano que en ese instante 
llegaba por el camino a las casas. 

El patrón frunció los ojos para ver mejor, y sentenció: 
— Se me hace que ese ruano es el de Margarito. 
Era, en efecto, el capataz de Los Laureles que venía a 
la Estancia para arreglar, en común, la venta de una 
partida de cueros. La primera persona con quien topó 
fué con Baudilia, y, ^habiendo llegado hasta él las mentas de 
su quemadura, se interesó muy amable por su salud. 
Estaba la muchacha haciéndole la narración del suceso, 
cuando vió asomar por el bajo al patrón. 

— Aquí viene don Carmelo con Juan de Dios, — dijo, 
interrumpiendo su cuento. 

- — Me alegro de conocer a ese bárbaro que cuasi es- 
tuvo a punto de echarnos a perder una flor tan linda. 

Baudilia no tuvo tiempo de contestar al requiebro, por- 
que ya el patrón se apeaba al lado del veredón de las 
casas y venía con la mano tendida hacia Margarito ; 
pero Juan de Dios, que había tomado por las riendas al 
caballo de su amo para llevarlo a desensillar, tuvo, si, 



56 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



tiempo, de ver la sonrisa y el gesto galante con que el 
capataz de los Laureles hablaba a la moza. 

— Ande ha de ir el güey que no are, — masticó el 
mozo, echando una mirada de soslayo al forastero. 

Y se marchó más hosco y reconcentrado que nunca. 
En el galpón encontró a Mauricio. Fué verle y sol- 
tarle a quema - ropa : 

— Vea, mocito, que anda un gavilán ronciándole la 
prenda. 

El brasilero volvióse sorprendido. Juan de Dios agregó : 

— ¿Qué me mira con esos ojos de ternero abichao? Ai, 
al ladito de las casas no más, está el mentao Margarito 
tirándole tientitos a su moza. 

El brasilero se encogió de hombros, como hombre se- 
guro de su suerte y de la fidelidad de la novia. Luego, 
con flema, empezó a decir que esa mañanita, muy de ma- 
ñanita, al ir para la Estancia, se había encontrado al 
mismo Margarito rumbo al rancho de Silvina. 

Juan de Dios se quedó mirándole fijamente. Después, 
con mucha calma, sin inmutarse, inquirió : 

— ¿Decís verdad, ché? 

— Eu non mentó, — afirmó concisamente el brasilero, 
y se quedó aguardando, seguro que iba a habérselas con 
el mozo. 

Pero no fué así. Juan de Dios, muy sereno, indife- 
rente casi, le observó un momento, advirtió que el otro 
no mentía por agraviarlo, y luego se marchó murmu- 
rando : 

— Ta güeno ... 

Esa misma noche, después de cenar, Juan de Dios 
montó a caballo y de un galopito se trasladó al rancho 
de Silvina. No fué poco el asombro de ésta al verlo so- 
frenar su tostado frente mismo de la puerta. 



ENTRE LOS PASTOS 



57 



— ¡ Oh, y esto ! — exclamó la moza. — ¿Qué viento te 
ha traído? 

— Ya ves, ganas de verte. 

Silvina le observaba disimuladamente. Presentía que 
esa inusitada visita era motivada por la presencia de Mar- 
garito en la Estancia. Quién sabe lo que allá se habría 
hablado. Juan de Dios venía ahora a promoverle alguna 
escena de celos. Se puso, pues, en guardia. 

Hablaron al principio de futilezas ; pero, de pronto, 
él no pudo contenerse más, y rompió así : 

— Hoy llegó a la estancia el capataz de los Laureles, 
ya sabés, don Margarito. 

— Me lo había maliciao — pensó ella ; y luego, en voz 
alta: — Bueno, ¿y qué? 

— ¿Nada sabías? — inquirió él, como distraídamente. 
Ella, pensando siempre que la tormenta vendría por 

alguna historia contada imprudentemente en la Estancia, 
cayó en el lazo : 

— Nadita, — contestó con displicencia. 

— ¡ Mentís, sabandija ! — clamó Juan de Dios, ir- 
guiéndose ; — esta mesma madrugada lo han visto de 
visita aquí. 

Silvina se dió cuenta que había errado la picada y que 
el otro le había descubierto la treta. Quiso componer las 
cosas : 

— Mirá, te viá decir. . . 

— ¡ Decir ! ¿ decir qué ? ¿ Que me querías engañar como 
a un zonzo? 

— Escuchá, Juan de Dios. Te negué la cosa porque 
como sabía que no te iba a gustar. . . 

Pero el mozo no quiso oírla : 

— ¿Ya mí qué me importa? Guárdate tus razones. Yo 



53 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



no te pido cuentas. Quería convencerme, no más. Aura 
estoy convencido, y basta. . . 

— Pero, escúchame, Juan de Dios . . . 

— He dicho que basta. Esto si acabó. He andao medio 
remolón pa abrir los ojos, pero al fin los abrí. Conmigo, 
che, esto si acabó. Yo no churrasqueo las sobras de nai- 
des. Y si no te doy unos guascazos es porque me importas 
un pito. Sábelo, che : nunca te tuve lay, a vos. 

Silvina advirtió que aquel rompimiento era defini- 
tivo ; pero lo que no acababa de comprender es cómo 
Juan de Dios tomaba con tanta cachaza su falsía. Era 
evidente que no sentía celos, — que de haberlos sentido, 
ya hubiera hecho alguna barbaridad. Pero, entonces, 
¿dónde estaba el amor que la profesaba? Porque de eso, 
sí, estaba segurísima : Juan de Dios la había querido, 
por mucho tiempo, de todo corazón. Sólo en los últimos 
meses se había mostrado, así, indiferente, caviloso, des- 
amorado. No era, pues, por la vieja historia con el ca- 
pataz de los Laureles que él se le daba vuelta; era por 
otras causas. ¿Habría de por medio otra mujer? 

— Güeno, que seas feliz, — le espetó por la espalda, 
al ver que ya estribaba para irse. — Y no creás que yo 
tampoco voy a llorar mucho. Matungos de tu andar son 
los que sobran en el pago. 

— Lo que no sobran mucho, — replicó él, — son ye- 
guas de tu laya. 

— Quién sabe, ché, si allá no tenés alguna. 

Juan de Dios detuvo el caballo, que ya partía al sen- 
tir el peso de su jinete. 

— ¿ Allá ? ¿ dónde ? ¿ en la Estancia ? i Limpíate la boca, 
que estás de güevo ! 

— ¡ Ajajá ! — clamó Silvina, adivinando de pronto su 
acertijo. 



ENTRE LOS PASTOS 



59 



Y metiéndose en el rancho, le escupió toda su rabia : 
— Memorias a Baudilia, y cuidáo con churrasquiar las 

sobras del brasilero. 
Juan de Dios castigó con furia y partió a la disparada 

para no caer en la tentación de golpear a aquella vibora. 



VII 



Dos días después, era sábado, la parda Ceferina y 
Baudilia se habían puesto al fresco, a un lado de la co- 
cina, para pelar papas, choclos y zapallos, ingredientes 
indispensables de la famosa " carbonada ". En esa tarea 
estaban las dos mujeres hacía un buen rato, comentando 
los mil casos vulgares de la vida diaria (el dolor de mue- 
las de fulanita, la rodada de zutano, el hallazgo de un 
nido de teros de Faustino), cuando la parda, que se ha- 
bía puesto en pie para ir a reparar el fuego, exclamó de 
pronto : 

— Che, muchacha, mira quién viene allacito, por el 
bajo. 

Alzó Baudilia la cabeza y observó la aparición seña- 
lada por su compañera. Era una mujer, jinete en un ca- 
ballo azulejo, de falda colorada y pañuelo blanco a la 
cabeza. Se venía en derechura a las casas, a un galopito 
corto, castigando su cabalgadura con una varita de mem- 
brillo. 

— ¡Mira! ¿No es Silvina, ésa? — exclamó Baudilia. 

— La mesma, — repuso Cef erina. — ¿ Qué diantre 
pué trairla po acá? 

— Nadita güeno ha de ser. A ésta, no le vemos la 
cara si no es pa un di justo. ¡ Cruz diablo ! 

Entre tanto la visitante se aproximaba. Antes de lle- 
gar, ya les gritó a las dos mujeres : 

— Güenos días. ¿Qué les parece? Aquí me tienen de 
visita. 



ENTRE LOS PASTOS 



6! 



— Abájese, pues, — invitó Baudilia. 

Se arrojó Silvina de su cabalgadura y muy desen- 
vuelta vino a plantarle a Baudilia dos sonoros besos en 
ambas mejillas, tendiéndole después la mano a la parda. 

— ¿Cómo les va? ¿Cómo están po acá? 

— Güenos ; toditos güenos. ¿ Y qué milagro es éste ? 

— Ya ven. Hace tiempo que nos los véia, y se me ocu- 
rrió allegarme un poco pa tener noticias. Vengo a pasar 
el día. 

— ¡ Faustino ! ¡ Faustino ! — llamó Baudilia. 

Y cuando compareció el chico, que observaba curiosa- 
mente, aunque de soslayo a la visitante, agregó: 

— Llevá el caballo y desensíllalo. 
Luego, volviéndose a Silvina : 

— ¿ Vamo pa dentro ? 

— No, si aquí estamos bien, — contestó la interpelada ; 
— ¿qué hacen? ¿pelando verdura? 

— Ya vé ; es pa una carbonada. 

— Voy a ayudarles, ¿quieren? 

Y sin cumplimientos ocupó el sitio de la parda, po- 
niendo manos a la obra. 

Silvina se mostraba muy amable, sacando a relucir 
chismes del pago, contando sucedidos con bastante gracia. 
Baudilia la escuchaba, preguntándose siempre qué asunto 
de importancia podría haber motivado semejante visita. 
Pero la otra no largaba prenda. Seguía charlando trivia- 
lidades con una volubilidad marcadora. De un asunto sal- 
taba a otro, y luego a otro y después a otro todavía, ol- 
vidándose a veces de rematar el que había iniciado aquella 
loca asociación de ideas. 

— ¿Se acuerda de ña Casilda, aquella que una oca- 
sión casi envenenó a tuitos los de la casa con sus pas- 



62 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



teles? Los otros días juí a verla, porque parece que la 
pobre anda medio mal de salú. Ella dice que tiene la 
paletilla cáida, pero pa mi gusto es otra cosa. Ya sabe 
que Indalecio la ha soplao por un cañuto. Unos dicen 
que porque estaba harto d'ella ; otros, porque la pescó 
con un compadre, — aquél que jué polecía, ¿conoce? — 
Sí, pues, ¡ cómo no ha de conocer ! Jesús María, el que 
jué pión de don Renato ; que dispués entró en la polecía 
y lo hicieron sargento cuando la rigolución. ¡Y que lo 
hicieron sargento quién sabe por qué ! Había otros más 
guapos y mejores. Lo que tenía Jesús María era unas 
uñas que ni de peludo. En lo de don Renato, cuando él 
estaba, no paraba cacharpa de la pionada. Entuavía se 
me acuerda aquella historia del bozal, ¿no la conoce? 
Mire, pa que vea qué laya de hombre es el tal Jesús 
María : el bozal era de Primitivo, ya sabe, aquél picado 
de virgüela... sí, pues, ¡cómo no ha de conocer! ¡si 
estuvo tanto tiempo con don Renato ! . . . Un muchacho 
grandote, bien parecido, con unos ojazos ansí, que mi- 
raban fijos... ¡si no conoce otra cosa! Mire, aquél que 
decían si era o no era hijo del patrón con la china del 
puesto del fondo, porque siempre lo estaba distin- 
guiendo. . . 

Baudilia ya estaba como entontecida y no recordaba 
el punto de arranque de la historia que le hacía su inter- 
locutora. La llegada del patrón, le cortó al fin el hervor 
a aquel " pororó ". 

Hubo nuevos saludos, matizados esta vez con algunas 
bromitas que dejaba caer el patrón como al descuido. 
Silvina, muy coquetona, sabiendo que gustaba a todos 
los hombres, hacía remilgos y monerías. De pronto saltó 
el patrón con este escopetazo: 



ÉNTRE LOS PASTOS 



63 



— ¿A que no sabe quién estuvo los otros días po 
aquí? 

— No soy endevina. ¿ Cómo quiere que sepa ? 

— Mesmo. Usté es demasiao bonita pá ser bruja. Pues, 
Margarito. 

— ¿El de los Laureles? 

— ¡ Clavao ! 

— Es un güen hombre, trabajador, entendido. Un po- 
quito mentiroso, ¿110 le parece? 

— Sí, a ocasiones larga bolazos un poco pesaos. ¿Y 
a su novio, Juan de Dios, no lo vido? 

— Entuavía no. 

— No, aura está " cerdeando " ; preguntaba si hace mu- 
cho que no lo vé? 

— Los otros días se llegó a casa. 

Y no dijo más al respecto ; en seguida la conversación 
tomó otro giro. Baudilia continuaba torturándose el ma- 
gín para averiguar qué es lo que habría motivado la vi- 
sita de aquella muchacha. 

Así transcurrió toda la mañana. Cerca de mediodía 
empezaron a llegar los peones. El último en venir fué 
Juan de Dios. 

— Aura se va a destapar la cosa, — pensó Baudilia. 
Pero, por el momento, se equivocó. Juan de Dios, que 

conoció de lejos a la visitante, se metió en el galpón, 
como si estuviera muy atareado. Silvina continuó char- 
lando como si tal cosa. 

— Juan de Dios no la ha visto, — insinuó Baudilia. 

— ¿Le parece?, — contestó la otra, mirándola fija- 
mente a los ojos. 

— Ansí ha de ser, porque de no ya se habría venido a 
saludarla. 



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VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— Pue que no tenga interés en saludarme, — replicó 
Süvina, sin dejar de observar a Baudilia. 

— ¡ Y cómo no va a tener ! — dijo ésta, con absoluta 
sinceridad, — ¿no la quiere? 

— Ansí me lo ha dicho muchas veces ; pero los hom- 
bres . . . cambean. 

— Juan de Dios es de palabra... 

— ¡ Pse ! ¡ La palabra de los hombres ! . . . 

Baudilia tuvo la intuición de que aquellos dos debían 
tener alguna cosa: un enojo de novios, seguramente. A 
eso debía obedecer la visita de la muchacha. El hecho, 
pues, no era muy interesante. Más valía así. 

— Y ustedes, — interrogó de pronto Silvina, — ¿ siem- 
pre peleaos? ¿no han hecho las paces? 

— No, y muy contenta que estoy ansí. 

— ¿Él no ha buscao amigarse ? Me parece que sí . . . 

— ¡ Qué esperanza ! Ni nos hablamos. 

— ¡ Bah ! A mí me lo puede decir . . . 

— De veras que no. ¿Usté eré que puedo olvidarme 
de lo que me hizo? 

Silvina observaba disimuladamente a su interlocutora. 
Su acento era de sinceridad. Nada revelaba que pudiera 
tener algo con Juan de Dios. ¿ Se habría equivocado en 
sus sospechas? Entonces se decidió a hacer su confi- 
dencia : 

— ¿ Sabe una cosa, Baudilia r Hemos roto, con Juan 
de Dios. 

¡ Ahí estaba, por fin, la cosa ! A esa ruptura se debía 
la presencia de Silvina en la Estancia. Sin duda, procuraba 
la reconciliación. Baudilia se alegró de haber acertado. 

— ¿Y eso? ¿Cómo fué? 

— ¡ Qué sé yo ! Vino a casa con ganas de pelea y tuve 
que echarlo. 



entre; los pastos 



65 



— Pero, ¿por qué? No ha de ser tan fiero el asunto que 
no pueda arreglarse. 

— ¿A usté le gustaría que volviéramos a arreglarnos? 

— ¿A mí? ¿y por qué no? 

Silvina advirtió que Baudilia no mentía y en seguida 
le asaltó la congoja de cuál sería esa otra mujer por la 
cual Juan de Dios la abandonaba. Porque lo de Marga- 
rito, a todas luces, era un pretexto. Entonces, tranquili- 
zada respecto de Baudilia, se hizo más confidencial : 

— Vea, Baudilia : Juan de Dios tiene algo. A mí no 
me quitan de la cabeza que se ha encaprichao de otra 
mujer. Esa historia del capataz de los Laureles es pam- 
plina. Hace tiempo que lo veo tristón, preocupao, — 
mire, justamente, dende que usté se quemó. Cuando iba 
a casa se distráia, pasaba ratos sin hablarme, no era ca- 
riñoso como antes. Nosotros comprendemos bien cuando 
un hombre deja de querernos, ¿no es cierto? Bueno, pues. 
Yo me di cuenta en seguida que Juan de Dios estaba 
harto de mí y que tenía en el corazón otra mujer. Los 
otros días me figuré- que esa mujer era usté, Baudilia. 

— ¡ Yo ! — exclamó la otra, asombrada de verdad, mi- 
rándola con extrañeza, no comprendiendo las razones de 
tal sospecha. 

— Sí, lo creí, por ciertas cosas... 

— Pero, ¡ qué disparate ! Si nosotros dos no nos pode- 
mos ver la estampa. 

— Así ha de ser, ya lo veo . . . Pero, ¿ qué quiere ? ¡ Lo 
encontraba a Juan de Dios tan cambiao en estos últi- 
mos tiempos ! Si yo la nuembraba a usté, saltaba como 
una víbora, diciéndome que no la tocara. . . como si yo 
pudiera ofenderla, calcule. 

— De veras que es raro. A mí no me puede ver. Ni me 

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66 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



habla ni me mira. Yo creí, más bien, que hablara mal 
de mí. 

— Al revés, aura no hace más que ponderarla. Si le 
digo que por eso me figuré lo que me figuré. 

— Pues por este lao pué estar tranquila ... ¡ Yo y 
Juan de Dios ! ¡ qué soncera ! 

— ¿ Entonces, quién será ? Porque, creamé, Baudilia, 
Juan de Dios tiene una mujer en el corazón. ¿Usted no 
conoce sus pasos? 

— Yo no sé nada. Aquí está tuito el día. Los domin- 
gos, no más, ensilla su caballo, de tardecita, y se va. . . 
Creio que a su casa. Ya vé, eso de otros amores, son figu- 
raciones suyas. 

Silvina se había quedado abstraída, los ojos fijos a lo 
lejos, sin ver. Y en vano, durante el resto del día, ambas 
mujeres procuraron descifrar el enigma. Fué imposible. 
Juan de Dios, por su parte, no apareció por los ranchos 
hasta que la visitante se hubo marchado. 



VIII 



Al día siguiente, como el patrón mentara la visita de 
Silvina, Baudilia le espetó: 

— ¿Sabe, patrón, que Silvina se ha peleao con Juan 
de Dios? 

— ¿Sí, eh? 

— Sí. Acabaron las rilaciones. Silvina se figura que 
Juan de Dios se ha enamoráo de otra mujer. 

— ¡Mira! ¿Y de quién? 

— ¡ Qué sé yo ! ¡ Cuenta cada disparate ! ¡ Si hasta se 
figuró que yo le había soplao el novio ! ¡ Figúrese ! 

— Pues no es tan zonza esa china. La zonza sos vos. 
Baudilia se quedó con un palmo de boca abierta. 

— ¿Yo? ¿por qué? — adujo, después que pudo tomar 
alientos. 

— Porque Juan de Dios está enamorao de vos, ái está. 

— ¿De mí? ¡Ah, no, no, no! — exclamó, protestando 
con toda su alma. 

Y, súbitamente encrespada, rebelándose contra seme- 
jante imposible caso, salió de la habitación, con ansias 
de llorar. 

Pero, después, más tarde, empezó la moza a reflexio- 
nar sobre cuanto le había narrado Silvina : la actitud de 
Juan de Dios a su respecto, los elogios que de ella hacía, 
hasta la defensa que había tomado cuando la otra la 
mentaba. Empezó a recordar cien pequeños detalles, en 
los que no parara mientes hasta entonces. ¿Cuántas veces 
no había sorprendido al mozo contemplándola desde lejos ? 



68 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Ella siempre creyó que la miraba en son de burla, porque 
apenas se cruzaban sus miradas, él bajaba la cabeza y se 
iba. Otra vez que Baudilia había de salir con uno de los 
peones, sin que nadie le dijera nada, fué y le echó vo- 
luntariamente el caballo al corral. Otro día en que el pa- 
trón la regañó porque la leña verde echaba humo, enco- 
mendándole que tuviera más cuidado al traerla del monte, 
el mozo fué por sí mismo, sin una palabra, a ahorrarle el 
trabajo y le trajo una carga de leña seca. Otra vez aún, 
en que Baudilia había perdido un prendedor en el campo 
y lamentaba la pérdida, fuese él, callado, a buscarlo, y 
se lo hizo entregar por intermedio de Faustino : sólo por 
haberse éste " enredao en las cuartas " supo ella que 
quien hizo la búsqueda no fué el chico, sino Juan de 
Dios. Y no hacía mucho todavía, había tenido el mozo 
unas palabras con el peón brasilero porque no supo re- 
chazar los avances del capataz Margarito. 

Estos y otros casos semejantes los atribuyó cada vez 
Baudilia a motivos extraños, a afán de burla, a propósito 
de humillarla, a deseo tal vez de aminorar la barbaridad 
que con ella había cometido ; pero, ahora, de súbito, ante 
las palabras del patrón, los veía iluminados de una luz 
nueva. 

Desde ese instante, le tocó a la muchacha mostrarse 
preocupada. Con disimulo observaba a Juan de Dios, y 
más de una vez sus miradas furtivas se cruzaron, hu- 
yendo luego los ojos de ambos con vergüenza de haber 
descubierto su mutuo espionaje. Más de una vez también, 
en la cocina o en el campo, al encontrarse los dos por 
acaso, notó que él no se iba, que permanecía obstinada- 
mente cerca de ella como si fuera a hablarle y no se de- 
cidiera. Cuando tuvo la certeza de que Juan de Dios la 



ENTRE WS PASTOS 



69 



rondaba, una confusión lamentable se adueñó de su es- 
píritu : 

— ■ ¡ No ! ¡ Yo no lo quiero ! ¡ Lo odio ! ¡ lo odio !, — se 
dijo a sí misma, casi llorando de rabia. 

Pero, ¿por qué de continuo le asaltaba el recuerdo de 
Juan de Dios ? ¿ por qué vivía tan preocupada con él ? Y, 
sobre todo, ¿por qué cuando se decía a sí misma en voz 
alta : " le odio ", no experimentaba en lo íntimo de su 
ser esa repulsión que nos produce todo lo odiado? 

Baudilia empezaba a estar confusa, y ahora trataba de 
rehuir a su perseguidor, para no dar motivo de que 
fuera a hablarle. 

Las demás gentes de la casa debieron notar algo, tam- 
bién, porque ahora, cuando se hallaban reunidos, son- 
reían con aire mal disimulado de inteligencia y se ha- 
cían guiños picarescos. Dos o tres veces, tuvo Baudilia 
ocasión de sorprender esos gestos, y empezó a enconarse. 
Le pareció que se burlaban de ella, que iban por lo menos 
a pifiarla al ver que el odio de los mozos se había trocado 
en amor, y un buen día, tomó una determinación radical, 
que andaba rumiando de tiempo atrás. 

— Patrón, — le dijo a don Carmelo, — tendría ganas 
de pasar una temporadita con mi tía. 

— ¿ Con " la tigra " ? ¿ Qué es eso muchacha ? ¿ Qué 
ventolera te ha dao? 

— Nada. Va pa cuatro años que no la veo, y ahora se 
me ha antojao dir al Aceguá. 

— Pues, hija, si ese es tu gusto, anda a ver " la tigra 
Y si tiene cachorros, a la güelta me trais toda la nidada 
pa augarla en el arroyo. 

" La tigra " llamaban todos a la tía de Baudilia, una 
china brava como un sargento, más valiente que las ar- 



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VÍCTOR PÉREZ PETIT 



mas, que no tenía paz con nadie y se había hecho temer 
de todos. Ella era la que había criado a Baudilia, dándole 
más azotes que pan. Precisamente, por una soberana pa- 
liza, de la cual estuvo a punto de no contar el cuento la 
criatura, es que se la había quitado un vecino, medio 
pariente también, el que a su vez la había llevado a la 
Estancia de don Carmelo. 

La noticia del próximo viaje de la moza al Aceguá, 
dió margen a muchos comentarios en la estancia. Al fin, 
todos se avinieron con lo que aseguraba el capataz : — 
" Baudilia odea a Juan de Dios y pa no tener algún di- 
justo juerte si el mozo la atropella con una rilación de 
amor, se larga pa lo de la " tigra ". Arroyo por medio, no 
hay estrujones ". 

Juan de Dios se enteró, naturalmente, como los de- 
más, de la nueva, y quedó asombrado. ¿Por qué se iba? 
¿por él? Confuso y desorientado no supo qué actitud 
asumir. De pronto se le ocurría que debiera hablarle a la 
muchacha para aclarar la situación ; luego pensaba que. 
no tenía ningún derecho y que ya que ella no quería sa- 
ber nada de él lo mejor sería guardar silencio. Pero eso 
sí, en lo íntimo de su ser, sintió una honda pena, y en- 
tonces tuvo que confesarse a sí mismo que estaba ena- 
morado de la muchacha. 

La víspera del viaje, Juan de Dios procuró por todos 
los medios encontrarse a solas, siquiera un instante, con 
Baudilia ; pero ella no le dió lugar : sin descuidarse un 
segundo, siempre se ingenió para que hubiera entre ellos 
alguna tercera persona. De noche, el mozo " ronció " la 
cocina, también sin resultado. Al fin todos se fueron a 
dormir, y él se quedó en el patio, fumando, con la loca 
esperanza de que, por cualquier motivo inesperado, Bau- 
dilia tuviera que salir fuera. Fué vana su espera. 



ENTRE EOS PASTOS 



7i 



Al día siguiente, muy de mañanita, para aprovechar la 
fresca, Baudilia montó a caballo, acompañada por el capa- 
taz. Saludó a todos, muy cariñosamente, prometiéndoles 
volver pronto. Sólo un detallecito la molestaba : ¿ qué ac- 
titud asumiría con Juan de Dios ? ¿le daría la mano o 
debía marcharse sin saludarlo? Por la noche no había 
pensado en otra cosa, y ahora mismo, en el último ins- 
tante, no tenía nada resuelto. Sin embargo, en este punto 
le aguardaba una sorpresa: allí estaban para despedirla, 
todos los que la querían bien, — todos, menos Juan de 
Dios. 

" Mejor ansí ", — pensó Baudilia ; perú, la verdad es 
que la ausencia de aquél, más que extrañeza, le causó 
una viva contrariedad. Aunque no quisiera confesárselo, 
le hubiera agradado que él estuviera allí. Y si no, ¿por qué 
aquella opresión que de repente le subió del pecho a la 
garganta ? 

— Güeno, basta de despedidas que no nos vamo pa 
el otro mundo, — argüyó el capataz. Y luego, así que 
pisaron el camino, insinuó : — ¿ Galopito ? 

— Vamo, — contestó Baudilia. 

Y arrancaron al galope. El aire fresco de la mañana 
azotó el rostro de la muchacha. Su cabalgadura resoplaba 
muy fuerte, a compás, mientras sonaba la berija. Así, 
de un tirón, llegaron a la portera. El capataz quiso abrirla 
de a caballo ; pero no pudo y hubo de desmontar. Pasó 
Baudilia, y a pie, detrás de ella, llevando de tiro su ca- 
ballo, su compañero, a fin de cerrar nuevamente la por- 
tera. Ya se iba adelante, despacito, la muchacha, cuando 
el capataz, montando su caballo, le dijo : 

— Se me hace que hay matreros en el monte. ¿ No viste 
nada allacito, a la izquierda? 

— Vide, — replicó Baudilia, cuya avizora mirada había 



72 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



descubierto a la distancia a Juan de Dios ; — ¡ qué pedazo 
de zonzo ! 

Pero, el comprobar que el mozo no había podido que- 
darse sin verla, siquiera de lejos, le llenó el pecho de fres- 
cura. Sin saber por qué, respiró más fuertemente, sonrió 
a la luz matinal que vestía de fiesta la mañana, y, lan- 
zando alegremente su caballo al galope, le gritó al ca- 
pataz : 

— ¡ Una carrerita ! ; A que no me agarra ? 

— Vas a cansar el pingo, — argumentó el otro, sin 
responder a la invitación. 



IX 



" La tigra ", como llamaban todos a la china Felisa 
Díaz, tía de Baudilia, era ya una mujer entrada en años, 
pero que conservaba todos los arrestos de una juventud 
cerril. De rostro aindiado, duro, anguloso, color de cieña 
cobrizo ; de largas crenchas negras, alisadas y muy ne- 
gras, no obstante la edad ; de andar y gestos hombrunos, 
y de aficiones de macho también, pues hasta " pitaba ne- 
gro " y trasegaba caña, tenía toda la apostura de un milico 
que hubiera dado en la broma de disfrazarse con faldas. 
Pendenciera y mala, no guardaba paz con nadie, ni si- 
quiera con el viejo perro barcino, su único compañero, al 
que solía correr a chirlazos y pedradas. Tenía, sin em- 
bargo, un don, merced al cual por fuerza la buscaban, 
tarde o temprano, todos los vecinos : era habilísima cu- 
randera ; conocía las virtudes de los yuyos, y hasta sabía 
de menjurjes y " palabras " para destruir daños, formar 
ligaduras y curar " vicheras ". Su fama se había exten- 
dido tanto que cierta vez la habían venido a buscar desde 
el Chuy para atender a un estanciero picado por una 
víbora de coral. 

Vivía en un misérrimo rancho de terrones, desvenci- 
jado y lleno de grietas, de este lado de los bañados. Era 
un paraje desolado, tristísimo, húmedo, sólo sombreado 
por la lejana serranía de Aceguá. Todo era allí tristeza 
y abandono. La tierra, anegadiza, recubierta a trechos 
por parduzcos chircales, se extendía monótonamente a 
pérdida de vista. Sólo a unas cuatro o cinco cuadras del 



74 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



rancho de la china Felisa, ponía una nota excepcional y 
poética un tupido pajonal con algunos molles y sauces 
destacándose sobre el azul del cielo. 

En este rincón olvidado y triste venía a buscar so- 
siego la pobre Baudilia. Lo pasaría bastante mal con la 
tía — ya había descontado eso la muchacha ; — pero 
siquiera estaría lejos de aquel mozo cuya sola presencia 
era para ella un martirio. Desde que se apeó a la puerta 
del rancho, no más, pudo cerciorarse de que " la tigra " 
no había variado de carácter y de que seguía mereciendo 
el apodo. Al oir los ladridos del barcino, se cuadró en 
la puerta, entornando los ojos para conocer a los visi- 
tantes. Ni un músculo de su cara se contrajo al reconocer 
a su sobrina ; ni una palabra de bienvenida o siquiera de 
sorpresa se escapó de sus labios al recibirla. Fría, hosca, 
impenetrable, espantó al perro con un correadorazo y 
esperó que los otros se le acercaran. Baudilia se tiró del 
caballo y la besó, sin que se le devolviera el saludo. En 
cuanto al capataz, que permanecía a caballo, se tocó el 
ala del sombrero, murmurando un " güeñas tardes ". 

— 'Vengo a visitarla, — explicó Baudilia; — y si le 
parece podría quedarme un mes o dos aquí. 

La china Felisa no contestó de pronto. Debía estar 
pensando en si debía recibir o no a la sobrina ; pero la 
verdad es que por la expresión de su rostro y sus ojos 
inmóviles parecía que no pensara en nada. Al fin hubo 
de decidirse, cuando ya el prolongado silencio empezaba 
a inquietar a Baudilia, y dijo a ésta, concisamente, con 
voz breve y opaca : 

— Dentrá. 

El capataz vió que lo dejaban solo, que ni por cum- 
plimiento lo invitaban a apearse y aflojarle un momento 



ENTRE LOS PASTOS 



75 



la cincha al caballo ; y decidió cortar por lo sano, volvién- 
dose de inmediato por el camino que había venido : 

— Güeno, Baudilia ; entonces será hasta la güelta. 
La muchacha, agradecida, aunque con cierto temor de 

disgustar a la tía, se atrevió a decir : 

— Abájese ; descansará un ratito. 

El capataz echó una rápida mirada a la china, que 
permanecía indiferente. 

— No, gracias ; me güelvo enseguidita. En cualquier 
rancho agenciaré un cimarrón y le daré un resuellito al 
flete. 

Se despidió de Baudilia y se marchó al trote sin me- 
recer una ojeada de " la tigra ". 

— ¡ Pucha, con la india fieraza ! — comentaba el ca- 
pataz, mientras se iba por los campos encharcados : — 
¡ encastada con yaguareté ha de ser ! 

Durante el resto de la tarde, sólo con monosílabos y 
gruñidos contestó lá huraña tía a la charla de su sobrina. 
Estaba anhelosa Baudilia de dar noticias de la Estancia, 
de cambiarse el rumbo de las ideas, de aturdirse con su 
propia charla; e interesábale también saber algo de la 
vida que había llevado, durante cuatro años, entre aque- 
llos pajonales, la sañuda mujer. Pero, por lo visto, ésta 
no tenía interés alguno por las gentes de la Estancia ni 
por nadie en el mundo. Ni siquiera formuló la más sus- 
cinta pregunta para investigar la razón de la inesperada 
visita de la muchacha. Con movimientos rítmicos y duros 
iba de un lado para otro, ocupada en sus quehaceres ; de 
pronto desaparecía en el campo, y al rato volvía a apa- 
recer en el rancho sentada junto al trashoguero, chupando 
mate y pitando su cigarrillo de tabaco negro. Sólo allá al 



76 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



atardecer, cuando se trató de disponer la cena, tuvo la 
tía Felisa una frase, para sus hábitos, extensísima. 

— Pica leña p'al juego. L'hacha stá ai, n'el rincón. 

Concluida la frugalísima cena, salió fuera y se sentó 
sobre una cabeza de vacuno. Siguió fumando. Baudilia, 
de pie, recostada a la puerta del rancho, ya estaba desco- 
razonada, convencida que no había forma de hacerle des- 
pegar los labios a su compañera. Y se puso a mirar 
las estrellas y el campo, obscuro como boca de lobo. 

Empezaron a transcurrir los días lentos y aburridos 
para la mísera desterrada. De mañana, antes de salir el 
sol, estaba en pie, ayudando a Felisa en sus habituales 
ocupaciones. Luego tomaban mate y preparaban la co- 
mida. Por la tarde hacía una siestita y luego vuelta al 
mate y a dar vueltas por el rancho. Y llegada la noche, 
se cenaba, se " verdeaba " durante una hora, mirando el 
cielo, hirviente de estrellitas ; y después a la cama. Du- 
rante toda la jornada sólo abría la boca Felisa para or- 
denar algo así, por el estilo : — " Trai leña ", — o " Pone 
asao " — o " Alcanza agua ". 

A veces, de tardecita, Baudilia se llegaba hasta el monte, 
que orillaba la ciénaga. Gustábale ese rincón solitario y 
melancólico, que tan bien se avenía con el estado de su 
espíritu. Allí, sobre una rama baja y gruesa de un ru- 
goso sauce, se sentaba para dejar vagar sus pensamien- 
tos, que obstinadamente volaban hacia la Estancia de don 
Carmelo Antúnez. 

¿Se acordarían de ella? ¿qué dirían de su ausencia? 
¿la extrañaría la parda Ceferina? Su mano distraída 
jugaba con los colgantes penachos del árbol ; arrancaba 
sus hojas. Sus ojos, perdidos en el vacío, siguiendo la 
ruta de los recuerdos, no veían aquel mar de caraguatás 



entre; eos pastos 



77 



y pajas bravas que una suave brisa hacía ondular sonora- 
mente, con un gemido triste. A veces, el chillido de un 
pájaro entre las ramas o la huida de un aperiá entre los 
pastos húmedos, la arrancaban de su ensueño ; pero eso 
era un lampo, nada más. En seguida su pensamiento se 
desentendía del mundo real y volvía a sus quimeras y 
recuerdos. Ahora es cuando allá, en Buena Vista, los 
peones regresaban del trabajo y se ponían a matear en 
el galpón, aguardando el instante de la cena. Faustino 
jugaba con el perro grande, en medio del patio. Bandadas 
de palomas " ganaban " los árboles obscuros. Oculto el 
sol, el horizonte continuaba aún ardiendo con tonos de 
púrpura y oro. Juan de Dios solía coger entonces su gui- 
tarra y se ponía a cantar muy bajito, al lado del horno, 
un estilo tristón, que se entraba muy quedo en el alma. 

¡ Juan de Dios ! Su recuerdo, a medida que transcu- 
rría el tiempo, se arraigaba más y más en el ánimo 
de Baudilia. Era por él que ella estaba allí, lejos de todas 
sus cosas queridas, de su campo amigo, de los objetos 
familiares. Por huir de su ronda amorosa es que ahora 
se veía perdida en medio de aquella naturaleza hostil, 
lejos de todo cariño y afección. ¿Le odiaba, pues, tanto? 

No hubiera podido decirlo ; acaso, también, no se atre- 
vía a examinar el fondo de su corazón. Pensaba en Juan 
de Dios sin rencor, sin acritud ; pensaba continuamente 
en él, más bien con complacencia. Su recuerdo no le pro- 
ducía grima, no le irritaba el pecho de protestas: era un 
recuerdo sereno, melancólico, que la entristecía y la lle- 
naba de dulzura a la vez. La satisfacía saberse querida 
allá, lejos, por alguno que tal vez estuviera a esa hora 
misma sufriendo con su ausencia. Sufriendo, sí, sufriendo 
dulcemente, como ella sufría, con aquella inconíesada 



78 



VÍCTOR PÉREZ PKTIT 



ansia de dormirse para siempre, despacito, escondida, 
perdida en medio del mundo, entre los yuyos del campo. 

Poco a poco su cabeza se inclinaba sobre el pecho y 
una amargura invencible le desbordaba del corazón. Las 
pupilas empezaban a entibiársele y se le humedecían luego. 
Nunca se había sentido más sola y abandonada ; nunca 
más mísera y huérfana de hondos afectos. Había un vacío 
horrendo a su alrededor; una tremenda noche que la cir- 
cundaba y le penetraba las carnes. Estaba sola en el 
mundo, sola, sola, como aquellos campos que se ex- 
tendían a perdida de vista, opacos y lúgubres, sin un 
pasajero, sin una canción. Y hundida la cabeza en el pe- 
cho, continuaba llorando muy quedo sobre su inmensa 
desventura, sobre su vida sin luz y sin objeto. 

Después, de pronto, contenía el raudal de lágrimas, 
alzaba la cabeza y miraba asombrada aquella naturaleza 
inmensa y muda que la rodeaba, aquel horizonte desco- 
nocido que parecía rechazarla. A lo lejos, muy lejos, azu- 
laban las ondulaciones de la sierra de Aceguá ; más hacia 
acá, el campo se ensombrecía con los chircales inmensos ; 
a trechos, el bañado resplandecía con tonos de luna, y a 
trechos también algunas manchas verdes y blancuzcas de- 
nunciaban la presencia de espadañas y paj ízales. Sobre 
el techo del rancho negruzco de " la tigra " el sol mu- 
riente ponía una macilenta caricia de oro. Las ranas 
empezaban su plañido interminable ; una nutria lanzaba 
su quejido ; los teruteros volaban muy bajo, chillando desa- 
ladamente. Entonces, lentamente, colgantes los brazos, 
volvía al rancho de la tía Felisa para meter en su sombra 
la sombra de su alma. 



X 



En la Estancia, hasta los perros parecían extrañar a 
Baudilia. Sobre todo, el Zorro, un animal vivo e inteli- 
gente, parecía desasosegado: a menudo se le veía rondar 
por la cocina y el gallinero, cuando no en la misma pieza 
de la moza ausente, olfateando los trapos y objetos que 
le pertenecían. En cuanto a las personas, no hay que 
decir, en todo momento, por cualquier cosa, mentaban a 
la muchacha. — " Si estuviera Baudilia no pasaría esto " 
— oíase a cada instante, como una muletilla. 

La verdad es que la casa parecía triste con la ausencia 
de la Calandria. Ya no se oían sus cantos y risas, que 
desde la mañana hasta la noche hacían sonar los ecos de 
la vieja casona; ya no se veía su traje claro y prima- 
veral poner una nota alegre en medio de la paz grave de 
los campos. Pero quien más extrañaba a Baudilia, sin 
duda alguna, era Juan de Dios. 

Es decir, la extrañó durante el primer mes, porque, a 
juzgar por las apariencias, ahora la había olvidado. En 
efecto : al principio se le veía siempre solo, callado, pen- 
sativo. Se pasaba las horas recostado contra el horcón 
del palenque, lejos de las alegres reuniones de los compa- 
ñeros. Otras veces se largaba al través del campo, andaba 
quién sabe por dónde, y sólo retornaba muy tarde, a la 
hora de cenar. No aceptaba conversaciones sobre la mu- 
chacha y cuando alguien le enderezaba alguna pulla, se 
marchaba sin contestar, hosco y reconcentrado. Pero al- 
gún tiempo después, se le vió repentinamente cambiar de 



8o 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



actitud: empezó a ensillar otra vez su tostado, los do- 
mingos, de tarde. Luego, reanudó sus pláticas en la cocina, 
tornó al buen humor, fué el Juan de Dios de antes. 

— ¡ Paice que el dijunto ha resucitao ! — dijo burlo- 
namente uno de los peones. 

— Mesmo, — replicó él, sonriendo. — ¡ Miren que pe- 
nar por pulpa flaca ! ¡ Hay hombres que se güelven como 
caranchos ! . . . 

Asi, burlándose de si mismo, cortó de raíz las burlas 
de los demás. Lo cierto es que Juan de Dios, después de 
haber sufrido por la ausencia de Baudilia, se había hecho 
algunas reflexiones y concluyó por convencerse de que 
era un zonzo en guardarle tanta fe a la que así se burlaba 
de él. ¿No se había ido, en efecto, la moza por su vo- 
luntad, para esquivar el rendido amor que en él había 
adivinado? Pues si ella seguía odiándole, al extremo de 
huir de la Estancia, donde se hallaba tan bien, para se- 
pultarse viva en la tapera de la tía Felisa, ¿por qué ha- 
bría él de conservarle su cariño y penar por ella? Y al 
fin y al cabo, ¿por qué la quería? ¿cómo es que había lle- 
gado a quererla? Eso, sin duda, sucedió por lástima, por 
haber sido él el causante de aquellas quemaduras, o tal 
vez por el despego que Baudilia le había demostrado 
cuando, ya sana, fué él voluntariamente a buscar una re- 
conciliación. ¡ Y por eso andaba como alma en pena ! 
i Vaya un maturrango ! A la mujer, cuanto más la cor- 
tejan, más la ensoberbecen. El hombre tiene que seguir 
siendo hombre, si pretende dominar. ¡ Qué estúpido había 
sido ! 

Y aconteció entonces que andando una tarde por el 
campo, lejos de las casas, sumido en ese mar de refle- 
xiones, se dió de pronto de manos a boca con Silvina. 



ENTRE LOS PASTOS 



8l 



Ella, que estaba cortando leña en un montecillo, se hizo 
la distraída; pero él, de súbito, sin reflexionarlo, le di- 
rigió la palabra. 

— ¡ Trabajadora la moza ! 

Tomando a burla la frase, Sil vina no contestó nada. 
Entonces Juan de Dios se le acercó : 

— ¿Quiere que la ayude? 

— Gracias, no preciso, — replicó la moza y siguió tron- 
chando gajos y ramas. 

— Traiga el hacha y no sea mala, — insistió Juan de 
Dios. 

Y quieras que no, alivió de su trabajo a Silvina. Em- 
pezaron a conversar ; se cambiaron reproches ; se argu- 
mentó largamente por uno y otro lado : que " si tú no 
hubieras dicho que si " usté no hubiera hecho que 
" esto y lo otro y lo de más allá ". En fin, que al ter- 
minar aquella memorable jornada, habían hecho las pa- 
ces y volvían a ser los buenos novios de antes. 

— Güeno, — concluyó Silvina, — pero ha de ser con 
la condición de que no me volverás a fruncir la jeta por 
eso de Margarito. Ya estás albertido. 

— Ya estoy albertido, — contestó riendo Juan de Dios, 
— aura tomá por el trillo y rumbiá pa los ranchos. 

Desde entonces Juan de Dios se tornó decidor y chan- 
cero; cantaba, como antes, al claror de las estrellas, el 
rosario de sus estilos camperos ; discutía y bromeaba con 
los demás peones. A decir verdad, mostrábase más ale- 
gre y bullicioso que antes. Su alegría era más ruidosa. 

— Aura le ha dao la viaraza con Silvina, — decía el 
capataz. — Anque la moza no me gusta, lo prefiero 
ansí, más mejor que cuando clavaba la pezuña. 

— Está demasiao alegre pa estar alegre de veras, ¿no 

6 



82 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



haya, amigo? — replicaba filosóficamente el patrón, em- 
perrado en su idea fija. 

Y la verdad es que aquel brusco cambio en el carácter 
de Juan de Dios sólo se mantenía en la apariencia. Cuando 
el mozo se " cortaba " solo por el campo, toda su bullente 
alegría desaparecía como por encanto. Poco a poco la 
vista se le extraviaba sobre la inmensa quietud de los 
campos ; dejaba de interesarse por todo cuanto palpi- 
taba a su alrededor, y, sueltas las riendas sobre el cuello 
de su caballo, que seguía al paso por donde mejor le aco- 
modaba, dejaba vagar su pensamiento... No conocía el 
pago de " la tigra ", y no podía representárselo ; pero 
este mismo desconocimiento del escenario donde la mu- 
chacha se había refugiado, le llenaba el espíritu de ma- 
yor tristeza. Estaba allá, lejos, no sabía dónde, — entre 
los pajonales, mencionaba el patrón, — y él no podría 
dar con ella sin interrogar a las gentes, es decir, sin des- 
cubrirse. Estaba allá, en algún lado, escondida, apartada 
de él, olvidándolo. . . ¿Lo olvidaría? ¿no pensaría alguna 
vez en él? ¿Sería verdad, entonces, que lo odiaba tanto? 

Otras veces, al lado de Silvina, sufría distracciones. 
No dejaba la ladina muchacha de advertirlo ; pero, al in- 
terrogarlo, no lograba sino malhumorar a Juan de Dios. 

— No tengo nada; me duele un poco la cabeza, — re- 
plicaba. 

Y, repentinamente hosco, se ponía en pie y se salía del 
rancho. 

De noche, tendido sobre sus " cacharpas en el rincón 
más negro del galpón de los peones, se revolvía inquieto, 
siempre desvelado por su idea fija : — Baudilia no estaba 
allí ; se había ido lejos, no sabía dónde ; acaso no volviera 
más ... Se había ido porque lo odiaba ; por no verlo más. 

— ¡Cristiano zonzo! — se reprochaba a veces, para sí, 



ENTRE' LOS PASTOS 



83 



en el fuero íntimo de su conciencia, — ¡penar por pulpa 
flaca ! 

Y hacía el propósito de olvidar a la Calandria ; de di- 
vertirse, de reir. . . Entonces, ante los demás, surgía el 
Juan de Dios de antes. Se le veía chancero ; se le oía 
cantar, bajo el ombú, sus habituales estilos. 

Entre tanto, se aproximaba la esquila. Ya se tenían 
apalabrados unos treinta esquiladores para comenzar las 
faenas a fin de Diciembre. En la Estancia se hacían pre- 
parativos. En todo el pago también se aprestaban las 
muchachas para la fiesta que vendría después. 

— Habría que dir a buscar a Baudilia, — insinuó una 
noche la parda Ceferina al patrón, mientras le cebaba 
mate. — Ya va pa tres meses que falta : debe estar hasta 
el gañote de vivir entre las pajas como aperiá. 

— De veras, — repuso don Carmelo. Después, devol- 
viéndole la calabaza : — Está medio lavativa, ché. Cam- 
beále la yerba. 

Y, cruzando una pierna sobre la otra, mientras con 
ambas manos se cogía el pie, tornó a la idea sugerida 
por la parda : 

— Habría que diría a buscar. 

La noticia cayó en el galpón en un momento en que 
estaba la peonada toda reunida. Fué recibida con regocijo 
por todos : Baudilia era una buena compañera de la mo- 
zada. Desde que ella faltaba, había muchas prendas sin re- 
mendar y el asado de cordero no alcanzaba nunca a do- 
rarse como el oro. Además, faltaba alegría, faltaba aquella 
canción juvenil y amorosa que corría todo el día por la 
casa haciendo más leve y llevadera la sorda monotonía 
del campo. 

Sólo Juan de Dios guardó silencio. Pero, al oir la nueva, 
le pareció que amanecía. 



XI 



Cuando se tiró al suelo, desde el caballo, a punto es- 
tuvo de que la perrada la volteara. Todos se le iban en- 
cima, alegremente, parándose de manos, poniéndole las 
delanteras sobre el pecho. El Zorro, para demostrar 
mejor su regocijo, corría de un lado para otro ladrando 
y volvía luego a saltar sobre Baudilia, lambeteándole la 
cara. El capataz, que acababa de entregar al " gurí " las 
maletas que traía en ancas, hubo de pegar unos cuantos 
gritos y distribuir varios puntapiés para sosegar la pe- 
rrada. 

— ¡ Míala a la perdida ! — había dicho la parda ; y no 
pudo decir más, porque sintió, mientras abrazaba y be- 
suqueaba a la moza, que en la garganta se le hacía un 
nudo. 

El patrón también la recibió cariñosamente. Estaba ha- 
ciendo estirar los hilos de un alambrado con dos peones 
cuando vió llegar por el bajo al capataz y Baudilia. En- 
tonces, como cayera la tarde, les dijo : 

— Acaben con ese hilo y dejen. 

En seguida se llegó a las casas para recibir a la mu- 
chacha. 

— Estás más gorda, ché, — le dijo burlonamente al 
verla pálida y desmejorada. — Se conoce que "la tigra " 
te ha tratao a cuerpo de ray. ¿Mucho churrasco y güeña 
leche, no? 

— No se reiga, patrón, — contestó Baudilia. — ¡Vengo 
más harta ! 



ENTRE LOS PAST( 



85 



— Tamién, ¿a quién se le ocurre di, * a meter en un 
bañao ? ¡ Haceme el favor ! 

La peonada se regocijó igualmente con la vuelta de 
la moza. Todos vinieron a saludarla y a llenarla de pre- 
guntas. El último en volver del campo fué Juan de Dios. 

— Ai está Baudilia, — le dijo la parda ; — anda a sa- 
ludarla. 

— ¿ Pa qué ? — contestó, — ¿ acaso nos saludamos 
cuando se jué ? 

— No importa ; anda a saludarla. Está en la cocina. 
Juan de Dios continuó arreglando sus trastos en el 

galpón, sin apresuramientos. Cuando terminó, cogió la 
guitarra y fué a sentarse, como de costumbre, cerca del 
horno. Empezó a bordonear, colgante el cigarrillo de los 
labios, ladeada la cabeza. En eso estaba desde hacía un 
buen rato, cuando de pronto, sin haberla oído llegar, apa- 
reció a su lado Baudilia. 

— Güeñas tardes, — le dijo. 

Juan de Dios se volvió, sorprendido. Y al ponerse en 
pie, sólo acertó a decir : 

— Güeñas. 

La miraba de hito en hito, asombrado más que nada 
ele que fuera ella quien hubiera venido a buscarle. Bau- 
dilia estaba un poco pálida y ojerosa ; más delgada tam- 
bién. El mirar de sus ojos era suave y triste como el de 
un corderillo. Entonces, después de un tiempo, para de- 
cir algo, preguntó Juan de Dios : 

— ¿Si ha distraído mucho ? 

— ¿Qué quiere que me distraiga allá? 

— Como se jué por su voluntad, yo decía. . . 
Ambos se trataban ceremoniosamente de usted. Juan 

de Dios lo notó primero y se sonrió levemente. Ella tuvo 



86 



VÍCTOR P£REZ PETlT 



la sospecha de que se estaba burlando y le dijo brusca- 
mente : 

— ¿De qué se rei? 

— Nada. Cosas que se le ocurren a uno. 

— Diga, pues. 

— Le viá decir. Enantes nos tuteábamos y aura nos 
estamos tratando de usté, como gente de cumplido. 

— Es más aprecio, ¿no haya? 

— Pero es de menos confianza. 

— La confianza pierde a la gente. Cualquier matungo 
basteriao lo da contra el suelo a un gaucho, si se fía en 
él y se distrai . . . 

— Ansí será. Pero entre conocidos viejos, es zonzo 
tratarse de usté. Si nos escucharan esos, nos soltaban una 
risada en la cara. 

— Güeno, nos tutearemos como enantes. 

— Entonces, ¿amigos otra vez? 

— Amigos; pero se acabaron las bromas. 

— Si acabaron. 

Baudilia dió media vuelta y se fué para la cocina. Juan 
de Dios se quedó callado, jugando con su guitarra. Como 
rozaba las cuerdas en un acorde que era siempre el mismo, 
se comprendía que estaba distraído. Tan distraído es- 
taba, en efecto, que la parda Ceferína hubo de llamarle 
hasta por segunda vez para cenar. 

Dos días después comenzó la esquila. Fué un trajín 
fenomenal que alteró por completo la fisonomía habitual 
de la Estancia, tan quieta y silenciosa de suyo. En el 
galpón grande, cubierto de chapas de zinc, que transpira- 
ban fuego bajo los rayos del sol de Diciembre, la peonada 
trabajaba sin descanso en cortarle el vellón a las seis mil 
ovejas de don Carmelo. Encorvados, sudorosos, la tijera 



ENTRE LOS PASTOS 



87 



en la mano, los esquiladores mantenían entre sus pier- 
nas a los animalitos, que temblaban llenos de espanto. Dos 
peones arreaban las majadas y otros dos las acarreaban 
para que aquéllos tuvieran siempre ininterrumpido tra- 
bajo. A veces, bajo un tijeretazo torpe, provocado por un 
movimiento espasmódico de las lanudas, se coloreaba el 
vellón de sangre, y un balido decía el dolor del animal. 
Entonces una voz breve y sorda gritaba : 

— ¡ Remedio ! 

Faustino es quien acudía, corriendo, a saltos, entre 
las filas de trabajadores, divertidísimo con la faena y 
con todo aquel mundo de gente que llenaba la casa. 

— ¡ Remedio !, — gritaban de otro lado. 

— ¡Ya va ! — respondía el " gurí " ; y apurando 
al que había atendido primero, salía luego a la disparada, 
haciendo gambetas a los que encontraba al paso, como un 
" charabón " perseguido. 

Las mujeres también tenían su trabajo extraordinario 
para atender a tanta gente, cebar mate y preparar la co- 
mida. De noche, caían rendidas ; la parda, sobre todo, 
ni fuerzas tenía para desnudarse y se acostaba vestida. 
Baudilia, como siempre, llevaba la alegría por doquier, 
haciendo más llevadera la pesada faena. 

— ¡ Jué pucha con la moza linda ! — decía un jovencito, 
comiéndosela con los ojos. — ¡ Tiene una mirada que da 
calor ! 

— Ya te veio sudando, — contestaba burlonamente un 
compañero. 

Y hacía calor en efecto. Bajo las chapas de zinc, el 
galpón parecía un horno. Luego, aquel olor a grasa, a 
sebo y a tierra, que en un pesado vaho fluctuaba en el am- 
biente, contribuía más aún a secar las gargantas. Los 



88 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



mozos tomaban sendos jarros de agua, mientras se se- 
caban la frente con el reverso de la mano. Un paisano, 
hombre maduro, habilísimo en el manejo de la tijera, se 
burlaba de los muchachos : 

— Se van a pasmar. No tomen agua fría. 

■ — ¿Y d'hay ? No tenemos el cuero pa negocio, como 
las lanudas. 

Otros renegaban sordamente contra los animalitos que, 
debatiéndose, dificultaban su trabajo. En cierto momento, 
una de las ovejas, a medio esquilar, se le escapó de entre 
las manos a un hombre, y enderezó para afuera, balando. 
Hubo risas, gritos y bromas. 

— ¡ Atajen a ese animal ! 

— ¿Quién es el mozo diablo que lo dejó juir? 

— Es Coralino. ' 

— ¡ No dije ! ¡ Coralino había de ser ! 

— ¡ Ah, mozo maturrango ! 

— ¡ Juá, juá, juá, juá, juá ! 

El ruido de las voces crecía por instantes. La entrada 
del patrón, que en todo el día no paraba, yendo de un 
lado para otro, dando órdenes o haciendo indicaciones, 
restableció el silencio. Volvió a imperar el chirrido me- 
tálico de las tijeras, y, de vez en cuando, el balido tré- 
mulo de alguna oveja, apretada rudamente entre las pier- 
nas de un peón. 

Juan de Dios, sudoroso y cansado, salió un momento 
al patio, cogiéndose los ríñones, que tenía doloridos de 
tanto estar agachado. La parda Ceferina, que cruzaba por 
allí muy asendereada, le soltó al pasar : 

— ¿Ya aflojó, aparcero? ¡No siá maula! 

Él no le contestó. No tenía ni fuerzas para hablar. 
Aquel traqueteo extraordinario los tenía a todos poco 
menos que molidos. 



ENTRE LOS PASTOS 



80 



— Ta linda la faena, — dijo, de pronto, la voz de 
Baudilia a su lado. 

— Ta, — replicó él, concisamente. 

— Y lindaza la lana. Largo el vellón y cuasi sin abrojos. 

— Mesmo, — volvió a hacer Juan de Dios. 
Baudilia le miró un instante, sacó el balde de agua 

que había venido a buscar al pozo y se marchó en silen- 
cio. Con algún asombro, había comprobado la muchacha, 
en los pocos dias que, desde su vuelta, llevaba en la 
Estancia, que Juan de Dios se le mostraba poco menos 
que indiferente. Habiendo sido ella la que había buscado 
hacer las paces, el amor propio de él quedaba a salvo. 
¿Por qué, entonces, aquella actitud? ¿No la quería ya? 
¿Los pocos meses qne ella había pasado en casa de la 
tía habían sido suficientes para desvanecer el cariño que 
le profesaba? ¿O es que se habría engañado respecto a los 
sentimientos del mozo? Intrigada cada vez más, le ob- 
servaba sin segundo, le dirigía la palabra a veces ; pero 
nunca sacaba nada en limpio. Juan de Dios se mostraba 
reservado. No le hacía desaires ni groserías, natural- 
mente, pero no pegaba tampoco la hebra cuando Baudilia 
le brindaba conversación. Callado y meditabundo se es- 
curría por los rincones, como si una idea fija le tortu- 
rara. Y Baudilia casi echaba de menos aquellos días en 
que andaban como perro y gato, peleándose por un quí- 
tame allá esas pajas. 

Por su parte, Juan de Dios no acertaba a explicarse 
la actitud de Baudilia. Se había marchado ésta de la 
Estancia para rehuirle : — eso era evidente ; — y ahora, 
apenas vuelta de la casa de la tía, de modo inesperado, 
ella misma venía a ofertarle nueva amistad. ¿Se estaría 
burlando o en realidad la muchacha era sincera en sus 
manifestaciones? Juan de Dios estaba muy preocupado, 



VÍCTOR PÉREZ PETlT 



y tan preocupado estaba que el patrón hubo de alzar la 
voz al llamarle por tercera vez : 

— ¡ Juan de Dios ! 

— ¿Patrón?, — contestó al fin, arrancándose a sus 
meditaciones. 

— A ver, dale una manito al brasilero pa acarrear aque- 
llas ovejitas. 



XII 



Concluida 3a faena, como es de rigor por tradición, 
hubo gran fiesta en la Estancia. De los alrededores y 
hasta de algunos parajes bastante retirados, cayó una 
nube de visitantes, mozos y muchachas golosos de baile, 
muy endomingados, con los trapitos de cristianar, ale- 
gres y retozones. Venían a caballo, por parejas o en gru- 
pos de tres y cuatro ; algunos con las muchachas en an- 
cas, haciendo comentarios y promoviendo extraordinaria 
algazara. Silvina fué de las primeras en llegar, en su 
azulejo. De la Estancia de los Laureles vino también el 
capataz Margarito, con todas las muchachas, en un break 
descuajeringado y lleno de barro que guiaba un joven- 
cito de golilla blanca, rubio, con el pelo ensortijado, muy 
buen mozo. 

El baile empezó a medio día con gran animación, y se 
prolongó toda la tarde, hasta el anochecer, en que se in- 
terrumpió para que la concurrencia le hiciera los debidos 
honores a varios asados que se doraban al fuego y a sen- 
das ollas de mazamorra y arroz con leche que había 
preparado con especial competencia la parda Ceferina. 
Concluida la cena, en medio de la más franca y estrepi- 
tosa alegría, se reanudó el baile al son de las guitarras. 

El patrón era hombre generoso, que sabía hacer bien 
las cosas. Contentísimo con el resultado de la esquila, 
quiso agasajar a sus huéspedes y brindarles una fiesta que 
diera que hablar. Así es que no puso tasa ni medida en 
nada. El beberaje alcanzó y sobró para todos : corrió la 



02 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



caña como el arroyito del bajo cuando se hinchaba con 
las lluvias. Los frascos vacíos de ginebra que aparecieron 
al día siguiente por los alrededores de las casas, asom- 
braron a todos. Por otro lado, las fuentes de tortas y 
pasteles se multiplicaron como por encanto, provocando 
el asombro y el contento de la concurrencia. Cuando apa- 
recía la parda con una de ellas en los brazos, se armaba 
una de gritos y manotones que temblaba el misterio. 

— ¡ No atropellen que hay pa tuitos ! 

El chocolate fué igualmente abundantísimo. El mo- 
cito rubio, de pelo ensortijado, que había venido guiando 
el breack de la Estancia de los Laureles, se zampó entre 
pecho y espalda seis tazas regularcitas. 

— La verdá, no compriendo cómo este rubio está tan 
flaco con semejante tragadero, — comentó la parda. 

— Aurita no más revienta, — insinuó un amigo, — 
ya se ha tragao como seis tortas y veinte pasteles. 

— No haiga cuidao, — replicaba él, angélicamente, po- 
niendo en sus ojos aquella miradita querendona que en- 
tusiasmaba a las muchachas ; — pa bajar el chocolate no 
hay como la caña, y pa bajar las tortas, la giñebra. Voy 
a pegar otro traguito. 

Y así lo hacía el desalmado, con una tranquilidad asus- 
tadora. 

Entre tanto, continuaba el baile con un entusiasmo 
que no decrecía un momento. Los guitarristas no se daban 
punto de reposo. Algunas parejas ponían todo su celo en 
" prendérsele " a media docenita de bailes surtidos, — 
polkas, valses y mazurcas, — danzándolas sin descansar, 
hasta quedar chorreando sudor y con media cuarta de 
lengua fuera. Los gritos y aplausos de los mirones eran 
su mejor triunfo. 



ENTRE LOS PASTOS 



93 



Juan de Dios hacía rato que quería ir a invitar a Bau- 
dilia para bailar con ella; pero no acababa de decidirse. 
Le parecía que todos iban a burlarse al advertir que de 
él partía la iniciativa. Le hubiera agradado más que la 
muchacha viniera a buscarle, que se le acercara, por lo 
menos ; pero Baudilia parecía entretenidísima con los ex- 
traños, bailaba con todos, se reía como una loca. Pasaba 
por su lado sin mirarle; no tenía atenciones sino para 
el capataz Margarita, que la rondaba continuamente. ¡ El 
capataz Margarita ! Juan de Dios le iba cobrando una 
ojeriza tremenda por aquellas atenciones que le dispen- 
saba Baudilia. Sin querer revelar a los demás, para que no 
se burlaran de él, su interés por la muchacha, empezó 
inconscientemente a hacer cosas que delataban el res- 
quemor de los celos que tenía en el alma. Espiaba a la 
feliz pareja ; no le quitaba los ojos de encima ; parecía 
un conspirador de saínete... 

— ¿ Se te ha perdido algo, ché ? — le preguntó, en cierto 
momento, Silvina, que lo estaba observando con descon- 
fianza. 

— ¿Qué querés vos? — demandó él, eludiendo la inte- 
rrogación de su amante. 

— Quiero bailar, pero me parece que vos estás me- 
dio ido. 

— No tengo ganas de bailar, — contestó secamente 
Juan de Dios. 

Silvina lo miró un instante de arriba a abajo; estuvo 
a punto de decirle una grosería, pero se contuvo; y to- 
mando su partido al fin, le volvió la espalda. 

Ya se iba, cuando Juan de Dios, que había recapacitado, 
la llamó : 

— Ché, vení ; vamo a bailar. 



94 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— No, deja, no te incomodes, — contestó la china. 

— Que vengas, te digo. 

Y allá se fueron los dos, valsando, a confundirse con 
el torbellino de las parejas. Baudilia, apartándose del ca- 
pataz, se habia entrado a la cocina para ayudar a la 
parda en su tarea de llenar tazas de chocolate. En esto es- 
taba, cuando por la abierta puerta de la cocina sus ojos 
descubrieron a la pareja. 

— ¿Cómo es eso? ¿estos dos se arreglaron? — pre- 
guntó a la parda. 

— Y sí, pues, — contestó la otra. — ¿Qué? ¿no lo 
sabías ? 

Entonces Ceferina narró a Baudilia la historia de la 
reconciliación, que nadie ignoraba en la Estancia. Al 
poco tiempo de su partida para el Aceguá, Juan de Dios 
se había " topado " con Silvina y de buenas a primeras 
hicieron las paces. — "Ya sabes vos, decía la parda, ande 
ha habido juego, quedan cenizas ". Aquellos dos no habían 
necesitado mucho para entenderse. Según las " mentas " 
los amoríos habían pasado a mayores. Los sábados, el 
mozo se iba de noche y no regresaba hasta el domingo a 
última hora. — " Como comprendés, — decía la infor- 
mante, guiñando los ojos maliciosamente, — Juan de Dios 
no se va a pasar la noche parado en un poste, como las 
" corujas ". — " En algún rincón encuentra posada, ché ", 
— agregaba luego, sin advertir el dolor que en su inter- 
locutora iban provocando tales informaciones; — "y ya 
sabemos tuitos que la tal Silvina no es el primer zorro 
que desuella ". 

¡ He ahí la razón por la que el mozo se le mostraba 
indiferente desde su vuelta a la Estancia ! Ahora Baudi- 
lia creía explicárselo todo: la displicencia de Juan de 



ENTRE LOS PASTOS 



95 



Dios, su aire reconcentrado, el poco entusiasmo para pro- 
seguir la conversación. La pobre muchacha sintió que el 
alma se le caía a los pies. ¿Con que se había equivocado? 
¿El amor del mozo no era otra cosa que un pasajero 
capricho? ¿Todo aquello que antes de su partida para lo 
de " la tigra " había creído adivinar en Juan de Dios, no 
era más que falsía, fingimiento, o algo así por el estilo? 
¿Y por ese hombre, que a los quince días de ausencia ya 
la olvidara arrojándose en brazos de una perdida, ella 
había estado sufriendo y llorando como una tonta, ente- 
rrada en medio de aquellos bañados desiertos y lúgu- 
bres del Aceguá? El despecho iba inundando su corazón 
y una rebeldía indómita hacía vibrar todo su cuerpo. Pa- 
recíale que aquella era la peor de las afrentas ; que todo 
el mundo, en la Estancia, enterado de la situación, se 
había estado riendo de ella, la infeliz, que tan de buena 
fe había tornado a brindarle al mozo su amistad mientras 
éste se refocilaba en los brazos de Silvina. Y un ansia 
atroz de huir, de ocultarse la asaltó de pronto. Se puso en 
pie, estremecida. Mas en ese preciso instante, el capataz 
Margarito surgió a su lado. 

— ¿No quiere bailar conmigo, Baudilia? — le dijo ama- 
blemente, con su voz querendona. 

Súbitamente cambiaron de rumbo las negras ideas de 
la muchacha. Como a la luz de un relámpago, advirtió 
su desquite. Haciendo, pues, un esfuerzo para dominar el 
estado de su ánimo, contestó amablemente : 

— ¿Y por qué no? 

El capataz Margarito era un gran bailarín : sabía dan- 
zar conversando, sin perder el compás. Mientras giraba 
al son de la música, derramaba en el oído de su compa- 
ñera frases almibaradas y dulzonas. Era un paisano la- 



96 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



diño, entretenidísimo, muy atento con las mujeres. Buen 
mozo, fortachón, bastante serio, con fama de valiente y 
trabajador, era el alma de los Laureles y muy mimado 
por su patrón. Más de una mujer se había desvivido y 
penado por él; pero él, matrero y ducho, a todas había 
esquivado la coyunda a que pretendían uncirlo. Esto le 
había dado nota de don Juan en todo el pago. 

Desde algún tiempo atrás, Margarito había reparado 
en Baudilia. La encontraba linda y hacendosa, seria y 
honesta. Pensando continuamente en ella, de un modo 
muy distinto a como había pensado hasta ahora en las 
demás mujeres, se encontró un buen día reflexionando 
en que ya tenía edad para casarse. Baudilia no era moza 
para un entretenimiento : en la Estancia de don Carmelo 
era vista como una hija, y el capataz que lo sabía muy 
bien no pensó ni por un instante en seducirla. Con ella 
no era cuestión de jugar: había que ir en serio y cumplir 
los compromisos que se contrajeran. Pero ¿lo aceptaría la 
moza? He ahí el problema. Baudilia siempre se mostró 
con él atenta ; pero seria y grave. No bromeaba, no le 
dió pie jamás para un avance. Acaso lo encontrara de- 
masiado viejo para ella, que era casi una chiquilina. 

— ¿ Qué tiene, Baudilia, que está tan tristona ? ¿ Se 
ha peliao con el novio? 

Así empezó Margarito su avance, sondeando el ánimo 
de la muchacha ; y luego, ante la denegación de ella : — 
" Si yo no tengo novio, don Margarito, ¿ quién me va a 
querer a mí?" — se enfrascó en una arremetida en toda 
regla. ¿ Cómo era posible que no tuviera novio una mu- 
chacha joven y bonita? ¿Serían ciegos o zonzos los mo- 
zos de aquel pago? Margarito cazaba al vuelo las réplicas 
de Baudilia para " retrucarle " con una galantería o una 



ENTRE LOS PASTOS 



97 



velada declaración. ¡ No, no era posible, que nadie no 
se le hubiera dirigido alguna vez hablándole de amor! 
Eso no lo creería él nunca. ¿Por qué no era franca? ¿No 
le merecía confianza? 

— Pero si no tengo nada, — insistía ella; — ¿cómo 
quiere que le diga que tengo novio si no lo tengo? 

Y después, coquetonamente : 

— ¿Usté cree que alguno puede fijarse en mí? 

— ¡Y ya lo creo que lo creo ! — afirmó entonces el 
capataz. — ¿Quiere que le hable de uno que no vive 
ni duerme dende que la ha conocido? 

Despacito, con cierto temor, empezó Margarito a re- 
velar el secreto de su corazón. Hablaba como de una ter- 
cera persona, de un desconocido, de un su amigo, que 
había caído rendido de amor ante la hermosura y la se- 
riedad de Baudilia. Hacía mucho tiempo que reparara 
en ella; pero nunca se había atrevido a confesárselo. Y 
el pobre se consumía allá, lejos, pensando que otro hom- 
bre pudiera robarle ese tesoro. 

— ¡ Caramba ! Y si él no abre el pico, ¿ cómo quiere 
que yo le adivine el pensamiento?, — adujo Baudilia. 

— Es que hay cosas que se adivinan, — contestó el 
capataz. — ¿Usté no compriende cuando la quieren? 
¿Usté no siente cuando tiene al lao un hombre que está 
penando por su querer? 

Poco a poco, en un juego de reticencias y medias 
confesiones, Margarito iba descubriéndose. Baudilia, que, 
a fuer de mujer, ya había adivinado la pasión del capa- 
taz, estaba halagada con aquella corte que se le hacía 
empeñosamente, tan luego en el instante en que la traición 
de Juan de Dios la venía a herir en lo más íntimo del 
alma. Así, sin mucho esfuerzo y acaso para evidenciar 

7 



98 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



.ante todos que Juan de Dios le era perfectamente in- 
diferente, atendía al capataz y daba alas a sus aspira- 
ciones. 

El prolongado aparte de esta pareja empezó a llamar 
la atención. El mismo Juan de Dios, que había ya cam- 
biado dos o tres veces de compañera, advirtió que des- 
pués de la mazurca continuaron bailando Baudilia y Mar- 
garito una polka, y que después de la polka la empren- 
dieron con un vals, y que terminado el vals fueron a sen- 
tarse bajo el guardapatio, en dos sillas muy juntitas, para 
proseguir su amartelado coloquio. Algo extraño vibró en- 
tonces en el corazón del mozo ; y a su turno, irritado con- 
tra Baudilia, pero no queriendo manifestar su irritación, 
volvió hacia Süvina, a fin de mostrarse con ella más 
rendido y amable que nunca. 

A su vez, notó Baudilia que Juan de Dios ya no se 
separaba de Silvina. Esto acabó de enconarla. Ni remota- 
mente imaginó que el mozo hacía aquel juego para des- 
pertar sus ce 1 os o irritado por su actitud con Margarito. 
Después de las revelaciones de la parda Ceferina, ya no 
cabía en el ánimo de la muchacha más que un pensa- 
miento: él la había olvidado a los quince días de ausen- 
cia, y en tanto que ella lloraba y sufría en las soledades 
del rincón del Aceguá, él distraía sus ocios vergonzosa- 
mente en el rancho de Silvina. Entonces, como el capataz, 
estrechando el cerco de la fortaleza, la apremiara con sus 
cuestiones, tomó súbitamente su partido. 

— ¿Usté sería capaz de acetarme a mí, de quererme 
un poquito? 

— Vea, don Margarito ; yo no sé mentir. Querer, yo no 
lo quiero entoavía ; pero si usté sabe hacerse querer y 
viene con güen fin. . . veremos. 



ENTRE LOS PASTOS 



99 



El capataz sonrió satisfecho con aquel albor de espe- 
ranza. Indudablemente, le hubiera agradado más que la 
moza se le declarara rendida ; pero lo inusitado del caso, 
aquella sinceridad de la muchacha, tocaron su corazón. 

— De que usté me quiera, me encargo yo. 

Quien no estaba contento con el prolongado aparte de 
Baudilia y Margarito, era Mauricio, el peón brasilero. Es 
verdad que desde el primer día del regreso de aquélla a 
la Estancia, la moza le había significado sin rodeos ni 
disculpas que sus amoríos estaban terminados; pero él, 
sin comprender el brusco cambio, continuó mostrándose 
rendido enamorado de su ex novia, y no desesperaba de 
conquistarla de nuevo. Así es que aquella escena con el 
capataz Margarito le cayó encima como el más brusco 
y tremendo desengaño. Para consolarse, el pobre mozo 
se prendió a la caña ; después, considerando que ésta no 
disipaba su tristeza con la debida rapidez, la reemplazó 
con la ginebra; y al fin, desengañado del poder curativo 
de la ginebra, tornó a la caña: el resultado total fué una 
borrachera de ordago, que le puso terco y cargoso. A todos 
se aferraba para contarles, con su jerga tartajosa, el 
caso lamentable de sus amoríos : 

— Baudilia e urna traidora. Baudilia non tem coragáo. 
E urna traidora, hermano. Eu sou muito disgragáo : eu 
tenho que matar ao capataz Margarito. Margarito tambem 
e um traidor. . . 

— Güeno, hombre, déjame en paz, — replicaba aquel 
a quien tomaba por confidente. 

Pero el brasilero tenía que desahogar su pecho, y cogía 
a otro por el brazo y empezaba de nuevo su letanía : 

— Baudilia e urna traidora. Eu la quería, hermano, eu la 
quería com tuda el alma; eu la quería como ninguem. E 



100 



VÍCTOR PÉRKZ PETIT 



agora, mírala com o capataz Margarita. Eu vou-le a dar 
una punhalada ao capataz Margarito. 

— Déjate de zonceras, — replicaba el otro; — estás bo- 
rracho . . . 

Mauricio se iba, terco, a buscar un nuevo confidente. 
En una de sus vueltas y revueltas, cargoseando a todo el 
mundo y estorbando a los que bailaban, se topó con Juan 
de Dios, que seguía su plática amorosa con Silvina. 

— Mirá, brasilero ; lo mejor que podías hacer es dirte a 
dormir la macaca. 

— Eu non quero dormir la macaca ; eu quero matar ao 
capataz Margarito. 

— Mirá, — dijo de pronto el mozo, poniéndose en pie, 
asaltado bruscamente por una idea aviesa; — ¿querés 
bailar con Baudilia? Yo te la viá a sacar. 

— ¡ Juan de Dios ! Yo no quiero que hagás eso. 

Era Silvina que protestaba enérgicamente, presintiendo 
la verdad, es decir, que su amante ardía en celos; pero 
equivocándose sólo en las intenciones de éste. 

— Viá a sacársela al brasilero y vuelvo, — insistió Juan 
de Dios. 

— Quédate aquí ; yo no quiero que vayás. 

— No siás zonza ; nos vamos a rair un rato. 

Y se marchó con el brasilero. Resentida y ardiendo en 
ira, Silvina le siguió con disimulo. 

— Con permiso, don Margarito, — dijo Juan de Dios, 
al llegar junto al capataz y Baudilia ; — quisiera bailar 
una pieza con su compañera. 

— Si es el gusto d'ella, puede bailar, amigo, — repuso 
el otro, con su proverbial urbanidad. 

Baudilia guardó silencio un instante. No comprendía 
aquel brusco retorno de Juan de Dios. Estuvo por arro- 



ENTRE LOS PASTOS 



IOI 



jarle al rostro un seco : " no soy sobras de naides para 
que se enterara de que no era con una mujer como Sil- 
vina con quien iba él a darle en cara; pero, buena como 
era, no quiso vejarlo delante de los que oían, y se con- 
cretó al fin a decir, sin mirarle: 

— Estoy cansada ; no bailo. 

Margarito se hinchó de escondida satisfacción. Era por 
él, evidentemente, que la muchacha no aceptaba la invi- 
tación que se le hacía. Y, con esa condescendencia que 
suelen manifestar los hombres dichosos, los que ya se 
sienten dueños del cariño de una mujer, argüyó: 

— Hay que cumplir un poco con tuitos, Baudilia. Yo 
le doy permiso pa que baile. 

Juan de Dios, que no llevaba otro propósito que hacer 
burla de la moza, entregándosela al brasilero apenas ésta 
hubiera aceptado su ofrecimiento, y que veía fracasar su 
intento con aquella inesperada repulsa, sintió de pronto 
que todo su rencor estallaba contra el capataz. Y ya sin 
saber lo que hacía, fuera de sí, mareado por los celos, 
saltó enconado sobre la última frase de Margarito : 

— Es que anque usté no le dea permiso y anque ella 
no quiera, va a bailar conmigo. 

Y cogiendo bruscamente por una muñeca a Baudilia, 
la alzó de su asiento : 

— ¡ Vení p'acá, vos ! 

— ¡ Juan de Dios ! — clamó con ira Baudilia. 

Hubo un revuelo de asombro entre los circunstantes 
ante las duras palabras del mozo y su airado gesto. Pero 
ya Margarito había intervenido. 

— Pasencia, mozo ; será otra vez. Aura, si quiere bai- 
lar, va a ser conmigo. 

— Salga p'afuera, — adujo, conciso, Juan de Dios. 



102 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— El que va a salir, y más pronto que ligero, sos vos 
mesmo, — tronó en esto, al lado de Juan de Dios, la voz 
hombruna de doña Ramona. 

Había presenciado todo el incidente, y, como siempre, 
estaba allí donde los otros no la esperaban. 

— Yo salgo, — replicó Juan de Dios, que con la ira 
olvidaba que a la tremenda patrona nadie le replicaba ; — 
pero que salga ese también. 

Aquello era demasiado para la esposa de don Carmelo 
Antúnez, la hombruna doña Ramona Solís, la invulne- 
rable patrona ante quien todos, hasta el mismo estan- 
ciero, debían agachar las orejas. 

— ¿Qué dijiste? ¡Aijuna, si me ha contestao el muy 
sabandija ! 

Y, como una leona enfurecida, dejó caer sus dos zar- 
pas sobre los hombros de Juan de Dios, le hizo girar 
violentamente sobre los talones, y empezó a bramar, mien- 
tras le echaba a empellones hacia el galpón: 

— ¡ Juera, desfachatao ! ¡ Juera, escandaloso ! ¡ Yo te 
viá a dar armar escándalo en mi casa ! ¡ Yo te viá a ense- 
ñar a que me faltés al respeto ! 

Don Carmelo Antúnez había acudido. 

— ¿ Qué hay ? ¿ qué pasa ? 

Ni siquiera se dignó, su consorte, explicarle el caso. 
Allí estaba ella para solucionar el asunto. Con otros cua- 
tro empellones, metió al mozo en el galpón. 

— Aura mesmo rejunta sus cacharpas, monta a ca- 
ballo y se manda mudar. No quiero verlo más por la 
Estancia. ¡ Faltarme al respeto, a mí, a mí, a doña Ra- 
mona Solís y Antúnez ! ¡ Ah, guacho insolente ! ¡ Juera ! 
¡ juera ! 

— Vea, patrona. . . — quiso argumentar Juan de Dios, 



ENTRE LOS PASTOS 



103 



que empezaba a darse cuenta de la barbaridad que había 
hecho. — Vea, yo. . . 

— ¡ No quiero oir nada ! — truncó la tremenda señora. 
— En mi casa no quiero Moreiras. ¡ Ala, prontito ! ¡ Pues 
no faltaba más ! 

— Pero, ¿qué pasa? — interrogó don Carmelo. 

— No pasa nada. Ya pasó todo. 

Y así pasó todo, en efecto. Margarita, que pensaba 
salir detrás de Juan de Dios, tuvo que volver a sentarse, 
conminado por un gesto de doña Ramona ; y Juan de 
Dios, media hora después, como alelado por aquel enorme 
suceso que se le había venido sobre la cabeza cuando 
menos lo esperaba, se iba en silencio, sobre su cabalga- 
dura, al través de la noche, como una sombra, como un 
fantasma. 



XIII 



Después de aquella noche memorable del baile, el ca- 
pataz Margarito empezó a frecuentar la Estancia de don 
Carmelo. Sólo por raro caso, debido a alguna circuns- 
tancia ineludible, el nuevo cortejante de Baudilia dejaba 
de venir los domingos. El noviazgo, pues, tuvo un verda- 
dero carácter oficial y nadie pudo poner en duda la se- 
riedad que revestían aquellas relaciones. 

En general se aplaudía y festejaba a los novios. El 
capataz de los Laureles era un criollo en toda la exten- 
sión de la palabra, hombre de prestigio, bien querido y 
serio. Alto, fornido, de regulares facciones, frisaba en 
los cuarenta años y constituía un envidiable partido para 
cualquier muchacha casadera. El hombre estaba intere- 
sado en los Laureles y tenía alguna platita junta, lo cual 
le hacía más considerado. Era honrado y trabajador, muy 
campero, ducho y precavido, de indiscutible pericia como 
domador de potros. Esta nota, por sí sola, hubiera bastado 
para captarle todas las simpatías del paisanaje. Los ani- 
males más bravios y rebeldes se rindieron a su habilidad 
y coraje. Cuando se les asentaba en los lomos, no había 
corcovo, por fenomenal que fuera, que pudiera desalo- 
jarle de allí: parecía clavado sobre el animal, formando 
con él una sola p i 'eza. Era el tipo dásico del centauro 
criollo, seguro, tranquilo, inconmovible. Sobre la ondu- 
lada llanura alfombrada de trébol corría, brincaba, se 
erguía de manos, daba botes espantabas el potro salvaje, 
y, entre tanto, el jinete, cerradas las piernas como dos aros 



ENTRE LOS PASTOS 



105 



de hierro, en alto el brazo que azotaba el rebenque, firme 
el busto y rígida la cabeza, ponía sobre el fondo del 
cielo la silueta opaca y gruesa de un héroe de epopeya. 
No había potro que hubiera derribado al soberbio jinete: 
si alguna vez, un animal enloquecido por aquella carga 
desacostumbrada que de repente se le había echado encima 
y vista la inutilidad de sus " paradas de manos " para 
deshacerse de ella, en un frenético arranque de deses- 
peración se " boleaba ", arrojándose hacia atrás, de lomo, 
para aplastar al temerario jinete, siempre, irremisible- 
mente, con una maestría soberbia, con una tranquilidad 
desconcertante, Margarito salía parado, sin soltar las rien- 
das, surgiendo entre el remolino de polvo al lado del 
caído animal, para humillarlo todavía con una patada en el 
vientre a fin de hacerlo poner en pie, sudoroso, polvo- 
riento y vencido. Aparte de este arte, tan justipreciado 
por las gentes de campo, poseía el capataz de los Lau- 
reles, condiciones personales que le hacían particular- 
mente interesante para las mujeres. Era un hombre aun 
joven, de aspecto varonil y bastante buen mozo. De fac- 
ciones regulares y bien equilibradas, tenía unos ojos ne- 
gros, vivos y dominadores, un cabello ensortijado que le 
caía románticamente sobre la frente, y una gran barba, 
bien cuidada, que le daba cierto aspecto señorial. Muy 
atento y comedido, sabiendo imponerse y mandar sólo 
cuando las circunstancias lo requerían, mostrábase tam- 
bién con las mujeres insinuante y enamoradizo. No es de 
extrañar entonces las buenas fortunas que entre éstas 
lograra ; y ta^es casos, repetidos con alguna frecuencia, 
llegaron a prestarle una aureola más : la de galán afor- 
tunado, detrás del cual corrían y se desesperaban las 
mujeres. 



io6 



VÍCTOR PÉREZ PKT1T 



Pero, esta vez el matrero había hallado quien le hi- 
ciera caer en sus redes y lo doblegara a su voluntad. Por 
lo demás, la honestidad de sus propósitos se tradujo, pocos 
días después del baile, en dos hechos decisivos. Fué el 
primero, el venirse Margarito, todo de punta en blanco, 
chambergo y " golilla " nuevos, un ponchito de vicuña 
flamante sobre el hombro y el caballo crugiente de pla- 
tería, a hablarle sin más rodeos ni ambajes a don Car- 
melo, para comprometer el casorio con la Calandria; y 
el segundo, corrió casi en seguida entre toda la paisa- 
nada : el capataz había adquirido campo del otro lado 
del Cerro de Carpintería y lo estaba poblando, para aban- 
donar los Laureles e irse a vivir allá con su mujercita. 

Estaban, pues, todos preocupados con la gran novedad 
del casorio, cuando otro hecho vino a distraer por una 
temporada la atención de las gentes. Desde la noche del 
baile, nadie había vuelto a tener noticias de Juan de Dios. 
Al principio, creyeron todos que se habría refugiado en 
el rancho de Silvina ; pero muy pronto hubieron de salir 
de su error. La misma china, buscándole por todos lados, 
con un ansia mal disimulada, reveló la ausencia del mozo, 
¿Se había, pues, marchado del pago, en silencio, sin bus- 
car siquiera un encuentro con Margarito? La opinión 
del paisanaje, tan unilateral en las cuestiones de honor, 
le fué entonces francamente adversa a Juan de Dios. 
Todos le juzgaban bueno, bien mandado ; pero valiente 
Aquella silenciosa desaparición tenía todos los relieves 
de una fuga. Esto no contentó a sus viejos amigos. No 
querían mal a Margarito ; pero, ¡ qué diablos !, después 
de lo sucedido, Juan de Dios debía haber hecho una hom- 
brada. El mismo capataz de los Laureles venía siempre 
prevenido a hacer sus visitas a Baudilia, sospechando 



ENTRE EOS PASTOS 



107 



que el airado mocetón le aguardara en alguna revuelta 
del camino; pero el tiempo transcurría y el encuentro no 
se realizaba. Todo se iba olvidando, cuando al fin, un 
domingo, allá, cerca de los Laureles, se produjo el caso. 

La verdad es que la torpeza con que procedió Juan de 
Dios en tal circunstancia, sirvió más que nada para evi- 
denciar que no era un malevo ni hombre ducho en buscar 
pendencias. Había sobre el camino que llevaba a la es- 
tancia de los Laureles, y a unas dos leguas de ésta, una 
antigua pulpería, regenteada por un vasco que, entre otras 
varias características, tenía la de conocer a cuanto bicho 
viviente habitaba en veinte leguas a la redonda. A esta 
pulpería, tras mucho rondar y meditar planes, fué a dar 
un atardecer Juan de Dios. 

Don Miguel, el vasco, examinó al forastero, le sirvió 
la copa que le pedía, le oyó hablar un buen rato, y no 
pudo acertar quién pudiera ser ; pero, como no era hom- 
bre de quedarse con curiosidades, se salió luego afuera y 
miró la marca del cáballo. 

— Bueno, ya saber yo de donde venir vos, — se dijo 
para su coleto. — Marca de don Antúnez. 

Pero, entonces, si el caballo era de la Estancia de don 
Carmelo, ¿cómo era que el paisano venía contando que 
llegaba de Treinta y Tres? ¿Y de dónde podía conocer al 
capataz Margarito, por quien venía preguntando, si Mar- 
garito no había salido nunca del pago? 

El pulpero se guardó para sí sus reflexiones ; pero, al 
día siguiente observó que el forastero seguía de largo y 
cortaba por un camino que conducía a la portera vieja. 
Según los datos que a Juan de Dios le diera un paisano 
que estaba haraganeando en la pulpería, el capataz acos- 
tumbraba a tomar aquel camino, en vez de seguir por el 



io8 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



de la Estancia. El vasco se dijo entonces que el forastero 
tendría interés en buscar al capataz, puesto que pregun- 
taba por él; pero que, en todo caso, en vez de ir a bus- 
carlo a los Laureles, prefería hallarlo por aquel camino. 

— Esto estar un asunto malo, — se dijo don Miguel. 

Y como era un buen vecino, servicial y honrado, mandó 
un muchacho para decirle al capataz que tenía que hablarle 
de apuro. El capataz le hizo contestar que el próximo do- 
mingo pasaría por la pulpería. 

Cuando Margarito llegó a lo de don Miguel, estaban 
allí reunidos seis o siete personas, entre ellas un sargento 
de policía. Tomó aparte el buen vasco al capataz y le 
puso al tanto de lo que sabía. Desde las primeras pala- 
bras, Margarito cayó en su cuenta : no podía ser otro que 
Juan de Dios el que lo andaba buscando. 

— Ta güeno, — dijo. — Le agradezco don Miguel, la 
alvertencia, porque ese forastero ha de ser de cuidao. 
Ya veremos. 

Y como se aprestara a salir, le interrogó el vasco : 

— ¿Por qué no avisa al sargento? 

— No, amigo, — repuso Margarito, — yo no pido ayuda 
antes de bandiar el río. ¡ Taría bueno ! 

Salió despacio, le acomodó la cincha a su alazán y se 
fué por el camino de la portera vieja. 

Pero ya el vasco, maliciando algo feo para el capataz, 
participó lo que sabía al sargento. Está bien que Mar- 
garito, como buen criollo, se callara la boca ; pero, él, 
era otra cosa. 

Juan de Dios estaba, en efecto, en la cañadita del bajo, 
poco distante de la portera vieja. Había atado su caballo 
a unos talas, y sentado en el suelo, fumando, esperaba a 
Margarito. Al sentir el trote del alazán, tiró el cigarro y 



ÍNTR1Í LOS PASTOS 



109 



observó el camino por entre el montecillo de talas. En se- 
guida, al reconocer a su rival, sacó la daga y salió fran- 
camente al camino. 

Margarito sofrenó su caballo y se quedó aguardando. 

— Apéese, pues, — invitó Juan de Dios. — Aquí po- 
demos arreglar aquel asunto. 

— Va mal, amigo, va mal, — repuso el capataz. — Cada 
vez empiora su causa y quién sabe en lo que aura se va a 
meter. Vayase y déjeme tranquilo. 

— Déjese de palabrerío y apéese, — insistió Juan de 
Dios. 

— Ya sabe, Juan de Dios, que no soy hombre pa dis- 
pararle a naides ; pero aquí, usté solo tiene la culpa de lo 
que ha pasao, y si peliamos, es usté entoavía el que tendrá 
más que perder. 

— ¡ Abájese, canejo ! — bramó Juan de Dios, a quien 
la prudencia del capataz parecía enardecer, — ¡Abájese 
o lo abajo yo, como a un sotreta! 

Margarito comprendió que, dada la exaltación del mozo, 
el lance era ineludible. Se tiró, pues, al suelo y sacó su 
cuchillo. 

En seguida, agazapado como un tigre, se le vino encima 
Juan de Dios. Pero, apenas se habían tirado cuatro o 
cinco tajos, girando el uno en torno del otro para bus- 
carse el cuerpo, aparecieron en el camino, a todo galope, 
el sargento y dos de los paisanos que se hallaban en la 
pulpería. 

A la primera voz del sargento, el capataz de los Lau- 
reles entregó su arma, manifestando que a él se le había 
provocado ; pero, Juan de Dios, consciente de su culpa, 
procuró eludir la acción de la justicia. Soltando un jura- 
mento de rabia, corrió a su caballo para desatarlo ; mas 



110 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



éste había enredado el cabestro en los talas y le hizo 
perder tiempo. Cuando Juan de Dios cortó la guasca de 
un tajo y pretendió estribar, ya tenía a su lado al sar- 
gento. 

— Entriéguese, — formuló éste. 

— ¡ Tu madrina ! — vociferó Juan de Dios, y le tiró 
una puñalada. 

El caballo del sargento, ladeado de golpe por su ji- 
nete, recibió en el " encuentro " el tajo dirigido a éste. 
Entonces, al encabritarse, con sus remos delanteros volteó 
a Juan de Dios. 

Aún en el suelo, quiso resistirle el mocetón, y hasta 
consiguió, para empeorar su causa, tajearle una mano al 
milico ; pero, entre éste y los paisanos lo redujeron al 
fin, desarmándolo. 

Juan de Dios estaba fuera de sí. Preso y agarrotado, 
todavía clamaba: 

— Déjenme peliar a esa basura; después yo mesmo me 
entriego. 

Tuvo que marchar preso, maniatado sobre su propio 
caballo, mordiéndose los labios de ira, entre el sargento 
y un indiecito voluntario. Y así concluyó aquel suceso que 
daría pábulo, por unos días, a las conversaciones del pai- 
sanaje. Por lo demás, ya tenía Juan de Dios cárcel para 
rato. Mientras se le instruía el sumario y se elevaba la 
causa a la Capital, por pelea y desacato a la autoridad, 
con heridas, pasarían meses, acaso años. No podía darse 
una " chambonada " de mayor calibre. 

Ese fué también el fallo unánime de la peonada en la 
Estancia de don Carmelo. Al conocer el suceso con todos 
sus detalles, el mismo patrón dijo : 

— No lo creía tan zonzo. ¡ Miren que tener cuestión 



ENTRE I,OS PASTOS 



III 



con uno y salir peliando con otro ! Ese muchacho debe estar 
ido de la cabeza. 

— Si nunca tuvo cabeza, pues, — argüyó su rispida con- 
sorte ; — a lo más, una calabaza hueca. 

Y Baudilia falló: 

• — Bien hecho si lo mandan a Montevideo. 

En el fondo, Baudilia estaba encantada con aquella so- 
lución. Desde la noche del baile, vivía en continua zo- 
zobra, temiendo un incidente entre Juan de Dios y Mar- 
garito. Poco a poco, iba cobrándole cariño a éste, que se 
le mostraba siempre rendido y galán ; y en cambio, su 
rencor por Juan de Dios, parecía acrecerse. Recordaba, 
con vergüenza, que al volver a la Estancia, después de 
su estadía en casa de " la tigra ", había sido ella la que 
buscara la amistad del que amaba o creía amar; y luego, 
al rememorar la noche del baile, consideraba cuan mal 
había correspondido el mozo a sus avances, poniéndole 
en frente aquel pingajo de Silvina, y haciendo gala de sus 
relaciones amorosas con ella. Era, pues, evidente que 
siempre se había burlado de su cariño, y que nada existía 
de aquel amor que había sospechado. La detención y en- 
juiciamiento de Juan de Dios resultaba algo así como cosa 
del cielo. — " Ya no nos incomodará más ", — pensaba la 
muchacha, toda entregada a su nuevo amor. 

Y así concluyó aquel otro viejo amor, que hubiera he- 
cho la felicidad de dos buenos muchachos, que se adoraban 
sin saberlo, aun en los instantes en que se hacían las bur- 
las más pesadas, por no haberse comprendido sus almas 
rústicas y altivas. Un poco de orgullo y otro poco de ne- 
cedad, se interpusieron siempre, en los momentos pro- 
picios, para hacer interpretar torcidamente los actos y 
palabras de los amantes; y los que, queriéndose, creían 



112 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



odiarse, concluyeron al fin por reñir, cuando más se que- 
rían. Una palabra reveladora, una sencilla explicación, 
el hecho más fortuito y leve, hubieran sido bastantes para 
deshacer el mal entendido, abrirles los ojos a los dos ena- 
morados y unir sus corazones definitivamente. Pero no 
quiso el destino que el hecho se produjera ni que la palabra 
se pronunciara. Ahora, los que habían nacido el uno para 
el otro, se apartarían para siempre en la vida, ignorantes, 
acaso, de que habían pasado al lado de la felicidad. 



SEGUNDA PARTE 



8 



I 



El N.° 275 abrió los ojos, aún poblados por el espanto 
de la reciente pesadilla, y anhelante, extraviado, miró, sin 
reconocerlas, las paredes de su celda, que la indecisa cla- 
ridad del alba agrisaban tristemente. Estaba soñando que 
un piquete de soldados lo conducía al banquillo para fu- 
silarlo, y, al despertarse bruscamente, vibrante el corazón, 
reseca la boca, con una angustia que aceleraba sus movi- 
mientos respiratorios, quedó un instante sin conciencia, 
creyendo, despierto, que continuaba viviendo la trágica 
visión de su pesadilla. Sólo después de algunos instantes 
se dió cuenta de que se hallaba en seguridad en su celda 
y pudo lanzar un hondo suspiro de liberación. 

Se restregó los ojos, contempló el crucero de negros 
barrotes que entretejía la minúscula ventana, diseñados 
en relieve sobre la lechosa claridad del alba; volvió un 
momento los ojos en derredor para advertir que aún era 
noche en su reducida celda; bostezó, recobrando otra vez 
su tranquilidad, e iba a arrebujarse nuevamente bajo la 
frazada, cuando de súbito la idea que le había tenido des- 
velado hasta las altas horas de la noche anterior, viboreó 
en su cerebro, le sacudió como un latigazo y puso al cabo 
en todo su rostro una enorme sonrisa de felicidad. ¡ Sí ! 
Aquél era el día, su día, el tan anhelado día, — el que 
parecía que nunca habría de llegar ; — el gran día en que 
cumplía su pesada condena de cinco años de reclusión 
en la Penitenciaría : el bueno, el querido día en que recu- 
peraría la libertad. Entonces, febrilmente, como si fuera 



uó 



VÍCTOR PÉREZ FKTIT 



a faltarle tiempo, saltó de la tarima que le servía de 
cama y empezó de inmediato a vestirse. Tenía la cabeza 
como vacía por el largo insomnio ; y estaba también algo 
atontado por aquel acontecimiento que desde veinte días 
atrás era su única preocupación. Al tanteo, buscó sus za- 
patones y se los calzó. Después, llenó de agua la palan- 
gana y se chapuzó en ella. El agua fría le entonó el es- 
píritu. Se lavó largamente, con un placer que nunca había 
experimentado, sintiendo que aquello le hacía bien, que 
le disipaba la fiebre, que le volvía a sus sentidos. En un 
santiamén concluyó de vestirse, y, cuando se halló pronto, 
volvió a mirar la cuadrícula de la ventana, cada vez más 
luminosa, irguió el busto, estiró los brazos, suspiró hon- 
damente, y murmuró con una alegría incontenida : 

— Ya'stá. Es hoy. 

El eco de su propia voz le sonó en el pecho como una 
aleluya de gloria. Experimentó la necesidad de repetir 
sus palabras en voz más alta: 

— Ya'stá. Es hoy el día. Hoy te largan a la calle ; hoy 
estás libre. Te digo que es hoy. j Llegó el día ! ¡ llegó ! ¡ te- 
nía que llegar ! 

Se reía solo, como un bienaventurado ; se restregaba las 
manos ; volvía a cada instante los ojos hacia aquél cua- 
drito de luz, por el cual descubría el cielo, el aire, la li- 
bertad. Así, durante algún tiempo, la nerviosidad que 
no había tranquilizado un sueño mezquino y tardío, fuese 
descargando poco a poco. Sosegado un tanto, haciéndose 
cargo al fin de que por más que se precipitara, no adelan- 
taría la hora en que las autoridades de la cárcel vendrían 
a sacarlo de su lóbrega prisión, lió un cigarrillo, le dió 
lumbre y se sentó sobre el lecho. 

La cárcel dormía aún. Era un silencio grave, inmóvil, 



ENTRE LOS PASTOS 



117 



frío, — un silencio de piedra. ¡ Qué impresión le había 
hecho al 275 aquel silencio durante los primeros días de 
su condena ! Arrancado bruscamente a la luz del sol, al 
bullicio de la vida, a su libertad de hombre joven, sano 
y fuerte ; y hundido, sepultado entre aquellas paredes es- 
pesas, de un tono gris aplastante, el silencio había sido su 
primera obsesión, su más pavorosa pesadilla. Durante las 
horas del día, la prohibición de hablar entre los recluidos 
ponía una nota lúgubre en el ambiente ; pero, en fin, el 
ruido de los pasos, la voz de los guardianes, el zumbido 
de los talleres en actividad, aún daban algún consuelo. 
¡ Pero de noche ! De noche el silencio era terrible. La 
mudez se petrificaba sobre los muros ; la sombra de las 
celdas parecía más helada. Y aquel silencio, aquella so- 
ledad, aquel frío, aquellos corredores y paredes altísimos 
y rectilíneos, embrujados por rejas y jaulas de hierro, 
habían sido su obsesión durante cinco años! 

Perdida la mirada en el vacío, mientras el cigarrillo 
se le apagaba entre los dedos, el 275 empezó a rememorar 
su vida en la Penitenciaría. Le habían llevado a ella " en- 
chiquerado " en un mísero carrito, que resonaba como un 
enorme tambor sobre el empedrado de calles para él des- 
conocidas. Iba condenado a cinco años por el artículo 
326: es todo lo que sabía el mísero respecto de su pro- 
ceso. Aquel artículo 326 se le había quedado grabado en 
el magín con clavos de fuego. No sabía, ni nunca llegó a 
sospecharlo, lo que decía el infame artículo ; pero debía 
ser algo terrible, porque en la vista pública de su causa, 
varios de aquellos desconocidos que lo juzgaron no hacían 
más que mencionarlo y repetirlo. Aún veía el cuadro : ante 
una mesita baja, un señor viejo y gordo, leía un enorme 
mamotreto, y de cuando en cuando salía a luz el artículo 



n8 



VÍCTOR PÉREZ PETlT 



326. Cuando concluyó el vejete de leer, un mozo rubio, 
bastante bien parecido, al que en seguida le cogió sim- 
patía, empezó a hablar; y aun cuando tampoco le cono- 
cía, ni nada él personalmente le había hecho, se le encaró 
y pareció enfadársele, recordándole el misterioso artículo 
326. A este hombre joven, le replicó otro señor que había 
estado a verle dos o tres veces en la Correccional, y que 
según tenía entendido era su defensor. Tampoco se en- 
teró de las argumentaciones de éste, en cuyas manos es- 
taba no obstante su destino ; pero, no debió haber con- 
vencido a nadie, porque todos aquellos otros descono- 
cidos que surgían apenas detrás de larguísima mesa co- 
locada sobre una tarima, le condenaron al cabo a cinco 
años de Penitenciaría. En medio de aquel aparato de la 
justicia que el infeliz ignoraba en absoluto, se hallaba 
solo, desamparado. Alguien, entonces, le ordenó que se 
pusiera en pie y le preguntó si tenía que decir algo. 

— No, señor, — contestó, porque en realidad no sabía 
lo que le preguntaban. 

Y así, sin que se diera cuenta de nada, le llevaron a su 
celda. Una vez allí, le raparon la cabeza, le quitaron su 
ropa y le vistieron la blusa del presidiario. 

— ¿ Cómo se llama usted ? 

— Juan de Dios Pérez. 

— ¿ Sabe leer? 

— No, señor. 

— Bueno ; este número que tiene aquí en la blusa, es 
su número. Usted aquí no es Juan de Dios ; es el nú- 
mero 275. 

Y así le llamaron todos, en lo sucesivo. Era el 275. Con 
esto, quedó aniquilada su personalidad. 

— Soy el 275, — se repetía el mísero, a solas, en su 



ENTRE LOS PASTOS 



119 



celda ; — y estoy aquí por un artículo del Código, el 326. 

Entre aquellas dos cifras quedó lapidado. Él no sabía 
otra cosa sino que había herido en una mano a un sar- 
gento de policía. Según le expresó una vez su defensor, 
el tajo dejó inutilizada la mano del representante de la 
autoridad. Pero, ¿merecía tal falta la pena que se le había 
impuesto ? 

Un odio inmenso, contra los causantes de su desdicha, 
contra los que le habían juzgado, contra los que le te- 
nían recluido en la cárcel, empezó a incubarse en su pe- 
cho. ¡ No ! Nadie tenía derecho a castigarle de ese modo, 
de imponerle tamaña pena. ¡ Cinco años por una miserable 
cuchillada ! Aquello era demasiado. Evidentemente, de- 
bían haber mediado influencias para que se le tratara 
con rigor. El capataz Margarito era " capataz " ; y él, 
Juan de Dios, sólo un pobre "peón" de Estancia. ¿Quién 
podía defenderlo? ¿Quién podía darle la razón? No; la 
justicia siempre favorece a los poderosos ; a los que tie- 
nen amigos; a los que gozan de influencia. ¿Qué va a 
hacer la justicia en favor de un pobre mozo del campo, 
que nadie conoce ni por quien nadie pide? Ahí está por 
qué le habían condenado a cinco años. 

En su larga reclusión, el odio que latía en su pecho fué 
acrecentándose. Aun cuando la regla del silencio se ob- 
servaba con gran cuidado en la prisión, nunca faltaban 
instantes en que los recluidos pudieran comunicarse entre 
sí. El N.° 275 oyó las quejas y protestas de otros compa- 
ñeros levantiscos. La prisión que se les" imponía era la 
consecuencia de la iniquidad social : los más fuertes se 
imponían a los más débiles. ¿ Con qué derecho se aten- 
taba así contra la libertad individual de los seres huma- 
nos? ¿Quiénes eran los jueces, hombres al cabo, para 



120 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



juzgar a otros hombres? ¿Quién hacía las leyes? ¿En 
virtud de qué poder se instituían las cárceles? Es que 
los más fuertes, constituidos en pandilla, se abrogaban 
esos derechos, para sojuzgar a los débiles y desamparados. 
Así se les tenía allí, como bestias, negándoles hasta el 
apellido, afrentándolos con un número, obligándolos a 
observar las reglas severísimas de la cárcel. A una hora 
determinada, debían abandonar el lecho; a otra hora, 
debían acostarse y extinguir la luz. Comían un trozo in- 
fame de carne, y estaban obligados a trabajar en los ta- 
lleres de herrería, de carpintería, de ropa, de calzado o 
en las canteras. Era, en fin, la fuerza bruta imponiéndose 
a los más infelices. 

Después, en otros instantes y con otros recluidos, era 
el contagio inevitable de la cárcel, el ejemplo vivo del de- 
lito, las lecciones de los ladrones y asesinos. Platicando 
con estos otros presidiarios, el N.° 275 fué aprendiendo 
todo lo que ignoraba. Tal desalmado, que había dado 
muerte a toda una familia, aparecía como un héroe de 
leyenda. Aquel otro que narraba sus hazañas de ladrón 
reincidente, se auroleaba como un " mozo diablo ". El 
zarpazo de la fiera, resultaba valentía; la huida furtiva 
del caco al través de las sombras, era una " viveza " Cada 
uno exageraba sus hazañas, para convertirse en un su- 
jeto de leyenda. Era la inversión de la moral. 

Entonces, en aquel ambiente de rebeldes, de condena- 
dos, de inmorales, de protervos, el 275 empezó a hacerse 
una segunda naturaleza. El que había sido bueno, se 
sintió malo ; él que era dulce y pacífico, se convirtió en 
cruel y vengativo. Odiaba a todos los hombres en general, 
porque unos desconocidos, a los que no había hecho 
daño, le habían recluido allí sin piedad. Y, en particular, 



ENTRE LOS PASTOS 



121 



empezó a odiar al capataz Margarito con la implacable 
sed de la venganza. 

— Algún día saldré de aquí — pensaba el 275, — y en- 
tonces ajustaremos cuentas. 

Corrieron, no obstante, los años. La cárcel empezó a 
patinar el alma de aquel desdichado. La fuerza de la dis- 
ciplina quebró su fuerza rebelde. El silencio y la soledad 
le humillaron, le rindieron, le trocaron en un guiñapo 
humano. Una tristeza invencible se cernió sobre sus días, 
y una desesperanza enorme cuajó en medio de sus no- 
ches. Poco a poco fué perdiendo las energías. El regla- 
mento, obligándole a hacer uno y otro día los mismos 
gestos y actos, le bestializó. Su voluntad declinaba ; su 
inteligencia se entumecía. Empezó por encontrar natural 
no tener un nombre ; después, ya no quiso ni oir a los 
que, más rebeldes, continuaban protestando. Se hizo hu- 
raño. Se hizo reconcentrado. Y a veces, de noche, en su 
celda, sentado en la cama, vuelto el pensamiento hacia 
su pago nativo, lloraba largamente, silenciosamente... 

Un sentimiento, único y soberano, reinaba en su es- 
píritu : tenía que vengarse de Margarito. Él odiado ca- 
pataz de los Laureles era el solo causante de su desven- 
tura: él, le había robado la novia; él, le había llevado a 
la cárcel. Y mientras él, Margarito, vivía allá, lejos, libre, 
feliz, su víctima, Juan de Dios, se pudría entre las som- 
bras y humedades de la Penitenciaría. 

¡ Margarito le había robado la novia ! ¿ Cuántas veces 
le asaltó despiadadamente este pensamiento? A cada ins- 
tante, en cada minuto de los interminables días de su re- 
clusión. Porque, a fuerza de pensar en ello, y acaso por 
efecto de su estado de espíritu, el desdichado llegó a per- 
suadirse que era novio de Baudilia, que ambos se habían 



122 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



jurado fidelidad eterna, y que el otro, el intruso, había 
venido a trastornar su vida y a robarle el bien que le 
pertenecía. En realidad hubo de ser así, porque ambos 
jóvenes, sin confesárselo, se amaban profundamente ; pero, 
por un equívoco sólo imputable al destino, por cortedad 
en él, Juan de Dios, y por orgullo en ella, Baudilia, no 
se explicaron nunca, no se descubrieron el secreto de 
sus corazones altivos, y un extraño, de buena fe y sin 
dobleces, vino a disfrutar del bien que ambos desprecia- 
ron. Esta era la verdad ; pero Juan de Dios no la alcan- 
zaba, y el N.° 275, embotado por la cárcel, llegó a des- 
naturalizarla. Así es como el capataz Margarito pudo con- 
vertirse en sus pensamientos en el ladrón de su ventura. 

Cuando el 275 pensaba en Baudilia, — y esto acontecía 
en todos los momentos de su vida de presidiario, — una 
hondísima pena le abrumaba el pecho. Era un dolor ín- 
timo, sin tregua, aplastante. No se reconocía de ningún 
modo culpable por no haberse explicado nunca con la 
muchacha : todo eso lo había olvidado. Sólo sabía que la 
amaba, que la había amado siempre, que no la olvidaría 
jamás. Ella también lo quería, y no obstante, ahora per- 
tenecía al otro. ¿Cómo? ¿Por qué? Porque el otro había 
tenido más suerte; porque se la había robado. Pero, ella 
era buena, era buena y dulce como una mañanita de sol. 
Su solo recuerdo le llenaba el corazón de frescura : su 
imagen lejana inundaba de luz su cerebro. Complacién- 
dose en evocarla, en la soledad de su alma, rememoraba 
sus ojos negros y profundos, su boca roja y reidora, sus 
crenchas como " alas de cuervo ". Sus viejas disputas, 
sus malas partidas, sus reyertas continuas eran sólo tos- 
cas expresiones del cariño que se profesaban. Esto, que 
no lo había entendido nunca, reflexivamente, lo compren- 



ENTR£ LOS PASTOS 



123 



día ahora, bruscamente, por intuición. Y cuando la me- 
moria de algún episodio ingrato le asaltaba, era para con- 
dolerse sobre la dulce amada. — " ¡ Qué bárbaro que he 
sido ! " — decíase el pobre mozo, cuando le asaltaba el 
recuerdo de aquella trágica escena en que, por la broma 
de la lagartija, Baudilia cayó de bruces sobre el hogar en- 
cendido. — "¡ Qué buena era y cómo debe haber llo- 
rado ! ", — se repetía, si acaso venía a él la memoria del 
voluntario exilio de la muchacha allá por los ranchos de 
la " tigra ". Y todos estos pensamientos, todos estos gi- 
rones del pasado, pasaban melancólicamente sobre su 
alma como una perdida melodía, como un desvanecido 
perfume. Sólo una idea fija, cruel, brillaba en medio de 
la noche que le rodeaba : — ¡la había perdido, perdido 
para siempre ! 

Durante cinco años, cinco años que fueron cinco eter- 
nidades, el infeliz vivió con esa idea clavada en el co- 
razón. ¡ Había perdido a Baudilia ! ¿ Qué era su condena, 
comparada con esa derrota? Su verdadera condena era 
la pérdida de su amor. Tarde lo comprendía; pero, al 
comprenderlo, podía medir el abismo de soledad y de 
miseria en que había caído. 

Entonces, mientras la noche se espesaba en su redu- 
cida celda y por el minúsculo cuadrado de la ventanilla 
el azul del cielo se tornaba negro y unas pocas estrellas 
temblaban como alfileres de luz, el 275 se abatía, como 
una res herida, sobre la dura tarima que le servía de 
lecho, y empezaba a sollozar, muy quedo al principio, con 
más dolor luego, hasta que su plañido ronco, interminable, 
aululaba contra paredes enemigas y sordas. Y el día lle- 
gaba para sorprender, sobre el lecho, unas angulosas es- 
paldas que se agitaban, convulsivas, bajo el imperio de los 
sollozos. . . 



II 



Salió de la cárcel, entumecido, como " boleado ca- 
minando torpe, lo mismo que le acontecía cuando se 
apeaba del caballo después de un día entero de marcha 
conduciendo tropa de vacunos. El sol y el aire castigaron 
vigorosamente su rostro terroso y flaco. El ruido de sus 
pasos sobre las losas de la vereda, le sonaba en el oído 
con un redoble seco, extraño, casi desconocido. Al llegar 
a la esquina de la calle, se detuvo, se volvió para contem- 
plar el pétreo y almenado edificio de la Penitenciaría, 
donde transcurrieran cinco años de su vida. El impo- 
nente aspecto de la fortaleza, la nota riente de los jar- 
dines que lo circundan y el marco soberbio de luz y li- 
bertad que le forman allá, atrás, el mar y el cielo, no le 
conmovieron: en su espíritu no había entonces más que 
una impresión : allí, tras de aquellos muros blancos, que 
reían al sol con todos los dientes de sus pretiles, había 
sufrido durante cinco años eternos. Una llama de odio 
encendió su retina ; en sus labios crugió sordamente un 
" ¡ maldito sea ! ". Después, como si aquello le hubiera 
desahogado, respiró fuertemente, miró alrededor, colocó 
bajo el brazo izquierdo el mísero paquete de sus " pil- 
chas ", y emprendió otra vez la marcha. 

¿ Dónde iba ? Volvía a sus " pagos ". Era su único deseo, 
de tiempo atrás, desde que empezó a considerar el suceso 
enorme de su liberación. No sabía por dónde iba ; no cono- 



ENTRE LOS PASTOS 



I¿5 



cía el rumbo; durante dos días aún, perdido en la gran 
ciudad, a la espera del tren que debía salir para Nico - 
Pérez, andaría a tropezones, como vacío ; — pero volvía a 
sus "pagos". Nada le interesó de cuanto desfilaba bajo 
sus ojos : todo le era extraño y enemigo al par : los enor- 
mes edificios, las larguísimas calles, el tráfico arrollador 
y turbulento, el murmullo de colmena jigante de Monte- 
video. A cualquier otro paisano, venido por primera vez 
a la Capital, semejante espectáculo podía resultar mara- 
villoso y alucinante. A él no : tenía demasiada amargura 
en el alma. No obstante el goce íntimo que experimentaba 
por el hecho de haber recobrado su libertad, no podía 
deshacerse de aquella montaña de dolor que le habían 
echado sobre los hombros los cinco años de reclusión. La 
misma grandiosa Capital, con sus calles tiradas a cordel, 
con sus altos edificios, antojábasele una nueva Peniten- 
ciaría. Necesitaba ver campo, mucho campo ; volver, en 
suma, a sus " pagos ". 

Sentado, al fin, en un coche de 2. a , ya en viaje para su 
terruño, experimentó la primer alegría. — " Ahora sí, — 
parecía decirse a sí mismo, — ahora estoy libre ; ahora 
vuelvo allá ". — Y mirando por el cristal de la ventanilla 
los campos que huían hacia atrás, al paso del convoy, 
su pecho se dilataba, sus ojos empezaban a sonreír. Cien 
mil recuerdos, de otros tiempos más felices, empezaron 
a revivir con el paisaje que contemplaba arrobado. " Lin- 
dos y gordos ", — exclamó una vez, contemplando unos 
novillos que pacían solemnemente sobre el suave declive 
de una cuchilla. Su mirada experta, iba descubriendo los 
" bichos " amigos : aquí un hornero, allá una ratonera, 
acullá una calandria. Un chico que taloneaba furiosamente 
a un esquelético malacara, con la loca pretensión de " co- 



196 



VÍCTO* PÉREZ PETIT 



rrerla " con el tren, le rememoró a Faustino, y entonces, 
ingenuamente, sintiéndose muchacho, saludó con la mano 
al pergenio : " ¡ adiós, sabandija ! ". Las tonalidades del 
campo, le hacían fallar : " demasiáo cardo y flechilla " — 
o bien, " bien pastao, aijuna, como pa invernada ". - — 
Después, de repente, ante una nota juguetona de color 
amarillo que festoneaba el reborde de una zanja, se vol- 
vió exclamando : — " Mira, los macachines ! ". 

El tren corría pesadamente, con su rítmico traqueteo 
sobre los rieles, envuelto en una columna de humo. Cada 
vez más lejanas, las estaciones daban un respiro a la má- 
quina, que se detenía sudando vapor, silbante el pecho 
de hierro, irradiando alrededor un calor de horno; y 
entonces algunos pasajeros aprovechaban la ocasión para 
descender al andén y estirar un poco, caminando, las 
piernas entumecidas. Juan de Dios también dejó su 
asiento, pues lo interminable del viaje empezaba a fati- 
garle, y se permitió un paseíto sobre el balastro crugiente, 
no apartándose mucho del coche, de miedo que el tren 
fuera a marcharse. Se distrajo viendo a unos peones des- 
cender encomiendas ; miró de reojo al milico que paseaba 
cachazudamente cerca de aquéllos ; observó a dos o tres 
paisanos harapientos y sucios de barro que hablaban con 
el jefe de la estación, y por fin fué a plantarse frente 
a una especie de jaula, hecha con listones de madera, 
donde se inmovilizaban, transidos, gallinas y pollos. El 
son de la campana le arrancó de su contemplación y le 
hizo precipitarse hacia su coche. Ya en su asiento, y a 
punto que arrancaba el convoy, el mismo ritornello cantó 
en su cerebro : — " Vamo p'al pago ; otro tironcito ". 

Corría otra vez el tren con su monótono machacar de 
hierros, destrenzando su melena de humo sobre la gra- 



ENTRE LOS PASTOS 



127 



milla y los cardos que tapizaban los campos. La fatiga del 
viaje había apagado todas las conversaciones en el coche. 
El mismo Juan de Dios, no obstante su ansia de llegar, 
había concluido por adormecerse en su rincón. El tra- 
queteo de los coches, sus vaivenes acompasados, se con- 
fundían ya en el ánimo como un arrullo de cuna. Y asi 
transcurrió el tiempo, aburrido, fatigador. 

De pronto, claqueó una portezuela y la voz del revi- 
sador sacudió el general marasmo : 

— Los boletos. 

Hubo como un brusco despertar. La máquina misma 
parecía acelerar su marcha. Los campos grises, sucios, en- 
charcados, huían en un remolino, mientras el humo de la 
locomotora se enredaba en una larga hilera de escuetos 
álamos. Crugió un puente. 

— ¿ Estamos ya ? — preguntó alguien. 

— Así parece, — le contestó un compañero. 

En el vagón, todos buscaban sus bártulos. Algunos pa- 
sajeros adelantaban su salida dirigiéndose hacia la por- 
tezuela. Juan de Dios trataba de reconocer el paisaje. Y 
aún estaba por reconocerlo, cuando la locomotora, fre- 
nando sus ruedas, se detuvo bufando frente a la es- 
tación. 

— Ya estamos. ¡ Al fin ! 
— Ea, abajo. 

— La canasta, ché, no olvides la canasta. 

— Marche, amigo, no se duerma. 

— No hay que apurarse, de aquí no pasa el tren. 

Era un coro de voces, que se acrecía en la estación 
con los gritos de los cocheros, el ruido de las cajas que 
se descargaban y el resuello silbante de la máquina fa- 
tigada. Juan de Dios saltó del estribo, miró en derredor, 



128 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



y entonces, aspirando el olor de la tierra, sintió como una 
ternura de niño y un nombre le subió a los labios : 
— Baudilia . . . 

Y fué como si besara el aire nativo, de su " pago " 
grande, que empezaba a encontrar por fin, después de 
tan larga ausencia. 



III 



En la casa del comandante Ciríaco Cruz, un viejo 
amigo de los Antúnez, Juan de Dios recogió las primeras 
noticias de Baudilia. Allí había encontrado el mozo la 
ayuda y protección del temible caudillo nacionalista, que 
le conocía desde chico y le apreciaba aún más, después 
de su " desgracia ". 

Baudilia se había casado con Margarito pocos meses 
después de haber sido conducido preso Juan de Dios a 
Montevideo. El acontecimiento se festejó largamente en 
la Estancia de don Carmelo Antúnez, y después del ca- 
sorio, los nuevos esposos se habían ido a vivir al campo 
poblado por Margarito en Carpintería. 

— Es un güen hombre el tal Margarito, no hay que 
decir, — comentaba el comandante Ciríaco Cruz ; — hon- 
rao, trabajador, güen gancho; pero, es un " salvaje ".. . 

Así designaba él a los que militaban en las filas del 
partido adverso al suyo. Un " colorado " podía ser un 
buen hombre ; él mismo, tenía muchos amigos " colora- 
dos " ; pero, llegada la guerra, no había más que " blan- 
cos " y " salvajes ". Y entonces él, que era un hombre 
noblote y bueno, empuñaba su lanza y salía a pelear a los 
" salvajes aunque en la paz hubieran sido sus amigos. 

— Güeno, como te decía, el tal Margarito se llevó su 
mujer a Carpintería. Allí se estuvo el hombre cuatro años, 
trabajando juerte. Parece que le jué bien. Juntó platita. 
Su mujer tuvo dos hijos, un casal. Pero, a prencipios de 
este año, murió mi compadre Antúnez y a la viuda, ese 



9 



130 



VÍCTOR PÉREZ PIÍTIT 



marimacho de misia Ramona, ya conoces, se le puso en 
la cabeza hacer capataz de su Estancia a Margarito, pa 
que Bandilia juera a vivir con ella. En el fondo, tenía 
razón la vieja : a sus años, debe ser fiero pa una mu- 
jer sola, por más alarife que sea, manejar ese negocio 
de la Estancia. Escribió a los otros, porfió, cinchó y a lo 
último se salió con la suya. Allá se llevó pa casa al ma- 
trimonio y los cachorros. Todo marchaba perfetamente ; 
pero vea si no es cosa de mandinga : al mes de estar en 
la Estancia, se le enferma un hijo a Baudilia, el mayor, 
un machito lindo, che. Dicen que de diteria. Y se mu- 
rió, no más, el pobrecito ; en un par de días. ¡ Qué cosa ! 
Y no paró ai la disgracia. A los pocos días, ¡ zás ! cai 
enferma la mujercita, y, lo mesmo que el hermano. . . 
Vea si es triste. Daba pena ver a Baudilia. . . 

Juan de Dios le oía en silencio, reconcentrado, sin de- 
jar traslucir sus impresiones. Pero, las palabras del co- 
mandante le entraban en el corazón como otras tantas 
dagas : odiaba a Margarito por haberle robado el cariño 
de Baudilia, por los hijos que había tenido de ésta, por su 
felicidad, porque todo le iba bien en la vida. Mas al oir 
el relato del fallecimiento de los dos hijitos de su ex no- 
via, un extraño sentimiento le embargó el ánimo. Eran 
" cachorros " del odiado capataz, sí ; pero también eran 
hijos de Baudilia ; y él se representaba el dolor de la 
infeliz al perder, así, en pocos días, a sus dos hijitos. 

— Pobre Baudilia, — dijo muy bajo, clavando sus 
ojos en el suelo. 

— Ahora, — prosiguió el comandante Cruz — la pobre 
se ha puesto de máistra. 

— ¿Cómo, de máistra? — interrogó sorprendido Juan 
de Dios. 



ENTRE I.OS PASTOS 



— Sí, allá por Carpintería, donde pobló el marido. 
Cuando perdió sus hijos, no quiso quedarse más en lo 
de Antúnez, y disparó. Se metió en su casa y puso es- 
cuela. Dicen que le ha dao por ai, por cuidar chiquitines, 
enseñarlos a escrebir y coser, ¡ qué se yo ! pa consolarse 
de la muerte de sus botijas. ¡Qué cosa! 

— ¡ De máistra ! Vea, vea... — repetía por lo bajo 
Juan de Dios. 

Y en su conciencia se iba haciendo la convicción de que 
toda aquella historia debía ser un castigo del cielo. 

En los días subsiguientes, el mozo empezó a ajetrearse 
la cabeza imaginando el medio de que se valdría para ver 
a Baudilia. Esbozó mil planes ; mas todos, al cabo, re- 
sultaban absurdos o disparatados. El no podía ir direc- 
tamente a Carpintería porque eso significaba un encuen- 
tro con Margarita ; y un encuentro con el capataz era la 
pelea inevitable, y después, ¡ vaya usted a saber ! ¡ No ! Él 
tenía que ver a Baudilia, siquiera una vez; hablarla; de- 
cirla todo lo que había penado por su culpa, y oir lo que 
ella decía, lo que le contestaba. Para el encuentro con 
Margarita, ya buscaría ocasión, más tarde, y con más 
arte y cuidado que la primera vez. No era el caso que, 
si le mataba en la pelea, fueran a prenderlo otra vez y a 
encerrarlo en la Penitenciaría. Ya conocía aquello. Tenía 
que matar a su odiado rival, en buena ley, frente a 
frente; pero, eso sí, asegurándose la retirada, de modo 
de poder huir al Brasil. Entre tanto, lo esencial era hallar 
el modo de entrevistarse con Baudilia ; y eso era lo difí- 
cil, dado que ella no salía de su casa, toda entregada a su 
escuela, — según los díceres de la gente. 

En tales circunstancias, una nueva de bulto empezó a 
correr a la sordina. Hallándose Juan de Dios en una pul- 



132 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



pería del pueblo, fué de pronto interpelado por el patrón : 

— ¿Y qué tal, amigo, cuándo agarra la chuza? 

— ¿La chuza ? ¿ pa qué ? 

— ¿Cómo? ¿ya no es "blanco", como enantes? 

— Y dejuro que soy "blanco", — replicó Juan de 
Dios; — pero, ¿qué tiene que ver?... 

— Es que como dicen por ai que hay rigolución. . . 
Cuando Juan de Dios repitió al comandante Cruz el 

diálogo, éste se limitó a replicar : 

— ¿Y qué le vamo a hacer ? Si hay que marchar, mar- 
charemos. Yo por mí, no sé nadita. 

Pero, algo debía saber el ladino comandante, porque 
celebraba conferencias, mandaba y recibía chasques, an- 
daba, en fin, muy metido con su gente. 

En el pueblo, la noticia de un próximo alzamiento del 
partido nacional contra el gobierno, empezó a generali- 
zarse. Cada día amanecía con una novedad, que se co- 
mentaba interminablemente. Las noticias que llegaban de 
la Capital tampoco eran tranquilizadoras : había movi- 
miento de tropas en diversos departamentos. Por su lado, 
los " nacionalistas " empezaban a emigrar. No se sabía 
dónde iban; pero, un buen día ya no se les encontraba 
en sus casas. 

— Juan de Dios, — dijo un día el comandante al mozo, 
— tenés que hacerme un gran favor. 

— Lo que usté mande, mi comandante. 

— Tenés que rumbiar pa el Aceguá, con un papelito. 

— Cuando guste. 

— Y te dejarás estar allá, hasta que yo llegue. ¿Com- 
prendes ? 

— ¡ Ah, güeno ! ¿ Entonces es de adeveras la cosa ? 

— Yo no sé; hay que ver primero. . . 



entre: los pastos 



133 



No obstante el disimulo de su jefe y protector, Juan 
de Dios adivinó que lo de la revolución era cosa hecha. 
¿Qué más podía significar aquel viajecito al Brasil del 
entusiasta caudillo? 

Entonces, con un regocijo íntimo, empezó a decirse 
Juan de Dios que si estallaba la revolución, en cualquier 
incidencia iba a resultar posible una entrevista con Bau- 
dilia. En esos dolorosos sacudimientos políticos, que han 
enrojecido frecuentemente las páginas de la historia na- 
cional, todas las reglas y convenciones quedan trastorna- 
das y no es de extrañar también que los hombres, arras- 
trados en ese turbión de demencia, den suelta a todas sus 
pasiones para satisfacer menguados intereses. La propie- 
dad conviértese en un mito y la misma vida humana no 
responde sino al juego de los caprichos y rencores. Si en 
la Capital y en los grandes centros urbanos la libertad 
individual padece y los negocios económicos sufren men- 
gua, imagínese lo que acontecerá en la campaña, desam- 
parada por el principio de autoridad y entregada al ca- 
pricho y veleidades del atentado y de la fuerza. Cruzan, 
un día, las fuerzas del gobierno, y es como una devasta- 
ción de los campos ; y cruzan, otro, las fuerzas de los 
revolucionarios, y es otro derrumbe de la riqueza nacio- 
nal. Se cortan alambrados, se talan árboles, se carnean 
reses, se arrebatan caballadas, se deja el luto y la deses- 
peración, la miseria y el hambre en todos los hogares. 
La familia queda deshecha, todos los hombres válidos 
han sido arrancados a las fecundas labores del trabajo 
para equiparlos en uno u otro bando; y allá se quedan 
las pobres mujeres, con los niños y los viejos solamente, 
sin saber dónde se encuentra el esposo, el hermano, el 
hijo que eran su amparo y su alegría. Y tras del paso de 



134 



VÍCTOR PÉREZ PKTIT 



los arrasadores ejércitos, el asalto de los gavilanes, el 
malón salvaje de los matreros. Todos los desalmados, to- 
dos los foragidos, que escaparon a las levas del gobierno 
o al reclutamiento de los rebeldes, así que desaparece la 
garantía del derecho, abandonan sus cuevas del monte 
hirsuto, y en ronda de ladrones y asesinos, se abaten 
sobre las míseras viviendas perdidas en la soledad del 
campo para saquear las gentes indefensas, afrentar las 
pobres mujeres y dejar como único rastro de su paso 
las llamas de un incendio sobre la negrura de una noche. 
¿Qué hazaña o qué enormidad no es factible entre las 
convulsiones frenéticas de una enconada guerra civil? 



IV 



Era una tarde del mes de Febrero, sofocante. Ni un 
soplo de aire oreaba el ambiente. En toda la extensión, 
sobre los campos, reverberaba la luz como un espejismo. 
La chicharra no interrumpía su chirrido adormecedor. 

En la sata del rancho grande, Baudilia enseñaba " la 
cartilla " a sus voluntarios escolares. Con una paciencia 
que nadie hubiera sospechado en la nerviosa Calandria 
de la Estancia de Antúnez y con una bondad que esa sí 
era ingénita en ella, acariciaba a los más huraños, alen- 
taba a los estudiosos, para todos tenía la palabra buena 
que es consejo y enseñanza. Desempeñaba el ministerio 
que a sí misma se había impuesto con una sencillez tan 
natural que no parecía sino que ese había sido el ejercicio 
de toda su vida. Sus tiernos alumnos la querían más que a 
sus propios progenitores. Ni el calor ni el mal tiempo 
dejaban desierta su clase : en todos, más que un deber, 
era un regocijo concurrir día a día a ella; y era que allí 
encontraban, los más de ellos, el calor y el cariño que no 
tenían en los paupérrimos ranchos de sus padres. Por 
eso, era raro el día en que no apareciera alguno de los 
pergenios con un ramito de flores o algún nido con hue- 
vos de pájaro para la " máistra ". Con aquellos ingenuo:; 
regalos le pagaban, a su modo, la suave caricia con que 
los despedía todas las tardes. 

Baudilia no era ya ni la sombra de la Calandria. Ha- 
bía enflaquecido tanto que en su rostro parecían más 
grandes sus bellos ojos negros. Una palidez mate substi- 



136 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



tuía a aquel tono caliente de su piel, que había hecho de 
ella una agraciada morocha. La sonrisa, que antes era 
como un resplandor en su boca de carmín violento, tenía 
ahora una gravedad y desgano que revelaba la amargura 
de su alma. Toda vestida de negro, muy sencilla, parecía 
una estatua viviente del dolor. 

La pérdida repentina e inesperada de sus dos hijitos, 
la había asaltado en medio de un ensueño de dicha que 
parecía no debiera concluir. Era feliz con Margarita; 
todo lo feliz que había imaginado serlo cuando le entregó 
su corazón y su alma. El, prendado de su mujercita, le 
hacía todos los gustos, se adelantaba a todos sus capri- 
chos. Además, como a fuerza de trabajo e inteligencia 
iba haciendo prosperar su patrimonio, podía rodearla de 
muchas comodidades. Así, el nuevo hogar, pareció auro- 
learse de luz y de alegría. Y la felicidad de ambos fué 
colmada, cuando los dos pequeños infantes empezaron a 
llenar la casa con sus risas y gritos. Baudilia vivía como 
en un enajenamiento. 

Y fué en medio de ese enajenamiento que el dolor la 
despertó brutalmente, asentándole su garra. Como si el 
retorno a la Estancia de don Carmelo, a donde la viuda 
doña Ramona llamara a Margarita para hacerlo capataz, 
hubiera roto el talismán de su dicha, bruscamente cam- 
bió el norte de su vida. La muerte flageló su corazón de 
madre, ta sacudió implacablemente, la truncó. Su vida 
quedó deshecha. Ya nada ni nadie lograría devolverla a 
la ventura. En su espíritu dejó tal huella el espanto que 
ni la ternura piadosa de su marido ni el blando consuelo 
de su clase lograban devolverle un lampo de la vida que 
había vivido. 

Ahora, su espalda abatida, sus ojos apagados, su delga- 



ENTRE LOS PASTOS 



137 



dez, su silencio, su humildad, proclamaban su indestruc- 
tible dolor. Era todavía joven y no lo parecía: es este 
el estigma peculiar del sufrimiento. Hacendosa, velaba 
por todos los menesteres de casa; pero era como un ave 
que cuida de su nido y que ha perdido el canto. Buena y 
piadosa, consagraba toda su piedad y toda su ternura a 
sus escolares ; pero su sonrisa era siempre triste y a su 
gesto de bienvenida faltaba la armonía que da la dicha a 
las madres. Viéndola andar se adivinaba que su cuerpo 
iba solo, que estaba como hueco ; sin la lumbre y el canto 
que alientan en el corazón de la mujer. 

Aquella tarde, como siempre, cuidaba de sus discí- 
pulos, repitiendo la lección al que no la sabía, dando ex- 
plicaciones de costura a una pequeñuela frangollona, diri- 
miendo con buenas palabras una reyerta entre dos com- 
pañeros, aprobando con grandes elogios una plana de 
palotes tiznados. Y en eso estaba, cuando el sordo re- 
doble de los cascos de un caballo despertó su atención. 
Sorprendida, volvió la cabeza hacia la puerta. 

— Es don Matías, — clamaron tres o cuatro chicos, 
los más inquietos y vivarachos, que en tropel se habían 
precipitado hacia la puerta para ver al que llegaba. 

— ¿El comisario? ¿qué quedrá?, — se preguntó Bau- 
dilia. 

Y salió afuera. 

— Buenas tardes, — dijo entonces el jinete, tocándose 
el ala del sombrero ; — ¡ qué solcito pá una galopiada !, ¿no 
es cierto? 

— La verdad, — contestó Baudilia y guardó silencio, 
no sabiendo que agregar. 

— ¿No está Margarjto? Tendría que hablarle. 

— Mire, qué cosa ; salió enseguidita de almorzar : me 



138 



VÍCTOR PÉREZ PKTIT 



dijo que tenía que ver al vasco, ya sabe, el vecino de ai 
al láo. 

— Ah, bueno ; entonces ya sé donde agarrarlo. 

— I No quiere descansar ? 

— Gracias, ando de apuro. Con que, adiosito, no ? 
■ — Diga, don Matías, ¿sucede algo? 

— No, nada de particular. Buenas tardes. 

Y partió al galope. Baudilia quedó un instante pensa- 
tiva, viéndole alejarse cortando camino hacia el rancho 
del vasco. Aquella inesperada visita, después de todos los 
rumores que hasta aquellas soledades llegaban de una 
próxima revuelta, la dejaron intranquila. ¿No eran su- 
ficientes los dolores que había padecido? ¿Tendría, acaso, 
que soportar ahora un nuevo dolor por culpa de la mal- 
dita guerra? 

Más de una noche se había desvelado imaginando lo 
que sería de ellos si se producía la revuelta que se anun- 
ciaba. Margarito era " colorado " y todos, o casi todos, en 
aquel departamento, eran " blancos ". Por fuerza tenían 
que quedar aislados y esto sólo suponía ya un gran peli- 
gro. Y si, por otro lado, le llevaban a su esposo para ser- 
vir de grado o por fuerza en uno u otro bando, ¿en qué 
condiciones quedaría ella, allí, en medio del campo, en 
semejantes soledades? 

Ya por aquellos días, los últimos del mes de Febrero, 
se habían producido en los alrededores sucesos de una 
importancia muy significativa. Casi toda la gente moza 
había huido, guareciéndose en los montes ; otros, los más 
" remolones ", fueron cogidos por la " leva ". Las caba- 
lladas habían sido recogidas antes, hacia el Brasil, no se 
sabía cómo, de un modo rápido y misterioso. Por último, 
los representantes de la autoridad no aparecían por parte 



KNTKK J,OS PASTOS 



139 



alguna. Era en realidad extraño que aquel comisario, don 
Matías, aún estuviera por allí. 

— Ese es " colorado — se decía Baudilia. — Tendría 
que haberse marchao con los otros. ¿Para qué buscará 
a Margarita? 

Con el declinar del día, su angustia se acrecentó. Ha- 
cía ya largo tiempo que despidiera a sus escolares, sin 
que Margarita regresara de su excursión. Cada vez más 
nerviosa, observaba de continuo el campo. Ni un alma 
viviente se advertía por los alrededores. El silencio, en 
aquel atardecer de verano, era imponente. Por fin se 
ocultó el sol bajo el horizonte, como una enorme bola de 
fuego. 

Entonces, Baudilia no pudo contenerse más. Hizo 
traerse el petizo aguatero con la china que tenía de 
sirviente y se dirigió, sin vacilar, a casa del vasco. Mien- 
tras galopaba en dirección al bajo, su cabeza ajetreaba 
los casos más contradictorios y absurdos. Acaso Marga- 
rito se hubiera detenido sin darse cuenta de la hora ; acaso 
se hubiera embriagado, aunque bien sabía ella que no be- 
bía; acaso, también, hubiera pegado una rodada y estaría 
lastimado. . . Quería admitir lo más absurdo; pero en lo 
íntimo se esforzaba en no creer lo que a cada instante 
se le ocurría : — "se lo han llevado para la guerra, como 
a los otros hombres del pago ". 

Llegó frente a la puerta del rancho del vasco, chico- 
teando rabiosamente al petizo remolón ; y apenas divisó 
al viejo, se tiró al suelo : 

— ¿Y Margarita? ¿dónde está mi marido? 

El vasco viejo, cachaciento, sin comprender el ansia de 
la pobre mujer, empezó a perder tiempo en cumplidos : 



140 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— ¡ Hola, doña Baudilia ! ¿ Qué milagro por acá ? En- 
tre. . . entre. . . 

— Diga, por favor. . . ¿Y mi marido? ¿Se lo llevó don 

Matías ? 

— ¡ Ma qué llevar, doña Baudilia ! Conversaron aquí de 
la cosa. . . Está fea, ¿sabe? Hay que irse. . . 

— Entonces ... no comprendo . . . Hable claro : ¿ dónde 
está Margarito? 

— ¡ Pse ! A buscar un carro, para irse. Hay rigulución 
y hay que irse. Es el consejo de don Matías, y también 
el mío, sí, sí. 

Baudilia empezó a respirar. Y con más calma y sere- 
nidad, hizo hablar al vecino. Don Matías, según éste, an- 
tes de marcharse para " el pueblo estaba avisando a 
dos o tres amigos " colorados ", para que reunieran las 
" cacharpas " más necesarias y emigraran cuanto antes 
de aquel foco de revolucionarios. La revuelta era inmi- 
nente, y aquellos que tenían algo que perder no debían 
descuidarse en semejantes soledades. 

— Un buen hombre, don Matías : otros no dar aviso a 
naides, sí, sí. 

Cuando Baudilia regresó a su casa, ya estaba allí Mar- 
garito. 

— ¿Qué es eso? ¿ande fuiste? 

Confióle ella sus temores y su diligencia, en breves pa- 
labras ; y en seguida quiso saber lo que él pensaba del 
asunto y lo que había hecho. Su marido le confesó en- 
tonces que un tanto alarmado por los consejos del co- 
misario amigo, se había ido hasta la casa de don Julián, 
para alquilarle la jardinera ; pero allí se encontró con la 
novedad que una partida de gente armada se la había 
llevado con todos los caballos. En lo de la tuerta, había 



ENfR# los PAS'ÍOS 



sucedido igual cosa. Así es que no contaba con otros me- 
dios de locomoción que sus propios caballos. 

— Pero aura, pensando dispacio, con más calma, — 
agregó Margarito, — me parece que nos hemos alarmao 
al cuete. Al fin y al cabo, si nos quedamos, ¿ qué nos van 
a hacer ? Nosotros no nos metemos con naides ; tuitos 
nos aprecean: ;pa qué dirse de aquí? Es zonzo eso, ¿no 
te parece? 

Baudilia estuvo prontamente de acuerdo. No temía a 
la revolución, y, por lo demás, teniendo a su lado a Mar- 
garito, estaba tranquila. 

— No se van a comer a la gente, ¿ no te parece ? — 
adujo, contenta ya, mientras disponía la mesa para la 
cena. 

— Nos comerán las vacas, y ya es de sobra, — argüyó 
su marido. 

Sobre el blanco mantel, que alisaba Baudilia con mano 
hacendosa, cayó de pronto, desde el techo, una araña. 
Iba a matarla Margarito ; pero ella le salvó la vida, arro- 
jándola al suelo : 

— No la mates : de noche anuncian suerte. 



V 



El 5 de Maizo de 1897, a las 5 menos un cuarto de la 
mañana, Aparicio Saravia cruzó con su ejército la fron- 
tera del Brasil por el paraje denominado Carpintería, en 
el Departamento de Cerro Largo, invadiendo así el terri- 
torio de la República Oriental del Uruguay en son de 
guerra contra el gobierno del señor Idiarte Borda. En el 
vecino estado de Río Grande do Sud, las huestes revolu- 
cionarias habían podido organizarse con todo orden y con- 
cierto, reuniendo numerosa caballada en los potreros de 
Ana Correa, cerca de Bagé, gracias a la complicidad pa- 
siva de los políticos brasileros. La misma o semejante 
tolerancia amistosa había encontrado Diego Lamas en 
Buenos Aires para armar su gente en las islas del Paraná 
y Entre Ríos, y salir él mismo, con su estado mayor, del 
Riachuelo en el "Leonor". La política de errores y 
abusos del mal gobernante uruguayo, caracterizada, en 
las relaciones exteriores, por una falta absoluta de habi- 
lidad y discreción, había tenido la virtud de trocar en 
aliadas de los revolucionarios " nacionalistas " o " blan- 
cos " a las naciones limítrofes. No puede así asombrar a 
nadie que aquella revolución, con tanto tiempo prepa- 
rada, provista de tan enormes recursos, favorecida pol- 
los países vecinos y contando hasta con la simpatía del 
partido "colorado " (divorciado del gobernante, que usur- 
paba su representación para entronizarse en el poder), 
fuera una de las más formidables y temibles de toda 
nuestra historia política. 



ENTRE EOS PASTOS 



143 



En las filas revolucionarias estaba el partido nacional 
en masa, sus hombres representativos y sus humildes 
secuaces de campaña, el doctor y el paisano, el joven es- 
capado de la ciudad y el crecido en la soledad del ran- 
cho. La prédica diarística del doctor Eduardo Acevedo 
Díaz en Ul Nacional — porfiada, terrible, demoledora, — 
había levantado todos los espíritus, fundiéndolos en un 
solo crisol. Y en el grande momento de la prueba, nadie 
había querido faltar a la cita. 

José María Reyes, joven de veintidós años, estudiante 
de medicina en Montevideo, hijo único de una aristocrá- 
tica y empingorotada familia; espíritu romántico, soña- 
dor, idealista ; buen muchacho, fino, atildado ; mejor he- 
cho para las comodidades de la ciudad que para las 
pellejerías del campo, — exaltado por el mismo fuego 
patriótico que ardía en los clubs políticos de sus corre- 
ligionarios, no había querido dejar de contribuir perso- 
nalmente a la tremenda contienda que se preparaba. De- 
jando, pues, familia y comodidades, interrumpiendo sus 
estudios y hasta acallando íntimos sentimientos del co- 
razón, una noche cruzó el río para plegarse a las fuerzas 
que se organizaban en Buenos Aires, y desde allí había 
sido enviado al Brasil para ser incorporado al ejército 
de Aparicio Saravia. 

Desde el primer instante, José María pudo advertir 
que sus condiciones y aptitudes, sus gustos y costumbres, 
contrastaban radicalmente con las de las gentes que iban 
a ser sus compañeros de campaña. El joven de la ciudad 
disonaba en el medio rural. Pero, inteligente, observador, 
y, sobre todo, gran y decidido partidario, de inmediato 
también se puso en tren de abandonar el barniz ciuda- 
dano que le cubría y de asimilarse las prácticas y usos 



144 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



del campo. Era la primera vez que corría tamaña aven- 
tura ; era la primera también que se arrancaba al lujo 
y confort de su hogar para ir a oficiar de secretario de 
un prestigioso caudillo, amigo viejo de su familia: sino 
por el entusiasmo con que había respondido al llamado 
de su causa, muy espontáneo y ardoroso, hasta por amor 
propio, nada más, hubiera tenido que hacerse en se- 
guida esta composición de lugar. 

Bien advertía el joven que muchas de aquellas gentes, 
rudas y sencillas, le miraban de soslayo, con su poco de 
desconfianza y un tantico de ironía : no era de los " pue- 
bleros " que colocan invertido el " mandil " sobre el lomo 
del caballo o que no saben comer el " churrasco " con los 
dedos; pero el embarazamiento con que llevaba sus fla- 
mantes bombachas, la blancura de sus manos bien cuida- 
das y su modo de coger las riendas para montar su 
"pingo ", despertaban en el paisanaje aquellos disimulados 
sentimientos. 

— Este secretario se nos queda por el camino, — ha- 
bía dicho una tarde, en un fogón, el bravo y ceñudo Ci- 
ríaco Cruz; y el dicho había quedado como una de esas 
comprobaciones que rompen los ojos y que sería locura 
poner en duda. 

Ciríaco Cruz, el amigo y protector de Juan de Dios, 
era el polo opuesto de nuestro estudiante de medicina. 
Frisaba en los cincuenta años, que llevaba con una arro- 
gancia y virilidad extraordinarias. Alto, fornido, cua- 
drado de espaldas, robusto de pecho, con una cabeza de 
león, grandota, cubierta de melenas negras, con unos 
brazos cuyos músculos parecían " guascas ", con unas 
manotas velludas que parecían zarpas, daba una impre- 
sión de fuerza salvaje y ruda. Sus ojos, entre la maraña 



ENTRE LOS PASTOS 



145 



de unas cejas revueltas e hirsutas, tenían una mirada de 
acero ; de su boca, perdida en el matorral de unas barbas 
incultas y vírgenes, salía un vozarrón a propósito para 
las voces de mando. Caminando a pie, parecía un coloso 
que se tambaleara ; a caballo, era una imponente figura 
de bronce, toda de una pieza. Por lo demás, un paisano 
rudo, pero buenísimo, servicial, ocurrente y francote. "Al 
pan, pan, y al vino, vino ", — como él mismo decía. Te- 
nía numerosos y viejos amigos del "otro pelo", con quie- 
nes " mateaba " en tiempos de paz, a quienes servía si 
llegaba la ocasión ; mas, en estallando la guerra, él, " más 
blanco que " güeso de bagual se iba con los suyos y 
¡ guay ! del " colorado " que se pusiera al alcance de su 
lanza : entonces ya no había " compadres " ni amigos : 
todos eran " salvajes ". Entre el paisanaje de Treinta y 
Tres y Cerro Largo, gozaba fama de sufrido y valiente. 
Ninguna enfermedad lo había volteado jamás. Para sa- 
carse una espina se cortaba él mismo con el facón una 
lonja de la pierna y se quedaba tan fresco. Sufría el ca- 
lor, el frío, las lluvias, las marchas y contramarchas, las 
noches enteras sin dormir, como un muchacho de veinte 
años. No le hacía ascos a las privaciones ni a los sufri- 
mientos. Por eso, era el soldado ideal en las patriadas ; 
por eso Chiquito Saravia le contaba entre sus mejores y 
más fieles " muchachos Todas las revoluciones " blan- 
cas " que agitaron al país, desde la célebre de Aparicio 
en el 70, — entonces contaría veintiún años, — le habían 
hallado bajo sus banderas. 

— Aquellos eran los güenos tiempos, solía decir. Enton- 
ces, no había estas armas de ahora, que matan de lejos. 
Entonces había que peliar a lanza. Puro coraje, ¡canejo! 
¡Y qué lanceros!. . . el vasco Bastarrica, el tape Medina, 

10 



146 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



los Burgueños, el coronel Carnes. ¡ qué se yo ! Pero nin- 
guno como el general Aparicio. Cuando Aparicio " den- 
traba " a lancear, se abría cancha como un yaguareté en- 
tre una manada de borregos. ¡ Ah, criollo lindo! Sólo con 
su corazón y su brazo, podía más que un escuadrón de 
" salvajes ". 

— Aura eso se ha acabao. Ya no hay gauchos, — le 
argüía alguien. 

— ¡ Quién lo dijo ! — tronaba Ciríaco Cruz, con su vo- 
zarrón imponente, fulminando con su mirada dura al 
interruptor. — Aura los "flojos" han inventao esos "mau- 
ses " pa tirar dende lejos y no comprometer el cuero ; 
pero entuavía quedan, deste lao, güenos criollos. Ai tie- 
nen al "general"; ai tienen a Chiquito... ¿Que no son 
lanceros esos? A ver quién se les pone delante cuando 
agarran, ansí, la lanza... ¡ Jué perra! ¡A ver quién es 
güeno pa ponérseles delante! 

No había que discutir con el hombre. Más bravo que 
un ají cumbarí, no permitía que se tocara a sus ídolos. 
Ellos serían los que salvarían al país. En sus manos es- 
taba el triunfo. Los que echaban a perder siempre las 
cosas, eran los " dotorcitos " de la " suidá ". ¡Mal haiga 
con los " dotores " ! Puro jarabe de pico ; pura chafalo- 
nía. Querían meterse en lo que no entendían, hacer de 
jefes, mandar, y así habían salido siempre en todas las 
contiendas: traicionando a los buenos criollos, a los que 
se pelaban sobre el caballo, a los que comprometían el 
pellejo de verdad, no con parolas y fiorituras. ¡Pucha con 
los " dotores " ! Ni servían para encender un " fueguito 
ni acertaban a apretarle bien la cincha a un caballo ! 

El odio al doctor, al pueblero, al hombre de la ciudad, 
en fin, era inveterado en el paisano Cruz; un odio Lns- 



ENTRE LOS PASTOS 



147 



tuitivo, físico, latente, que disimulaba ante todos, pero 
que en el calor de cualquier disputa o enojo, brotaba fá- 
cilmente a la superficie. No es que la comprobación de 
cualquiera superioridad excitara el amor propio del hom- 
bre de campo, despertando el rencor, — puesto que Cruz 
tenía el íntimo y pleno convencimiento de que el gaucho 
era superior al pueblero por todos conceptos : más franco, 
más leal, más trabajador, más valiente ; — es que todas 
las desgracias de que se dolía el país en general, y los ha- 
bitantes del campo en particular, provenían, según él, de 
los que mandan en la Capital, de los que hacen las leyes, 
de los que imponen las contribuciones, de los " dotores 
en una palabra... Ni los mismos titulados de su credo 
escapaban de su duro juicio: ¿no era por culpa de ellos 
que fracasaban todas las revoluciones ? — " Cuando se 
meten en el ajo los " manates " — solía decir — y em- 
piezan a embrollar con su palabrería y sus discursos, ¡ San 
se acabó !, no hay más que quebrar la lanza, enrollar la 
divisa y enderezar el flete para el pago : la rigolución 
está perdida ". 

Ciríaco Cruz fué el primero en mostrarse contrariado 
con la presencia de José María y otros puebleros que 
venían a ingresar a las filas de los Saravia. Los del 
" pago ", es decir, los de Meló, pase ; eran todavía crio- 
llos, hijos de criollos, todos conocidos. Pero aquellos 
otros que venían de la Capital, " jediendo a ricos ", hijos 
de gringos tal vez, muy blancos de cara, muy peinaditos, 
con las manos como señoritas, ¿pa qué servían? De es- 
torbo, dejuramente. No sabían hacer nada ; andaban como 
" bollados " ; el más infeliz de los paisanos llegaba siem- 
pre primero que ellos para pegarle un tajo al asado, 
alcanzar un mate o enfrenar caballo. ¿Y esos eran los 



148 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



que habían venido de ayudantes y secretarios? ¡Canejo! 
¿por qué no se habían quedado con el coronel Lamas, 
que, según las mentas, era también medio " dotor " y 
sabía hacer la guerra, no a la manera criolla, a chuza- 
zos, sino como la hacían, dicen, en las " Uropas con 
mapas, " anteojuelos " de larga vista y armas de pun- 
tería ? 

Cuando el buen y tradicional criollo espetaba en rueda 
de amigos este o parecido discurso, todos asentían a su 
decir, no sólo por el respeto que les merecía quien hablaba, 
sino porque, en lo íntimo de su ser, compartían esas ideas. 
Aún reconociendo que los " forasteros " eran soldados de 
su mismo credo, amigos de causa, que venían a pelear por 
lo que ellos mismos pelearían, no estimaban en mucho su 
ayuda ni tenían gran fe en su bravura. En el fondo, había 
el hondo distanciamiento que cabe entre el inferior y el 
superior, la rivalidad del hombre de campo por el de la 
ciudad, y algo así también como la indómita protesta de 
una raza que muere, que va extinguiéndose, que se siente 
desaparecer del escenario de la vida ante la fuerza con- 
quistadora del progreso, ante el avance de los hombres 
nuevos, altivos y seguros del porvenir. 



VI 



La luz grisácea del día que avanzaba bajo el horizonte, 
iba invadiendo poco a poco los campos, ahuyentando las 
sombras de las hondanadas, encendiendo toda la gama del 
verde en los árboles, animando con un soplo de vida aque- 
llos fantasmas espectrales que en larga columna movible 
habían cruzado bajo el extravío enorme de la noche. A 
medida que la claridad crecía, el ejército de Saravia en 
marcha surgía más formidable. Era una columna búhente, 
piafadora, multicolor, que avanzaba despacio, desde tie- 
rras del Brasil, y, culebreando, convulsa, con fugaces 
centelleos de armas, con un sordo redoble de cascos, con 
rápidos parpadeos de ponchos y banderolas, se entraba al 
terruño nativo de un modo incontenible, interminable. . . 

El aspecto de aquel ejército de 1.500 hombres, era real- 
mente majestuoso. Bien ordenados, marchando en co- 
lumna, solemnes, graves, como ungidos por las banderas 
que flotaban sobre las divisiones, daban una impresión 
de fuerza incontrastable. Iban a la cabeza, el general 
Aparicio Saravia, seguido de sus ayudantes ; la plana 
mayor, con el representante del comité revolucionario, se- 
cretarios, oficiales y practicantes ; seguía la escolta del 
general ; venía luego la división de su hermano, Chiquito 
Saravia ; después, nutridas, animadas, plenas de colo- 
rido y movimiento, la infantería, los escuadrones de An- 
tonio Mena, Tomás Borches, Basilio Muñoz, Rivas, Gam- 
boa; y por último, a retaguardia, cerrando el desfile, la 
división del coronel Juan Francisco Mena. 



150 



VÍCTOR TÉKKZ PKTIT 



. Entonces, en la gloria de la mañana que se abría en el 
Oriente como un ramo de rosas ígneas en un altar, las 
huestes revolucionarias se arremolinaron sobre la tierra 
uruguaya. Un frenesí patriótico sacudió todos los cora- 
zones. Un indómito anhelo de vencer y de triunfar vibró 
en todos los espíritus. El convencimiento de que se cum- 
plía en aquel momento un acto solemne, del cual deri- 
varía la libertad de la patria esclavizada, puso como una 
demencia de entusiasmo hasta en los más tímidos o re- 
concentrados. Surgió un grito, luego otro, victoreando al 
partido; y luego fué un desconcierto de voces que subían, 
aumentaban sobre la paz religiosa de los inmensos cam- 
pos, aún dormidos. En ese instante, estallaron las dianas 
de los clarines y el aire azulino se ahondó de notas vi- 
riles y marciales. Fué un momento de enajenamiento y 
de delirio: algunos hombres se abrazaban; otros, enhies- 
tos en sus caballos, enclavando la lanza en el suelo, echa- 
ban atrás la orgullosa cabeza en un reto lejano al his- 
trión que se refocilaba, allá, en la Capital; algunos, en 
fin, volviendo el rostro, se enjugaban con disimulo una 
lágrima. 

— ¡ Viva la patria ! 

— ¡ Vivaaaaa ! . . . — repetían voces sin acento, desco- 
loridas, esas voces del criollo desacostumbrado a los Víc- 
tores ruidosos de los mitines ciudadanos. 

— ¡ Viva el partido nacional ! 

— ¡Viva el partido blanco... barajo! 

Era Ciríaco Cruz. Su vozarrón tremendo acababa de 
estallar como una bomba al lado del ¡viva! lanzado por 
José María Reyes. ¡ Qué partido " nacional " ni qué 
cuerno! Eso era invención de los de la ciudad. Su partido, 
el de él, el de sus padres, el de todas las patriadas, era 



ENTRE EOS PASTOS 



151 



el partido " blanco Y así parecía proclamarlo, airada- 
mente, con la doble injuria de sus ojos, clavados en el 
pueblero. 

— ¡Viva el partido blanco, viejo! — respondió José 
María, que exultaba de entusiasmo en aquella mañana 
heroica y triunfal, y que hubiera querido abrazar a todos 
sus compañeros de causa. 

— Ansí debe ser, — replicó, satisfecho, el coloso, ha- 
ciendo caracolear su caballo. 

Pero el ejército estaba ya formando cuadro para oir 
la proclama que el señor Aróztegui iba a echarles. Cru- 
zaron órdenes, se ordenaron las divisiones y se resta- 
bleció el silencio. El representante del gobierno revolu- 
cionario dió entonces suelta a sus furias oratorias y con- 
cluyó por electrizar a la muchachada. 

— ¿Quién es este paisano que parece un cerro? — ha- 
bía inquirido de un oficial José María, después de su 
encuentro con Cruz. 

— Es un buen correligionario ; un paisano a carta ca- 
bal. Creo que se llama Ciríaco Cruz, y acompaña a Chi- 
quito. 

— Parece que no le gustó mi ¡ viva ! al partido nacional. 

— Es muy blanco, no me extraña ; para él no debe 
haber más que blancos. Cuando venga bien, se lo voy a 
presentar. Es un amigazo que le conviene tratar. 

En efecto, al atardecer de ese día, alrededor de un 
fogón, el oficial cumplió su palabra haciendo las pre- 
sentaciones. 

José María, ávido de hacerse amistades, se mostró cor- 
dial con el jigante. En cuanto a éste, reservado por natu- 
raleza, 110 dejó por ello de acoger bien al joven. 

— Cuente con un amigo, pa lo que pueda servirle. 



152 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



En los días subsiguientes no volvieron a hallarse. José 
María había sido destacado a la vanguardia, y el grueso 
del ejército marchaba detrás, más lentamente, recogiendo 
las incorporaciones de partidas sueltas. Después de vadear 
el Río Negro, costeáronlo del lado del departamento de 
Rivera; volvieron al Sur; tornaron a pasar al Norte, y 
después de haber llegado al límite de Tacuarembó entra- 
ron en Cerro Largo, para llegar hasta las puntas del 
Avestruz, en Treinta y Tres. Eran marchas y contra- 
marchas, zigzagueos y avances, que soportaban alegres 
los paisanos y cuya monotonía se alegraba cuando de 
pronto, sobre la orilla de un monte, surgía una pequeña 
hueste de correligionarios buscando la incorporación. En- 
tonces, hecho el reconocimiento, los grupos se confundían, 
entre vítores y frases de bien venida. Pero, para la van- 
guardia, la correría resultaba más fatigosa. Siempre en 
descubierta, marchaba a trote y galope, a toda hora, en 
cualquier instante, de día o de noche, bajo el sol, que 
aún era ardiente en aquel mes de Marzo, o bajo la lluvia, 
que se insinuaba de repente en punzantes e incómodas 
garúas. El estudiante de medicina estaba materialmente 
deshecho y a las veces, cuando se apeaba del caballo, no 
podía dar un paso, entumecido y envarado. Entonces, ten- 
dido sobre el cojinillo, mal recubierto por el poncho, se 
dormía como un tronco y el pardo que estaba a sus in- 
mediatas órdenes tenía que sacudirlo vigorosamente para 
despertarlo. 

— Capitán! Capitán!; la gente va a marchar. 

Se levantaba con todo el cuerpo dolorido, la cabeza 
pesada, incómodo por la falta del baño habitual, reseca 
la boca. Y apenas sorbidos unos mates, si había tiempo, 
o apurado el churrasco que el asistente le tenía sobre las 
brasas, vuelta a montar y a emprender la marcha al trote 



ENTRE EOS PASTOS 



153 



y galope, al través de campos desconocidos y arroyos ig- 
norados, siempre con el espíritu alerta en pos del invisible 
enemigo. Rn los ranchos solitarios, perdidos en medio de 
la extensa campiña, se requerían rápidos informes. " Di- 
cen que el general Muniz va marchando por allá abajo, 
recostao al Río Negro " Deste lao de Mansavillagra 
si ha hecho sentir gente ; han de ser del gobierno O 
bien : " Ladéense al Yi, que hay una partida buscando la 
incorporación " ; "ayer, de tardecita, cruzó po aquí el 
vasco con sus muchachos del Avestruz ; los van a topar 
por ai no más cerquita ". Y continuaba el trote y galope, 
cansado y demoledor, al través de inmensas zonas inva- 
didas de chilcas, de bañados donde chapaleaban cansados 
los caballos, atravesando pasos ocultos por misteriosos y 
traidores montes de espesura, siempre por tierras desco- 
nocidas, tristes y solitarias. ¿Cómo no perdía el rumbo 
aquella gente? Esto constituía el perpetuo asombro del 
estudiante revolucionario. Al través de noches negras y 
profundas, en las que no se veía ni al compañero que 
iba al lado, el destacamento marchaba sin vacilar, con 
paso seguro. " Ahora estamos en los potreros de Fulano 
de Tal " ; " ahora vamos a hallarnos la cañada Cual " : ni 
los nombres podía recordar José María. Pero la cañada 
aparecía al cabo y de ella tenía noticia el pobre muchacho 
porque de pronto su caballo disminuía la marcha y el 
ruido del agua y de los guijarros se alzaba bajo los cascos. 

Así, una madrugada, cuando se creía ya el joven a 
veinte leguas por lo menos del ejército de Saravia, se 
encontró, al despertar, con que el ejército acampaba en 
el mismo sitio. 

— Capitán! Capitán! El comendante lo anda buscando, 
— díjole el pardo. 

Clareaba la madrugada, — una madrugada gris, hú- 



154 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



meda y fría. El pasto estaba empapado. Por toda la ex- 
tensión se veían grupos de gentes y caballos. Algunas hu- 
mazas denunciaban que hacía rato los criollos se repo- 
nían con el mate. 

— Capitán, — le ordenó su jefe, cuando compareció a 
su presencia, — lleve este parte al Coronel Chiquito. 

¿Qué sabía él del parte? El otro secretario lo hacía 
todo; e^a el verdadero confidente del jefe. A él no se 
le decía, no se le consultaba nada. Era un verdadero cero 
a la izquierda. Se sentía humillado en aquel puesto que 
sólo desempeñaba titularmente. 

— Lo hallará en aquella lomita, vé? 

— Sí, comandante. 

— Bueno ; es de apuro. 

Y así dejó la vanguardia, — porque luego Chiquito lo 
retuvo a su lado, — sin conservar de su actuación en ella 
más que el recuerdo de una pesadilla, — una marcha por- 
fiada, fatigosa, cruel, siempre a trote y galope, al través 
de campos desconocidos, perdido el rumbo, y en medio 
de noches espantables de tinieblas, en las que a cada 
minuto esperaba oir el crepitar de las balas del enemigo, 
escondido en algún rincón, entre aquellas sombras, no 
sabía dónde . . . 



VII 



El 18 de Marzo las fuerzas de Aparicio Saravia habían 
atravesado la ciudad de Meló con dirección a Arbolito. 
en medio de un entusiasta recibimiento hecho por la po- 
blación, en su gran mayoría nacionalista. José María 
conservaba aún en la retina la visión de aquella ciudad 
pequeña, triste, con algunas casas de tejas, de fisonomía 
colonial, pero animada durante el pasaje del ejército por 
la presencia de multitud de mujeres y chicuelos que los 
vivaban y aplaudían. Recordaba, sobre todo, la nota de 
color, alegre y regocijada, que ponían cuatro o cinco mu- 
chachas en pie sobre un banco, frente al Hotel de Isasa, 
con grandes moñas celestes en el cabello. Una de ellas, 
morochita, regordeta y agraciada, chillaba sus ¡ vivas !, 
frente al tropel de gauchos ya deshilacliados y rotos por 
los rigores de la cruzada, hasta ponerse roja como una 
guinda. Ese día, el ejército pernoctó en los campos de la 
viuda Elvira, a legua y media de Arbolito. 

En la madrugada del 19, Chiquito se puso en marcha 
hacia este paraje, siguiéndole, horas después, Aparicio. 
Sabíase ya que las fuerzas gubernistas, al mando del ge- 
neral Muniz, se hallaban cerca del Paso de Guazú - Nambí. 
La batalla era inminente. 

Era una mañana nebulosa, húmeda y triste. Los campos 
parecían envueltos por cendales grises, que disimulaban 
traidoramente los objetos. Por eso el comandante An- 
tonio Mena, que iba en descubierta a la vanguardia, se 
topó casi bruscamente con el destacamento del mayor 
Derquin y del jefe político de Cerro Largo, don Gumer- 



156 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



sindo Collazo, que la noche anterior acamparan en las 
islas del arroyo Parado. El tiroteo, quebrando repentina- 
mente la quietud de la madrugada, sorprendió a Chiquito 
cuando se hallaba mateando con sus oficiales en la pul- 
pería de Falco, distante unas veinte cuadras del arroyo. 
Hubo un momento de atención entre los revolucionarios; 
todos comprendieron, instintivamente, que algo grande y 
solemne se preparaba. 

Entre un grupo de camaradas, Ciríaco Cruz irguió 
altanero su busto, brillantes las pupilas, regocijada su fi- 
bra salvaje : 

— Empezaron los cuetes: aura va a ser la fiesta, — 
dijo. 

José María, en vez, experimentó una indefinible emo- 
ción. ¿Qué iba a resultar de aquel combate? ¿Qué suerte 
le estaba a él destinada? ¿En qué paraje, en qué sitio de 
aquel gran campo desconocido tendría que batirse? ¿Les 
esperaba el triunfo o la derrota? Y más quedo, más es- 
condidamente, allá en quién sabe qué misterioso rincón 
de su ser, la angustia secreta del instinto : — ¿no me to- 
cará a mí en este día quedar tendido por ahí, entre los 
pastos ? 

Se encaminaba hacia la pulpería, cuando se cruzó con 
el jigantón. 

— Parece que es para hoy el baile, — dijo. 

— Parece — repuso concisamente Cruz. 

El gaucho se quedó mirando de atrás al joven secreta- 
rio. Luego, sacudiendo levemente la cabeza, como res- 
pondiéndose a una muda interrogación, murmuró: 

— Ya veremos. 

El tiroteo, lejano, recrudecía. Evidentemente las avan- 
zadas tomaban más íntimo contacto. En la amplia exten- 
sión, los tiros sonaban como leves cohetes. 



ENTRE LOS PASTOS 



157 



Así transcurrió el tiempo. Chiquito, muy tranquilo, 
seguía tomando mate. ¿Por qué no movía su gente? ¿qué 
esperaba? José María no comprendía nada. 

Cerca de las siete, hubo un movimiento en el campo. 
¿Es que la vanguardia, destacada sobre el arroyo, retro- 
cedía hacia la pulpería ? No ; rápidamente se supo lo que 
aquello significaba. Un oficial de Mena llegaba con un 
parte anunciando que Derquín acababa de entregarse con 
su gente y un carro de municiones. 

Todos los rostros se iluminaron de alegría. La jornada 
comenzaba bien. Aquella defección del jefe gubernista 
podía minar el poderío del ejército de Muniz. Ya nadie 
dudó de la victoria. El mismo Chiquito, que tomaba en la 
mañana de Arbolito su último desayuno, volvió el rostro 
risueño y confiado, y dijo a uno de sus oficiales : 

— A esa oveja la vamos a esquilar muy pronto. 

Se refería a Justino Muniz, a quien odiaba con todo 
el fuego de su alma joven. El jefe gubernista, tránsfuga 
de su mismo partido, acaso por rivalidad personal con los 
Saravia, acaso por su devota vinculación con el diputado 
Juan José Segundo, era la " béte noire " del ardiente cau- 
dillo. De buena gana, a la usanza medioeval, hubiera él 
substituido la suerte de aquella batalla a la de un duelo 
personal en campo abierto y a lanza corrida con el cam- 
peón adversario. 

Pero ya la batalla se formalizaba. De uno y otro lado, 
el fuego era cada vez más nutrido. Evidentemente en- 
traban en combate nuevas unidades. Lejos, al través de la 
niebla, se veían avanzar grupos de gente apresuradamente 
y a poco las descargas extendían su radio. Chiquito había 
montado e impartía órdenes, al cabo. Sus ayudantes sa- 
lían en todas direcciones al galope. Sólo la caballería es- 
taba inactiva. 



158 



VÍCTOR P¿KEZ PETIT 



El frente de batalla de los revolucionarios era real- 
mente extenso. Partiendo de una honda quebrada que 
existe al pie de las puntas del Cerro Largo, donde apo- 
yaba su extrema derecha, continuaba por detrás del edi- 
ficio de una escuela pública, pasaba por las casas de 
Perdomo, Andrés Vázquez, la pulpería de Falco y la casa 
de don Ramón Líbano, yendo a apoyar su extrema iz- 
quierda en una manguera de piedra existente en la misma 
propiedad de Líbano, formando un semicírculo de unos 
seis kilómetros de extensión. A retaguardia, desde el 
Cerro de la Divisa, Saravia dominaba todo el campo. 

De pronto, la neblina empezó a rasgarse, y entonces 
pudo verse la importancia de las fuerzas combatientes. 
El jefe gubernista tenía bajo su mando unos 2.000 hom- 
bres ; Saravia contaba con 2.500 revolucionarios. ¿De 
dónde ha salido tanta gente ? — parecía preguntarse el es- 
tudiante de medicina, asombrado de aquel espectáculo 
que la disipación brusca de la niebla hacía casi feérico. Y 
un poco del entusiasmo que enardecía a sus compañeros 
empezó a reanimarlo. 

Pero ya las caballerías se movían. ¿Dónde iban? Las 
divisiones marchaban en opuestos sentidos. El joven se- 
cretario, novel en el arte de la guerra, no entendía nada 
absolutamente de todo aquello. Sólo advertía que la inten- 
sidad del fuego recrudecía. Pero no veía ningún avance ; 
ningún retroceso tampoco : la necesidad de todos esos des- 
plazamientos de fuerzas se le escapaba por completo. 

Tuvo que partir, a su turno, con una orden. Si en el 
ala derecha de Muniz la Urbana parecía vacilante, en cam- 
bio, en la izquierda, el 3. de caballería resistía porfiada- 
mente. Saravia empezó a impacientarse. Aquella resisten- 
cia le enconaba. Había que intentar una carga para de- 
finir un poco las cosas. José María llevaba una orden 



ENTRE U>S PASTOS 



159 



Al acercarse a la línea de fuego, el bisoño secretario 
creyó que vivía una vida nueva. Un sentimiento extraño 
enervó todo su ser. Tuvo miedo. Cada paso de su caballo 
al galope parecía hundirle en un antro de muerte. El ruido 
de las descargas se hacía cavernoso, tremendo, lúgubre. 
Los grupos de combatientes se veían ahora claramente. 
En algunos parajes, la humaza de los disparos señalaba 
dos líneas a doscientos metros, apenas, una de otra. Más 
lejos, allá atrás, sobre el campo enemigo, un tropel de 
gentes a caballo cruzó al galope. Un acre olor de pólvora 
envenenó de golpe la pituitaria de José María. Después, 
al aproximarse más a la tropa para la cual llevaba la 
orden, dejó de ver el campo de batalla y sólo distinguió 
un rincón de la gran tragedia. 

Eos hombres combatían tendidos en el suelo, haciendo 
funcionar sus armas con porfiada precisión. Algunos se 
arrastraban con cuidado para aprovechar mejor un acci- 
dente del terreno ; otros, huraños, torvos, enconados, com- 
pletamente ajenos al parecer a cuanto les rodeaba, po- 
nían una rodilla en tierra para apuntar mejor su arma 
sobre el grupo de enemigos que veían, del otro lado, 
avanzar cautelosamente. Y siempre aquel continuo repi- 
queteo de las descargas, continuado, tenaz, que se acen- 
tuaba a veces en borrascosas ráfagas de muerte. José 
María advirtió de pronto algo así como el fugaz zumbido 
de un moscardón; luego, casi en seguida otro; sólo des- 
pués de un instante se dió cuenta que eran balas de 
máuser que habían pasado sobre su cabeza. Enardecido 
entonces, haciendo esfuerzos para dominar un principio 
de pánico, continuó avanzando. Ahora tenía prisa en des- 
empeñar su comisión. Se cruzó con varios heridos que 
se retiraban de la línea de fuego, mudos, reconcentrados, 
lívidos, con un principio de fiebre en la mirada; arras- 



i6o 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



trándose algunos penosamente, salpicadas las ropas de 
sangre. Y advirtió también, aquí y allá y un poco más 
lejos, cuerpos inmóviles, rígidos, en posturas extrañas, 
mal disimulados por los pastos, entre charcos rojizos que 
manchaban el esmeralda del campo . . . 

En frente, muy cerca ahora de donde estaba, infinidad 
de bocanaditas de humo blanco se elevaban al ras de 
tierra, precediendo el ruido cascado de las descargas. Las 
notas claras y revibrantes de un clarín sonaron a la dis- 
tancia, y casi de inmediato otro toque de clarín, más 
próximo, pareció contestar al primero. Oyó gritar unas 
órdenes por una voz dura y áspera. Luego, un recrudeci- 
miento del fuego de fusilería ahogó todos los otros ru- 
mores de la batalla. Y, de súbito, como una visión dan- 
tesca, entre un redoble creciente de cascos sobre la tierra, 
vió cruzar cerca de allí, a su derecha, un escuadrón de 
lanceros. 

Medio atolondrado por la vorágine del combate que le 
rodeaba, miró la carga. El tropel de gauchos, tendidos 
sobre los cuellos de sus caballos voladores, pasó en una 
racha de temporal, se hundió en el bajo y de pronto re- 
surgió del otro lado, entreverado ya con el enemigo. Un 
sordo clamor, raudo, salvaje, se fundió entonces con las 
crepitaciones de la fusilería. Para ver mejor, él y el jefe 
de la vanguardia, se empinaron. Pero ya la carga, des- 
hecha, volvía grupas, en desorden, desbandándose. 

— ¡Flojos! — masticó el jefe. 

Los clarines reanudaban sus aullidos. Las descargas 
parecían multiplicarse. Gritos y juramentos del lado del 
entrevero. Algunos caballos cruzaron al galope, sin su 
jinete. 



ENTRE EOS PASTOS 



161 



'—¿Qué fuerza está ahí en frente? — preguntó enton- 
ces José María. 

— El 3. de Caballería. Duros de pelar, los indios, — 
contestó su interlocutor. Volviéndose luego hacia un ayu- 
dante : — Que los tiradores se recuesten más a la iz- 
quierda. Vamos a ayudar la carga que ha de volver. 

El ayudante dió media vuelta para ir a cumplir la 
orden, y, de súbito, sin un grito, como un árbol tronchado 
por la base, se desplomó. 

— Ya estuvo, — exclamó el comandante ; — ¡ pobre 
muchacho! A ver, usted, capitán, hágame el favor... 

Reyes partió, corriendo ; casi espoleado por el miedo. 
Tan rápido corría, que de pronto dió un paso en falso 
sobre una desigualdad del terreno y rodó como una pe- 
lota. Se alzó, medio atontado y emprendió de nuevo la 
carrera. 

— Que los tiradores se recuesten más a la izquierda. Va 
a dar otra carga la caballería. 

La carga se producía ya. El tropel de los caballos y la 
gritería de los hombres cruzó el campo como un aletazo 
frenético. Y allá abajo, redoblaron las lúgubres des- 
cargas. 

— Más a la izquierda... Más a la izquierda... ¡Va- 
mos, rápido !. . . 

La voz de mando pasaba de uno a otro. Los tiradores 
se desplazaban con agazapamientos de tigres. 

— Más a la izquierda. . . Más a la izquierda. . . 

Sobre la lomada opuesta, la fuerza gubernista empe- 
zaba a ser arrollada. Los lanceros revolucionarios se re- 
volvían como demonios en medio de una hornalla de 
fuego. 



11 



IÓ2 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— ¡ Lindo, no más ! — murmuró alguien, al lado de 
José María. — Empiezan a aflojar los salvajes. 

Pero, en ese momento, cayó sobre los asaltantes una 
tromba formidable. Era la escolta de Muniz. Sorprendi- 
dos, desorganizados, cercados por todos lados, los lan- 
ceros de la revolución empezaron a desbandarse. 

Fué entonces que Chiquito Saravia intervino personal- 
mente en el combate. A la vista de su enemigo, de aquel 
odiado Muniz, no pudo refrenar su ardor guerrero. Un 
hálito de demencia le revolvió el pensamiento. Se olvidó 
de que allí era él un jefe, que estaba allí para dar ór- 
denes y no para cargar a lanza, como un soldado cual- 
quiera. El coraje le ardió en las venas ; olvidó toda pru- 
dencia ; no fué más que uno de aquellos gauchos de la 
tradición heroica ; y, lo mismo que el otro Aparicio en la 
batalla del Sauce, requirió la lanza de una manotada, 
puso al freno su caballo que resollaba fuego, y partió 
como un viento de tempestad, aululante, frenético, arro- 
llador, seguido por la avalancha salvaje de sus hombres. 

A juzgar por la altura del sol, sería entonces la una 
de la tarde. La batalla estaba en su apogeo. Sobre el 
rumor, ahora ininterrumpido, del fuego de fusilería, 
cruzó el terrible galope de la atropellada. 

— Pero, ¡ si es el Chiquito ! — clamó, estupefacto, el 
jefe de la vanguardia. 

Era Chiquito, en su zaino, con el alférez Chalar, en 
un tordillo, que bajaban como relámpagos sobre el ene- 
migo. Y tal como un ariete formidable va a abrir un 
hueco en una muralla de piedra, desmoronándola entre 
una nube de polvo, así cruzó el caudillo nacionalista entre 
las filas del gobierno, rompiéndolas, apartándolas con su 
indomable galope. Ebrio de sangre y de furor, lanceó el 
gaucho bravio a un soldado ; con el regatón de la lanza 



ENTRE EOS PASTOS 



163 



apartó a derecha e izquierda a dos más que dejaba a 
retaguardia, y sólo pudo contener su impulso frenético 
cuarenta metros más allá de la línea de combate. 

Delante de Chiquito y de Chalar corría un teniente de 
las fuerzas de Muniz, huyendo de la atropellada. Mas al 
advertir de pronto, que cesaba el galope de sus persegui- 
dores, dió vuelta la cabeza. Una bala había herido al 
zaino del caudillo blanco, y éste, al verse a pie, se dis- 
ponía a montar el tordillo de su alférez. Fué entonces que 
Chiquito recibió un balazo en el lado derecho del cuerpo. 
Era una herida mortal ; pero, indomable, lleno de san- 
gre, se cogió a la crin del caballo, queriendo pelear to- 
davía. . . 

El teniente que huía sofrenó de golpe su animal, volvió 
grupas, y, desanudando sus boleadoras, lanzó un tiro para 
maniatar al tordillo. Mal dirigido el golpe, en vez de bo- 
lear el caballo, las guascas se ciñeron al cuello de Chiquito, 
derribándolo al suelo. Y allí, en el suelo, le atropello el 
teniente. 

— ¡ No lo mate, teniente, que es el Chiquito ! — gritó 
Chalar, que acababa de ser derribado, a su vez, por otro 
balazo ; pero ya era tarde : la espada del militar había 
bajado como un rayo, partiéndole el cráneo al caudillo 
nacionalista. 

La imprudencia del arrebatado Chiquito decidió la ba- 
talla a favor de su enemigo. Ya las caballerías se retira- 
ban en desorden, dejando el tendal de muertos. Quisie- 
ron, en vano, los fusileros contener el avance de las tropas 
de Muniz: éstas se les venían encima furiosas, como una 
ola incontenible. Desalojado de sus posiciones Ignacio 
Mena, los gubernistas sentaron el pie en la cañada del 
Parado. Entonces, Saravia ordenó la retirada. Eran las 
tres de la tarde. 



VIII 



— Está triste esto; paice la fin del mundo, — dijo Mar- 
garito, devolviéndole el mate a su mujer. 

Para que un criollo encuentre triste y solo el campo, 
es preciso, en verdad, que no queden en él ni las alimañas. 
Y estaba triste, en efecto : en todo el dia la mirada no des- 
cubría alma viviente en la vastedad de los confines. No 
quedaba un caballo en todo el pago, y los vacunos, los 
pocos que por allí había, debían haberse internado en el 
monte. Por la noche, las claudicantes lucecillas que antes 
denunciaban, aquí y allá, a lo lejos, el rancho de fulano 
o de zutano, también se habían apagado. O las vivien- 
das estaban abandonadas, o sus moradores se muraban 
bien, sin dejar resquicio, apenas bajaba el sol. Una quie- 
tud, un silencio imponentes, se abatían sobre la natura- 
leza, y, si, por acaso, piaba algún pájaro durante el día 
o por la noche chirriaba una lechuza, el grito, perdido en 
el hondo silencio, solo, aislado, caía como en un antro de 
muerte. 

— Va pa sais días que no vemos a naides, — comentó 
Baudilia, volviendo con otro mate. — Hasta la chiqui- 
linada ha juído de la escuela. 

Margarita, sentado en un banco, al lado de la cocina, 
sorbía lentamente el mate, errante la mirada por los cam- 
pos, que se azulaban con el crepúsculo. Por primera vez 
acaso, en su vida, se encontraba tan solo y tan aislado, 
con aquel éxodo de gentes y la paralización total de todas 
las faenas camperas. En cuanto a Baudilia, parecía no ex- 



I 



ENTRE EOS PASTOS 



165 



trañar la soledad; dijérase, más bien, que se avenía mejor 
su espíritu con ella. 

— ¿Y qué será de la vida de misia Ramona, sola, la 
pobre, con Faustino y la parda? 

El iba a exponer sus suposiciones sobre aquel tema, 
cuando de pronto se detuvo, escuchando. Su finísimo oído 
de gaucho acababa de advertir un rumor lejano, inusitado. 

— Escucha . . . 

Baudilia, que recogía el mate, prestó atento oído. 

— No oigo nada . . . 

— ¡ Pst ! — hizo él. 

Nada. Un profundo silencio, como siempre, se abatía 
sobre el campo. Creía ya haberse equivocado, e iba a 
pegar la hebra sobre la interrogación formulada antes por 
su mujer respecto de la viuda de don Carmelo Antúnez, 
cuando por segunda vez se detuvo intrigado. 

— Se me hace ruido de caballada, — dijo. 

Púsose en pie, dió la vuelta a la cocina y escrutó con 
su aguda mirada el paso del bajo, disimulado por el 
monte. 

— Sí, aura me parece a mí también... — murmuró 
Baudilia. 

Del rancho grande, sin verlos a ellos, salió de repente 
Canelón como una flecha, avanzó varios metros, y lanzó 
unos ladridos en dirección del bajo. 

— Ya decía yo, — argüyó Margarita. 

— ¿Quiénes podrán ser? 

— Gente del gobierno o revolucionarios, vaya a saber. 
Si no vienen p'acá, sólo los veremos cuando trepen por 
la lomita del zurdo. 

No se equivocó Margarita. El rumor se desvaneció por 
completo; pero, diez minutos después, empezó a subir 



i66 



VÍCTOR PÉREZ PKTIT 



por la lejana loma una tropilla suelta de caballos. Por los 
flancos de ésta se advertían varios jinetes, armados a 
lanza. 

— Allá van, — indicó Margarito ; — es gente de los 
revolucionarios. 

La diminuta aparición palpitó algún tiempo como una 
figura chinesca sobre la lomada y luego, trasponiéndola, 
se perdió de vista. 

— Se fueron, — dijo Margarito, volviendo a su asiento. 
Pero, en el mismo instante, comenzó a ladrar Canelón 

furiosamente, avanzando hacia el bajo. Baudilia y Marga- 
rito tornaron a salir. 

— Alguno viene p'acá, — dijo él. 

En efecto ; de un abra del monte, surgió repentinamente 
un jinete, y casi en seguida otro, los que apareándose 
luego, tomaron el galope, derechos sobre el rancho. 

— • Margarito. . . — murmuró Baudilia, con un ligero 
temblor en la voz. 

— ¿ Qué hay ? — replicó varonilmente él ; — son dos, 
nada más. No siás zonza. Dentrá. Ya veremos qué 
quieren. 

Entró también él a la casa, se metió un pistolón en el 
bolsillo, y salió en seguida. 

— ¡ Canelón ! ¡ Aquí, Canelón ! 

El perrazo, rezongando, se le acercó. 

— Quieto, Canelón; hay que ver quiénes son estos 
mozos. 

Eos dos jinetes llegaban al galopito. Eran dos hom- 
bres mal entrazados, sucios, rotos. El uno venía armado 
de lanza y el otro con carabina. 

" Estos deben ser de la partida aquélla pensó Mar- 
garito, tranquilizándose y saliendo al medio del patio. 
" Vienen a agenciar algo ". 



ENTRE LOS PASTOS 



l67 



La verdad es que la figura y el aspecto de los dos recién 
llegados no era para inspirar confianza a nadie ; pero, en 
tiempo de guerra, no llama mayormente la atención el 
ver hombres con trazas de bandidos. La vida ruda del 
campamento, las malandanzas de las marchas, las incle- 
mencias del tiempo, los sufrimientos y trabajos, convier- 
ten al más estirado de los doctorcitos en un tenebroso de 
cine. Aquellos dos revolucionarios iban vestidos de ji- 
rones, sucios, puercos de barro, con trapos descoloridos. 
El de la lanza era un paisano cincuentón, bajito, rechon- 
cho, con todo el rostro cubierto de pelos. Tenía todo el 
aspecto de un desgraciado y no hubiera producido a na- 
die repulsión si no fuera por sus ojos, unos ojos falsos, 
solapados, malos, que querían ser tiernos y miraban de 
soslayo en rápidos disimulos, que parecían puñaladas. Su 
compañero, el de la carabina, era un hombrote joven, 
flaco, alto, aindiado, de color de cobre, con unas cerdas 
punteagudas por bigote. Tenía una enorme cicatriz sobre 
el costado derecho ' de la boca, que le daba un extraño 
aspecto de ferocidad. Llevaba un poncho patrio lleno de 
remiendos y costuras y calzaba alpargatas inmundas. Al 
llegar, sofrenaron, cambiaron una mirada y dijeron casi 
a un tiempo : 

— Güeñas tardes. 

— Güeñas, — respondió Margarita. — ; Qué se les 
ofrece, amigos? 

— Perdone si molestamos, — adujo entonces el más 
viejo ; — vamos arriando una caballada. Sernos de la gente 
del coronel Núñez. Entonces, cuando vadeamos el paso 
en la cañadita esa, el teniente vió estas poblaciones y nos 
dijo : " A ver, muchachos, alléguense a esas casas, a ver 
si consiguen un poco de yerba Ya ve, no tenemos ni un 
" palito " pa meter en el " porongo ". 



i68 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— Eso es, — certificó el indio. 

Margarito los observaba con disimulo. Cuando el otro 
concluyó de explicarse, preguntó: 

— ¿Y caña? ¿No tienen caña? 

— ¿ Caña ? ¡ Diande ! Dende que empezó la patriada no 
la hemos visto. ¡ Ojalá ! 

— ¡ Si hubiera caña ! — agregó goloso el indio. 

Los dos hombres se miraron, sonriendo. Aquella son- 
risa convenció a Margarito. " Son dos pobres diablos ", 
se dijo a si mismo ; " voy a darles un gusto ". Y entonces, 
campechanamente, invitó : 

— Bajensén, si gustan. Les viá a trair yerba y caña. 

Los dos jinetes echaron pie a tierra. Margarito se en- 
caminó al rancho grande. Pero, no había andado cuatro 
pasos, cuando sonó un tiro. 

Al caer, de rodillas, herido en la espalda, hizo un es- 
fuerzo para volverse hacia sus victimarios. 

— ¡ A traición, cobardes ! — barbotó. 

Dentro de la casa, vibró un alarido de mujer. El perro, 
Canelón, avanzó, mostrándole los dientes a los foragidos. 
Margarito pugnaba por sostenerse con una mano contra 
el suelo, mientras con la otra buscaba en el bolsillo la 
pistola. 

— Apura, ché, — dijo el viejo al indio. 

Baudilia había aparecido en la puerta del rancho, en- 
loquecida, tremante, la faz demudada. 

— ¡ Margarito ! ¿ qué fué ? 

— Despená a ese ; yo me encargo de la mujer, — or- 
denó el viejo. 

Entonces el indio avanzó sobre Margarito, sacando su 
cuchillo del cinto. Pero ya Margarito había logrado em- 
puñar su pistola e hizo fuego. 



ENTRE LOS PASTOS IÓQ 



— j Maldi . . . , — rugió el indio, herido en mitad del 
pecho ; y fué a caer cerca de Margarito. 

Entre tanto, su compañero enderezaba hacia Baudi- 
lia, que no se animaba a acudir a su esposo. 

— ¡Aura te arreglo yo! — vociferó, entre dos ju- 
ramentos. 

Baudilia dió media vuelta y salió huyendo a campo tra- 
viesa, lanzando alaridos de pavor. 

El otro quiso perseguirla, pero el perrazo le avanzaba sin 
darle respiro. Tuvo que dejar a la mujer para atender a 
Canelón. 

— ¡ Maldito perro ! 

El indio, por su lado, gravemente herido, pero loco de 
furor, se arrastraba penosamente hacia Margarito, que se 
había desmayado. Al fin llegó a él, se incorporó haciendo 
un supremo esfuerzo y le buscó la garganta: 

— Te viá a dar, sarnoso! — masticó. 

Le sujetó por los cabellos, apoyándose en un codo, y 
reuniendo todas sus fuerzas, le hundió el cuchillo en la 
garganta, cortando después para afuera. El acero pe- 
netró en las carnes y rasgó los tejidos y las venas. Un 
chorro de sangre saltó sobre la tierra del patio. El cuerpo 
del desdichado Margarito viboreó un instante, tuvo uno 
o dos estremecimientos y al fin quedó exánime. 

— Ya'stá, — hizo el indio, resollando fuerte. 

Pero, él también se moría. Llamó a su compinche, con 
voz tartajosa : 

— Apar. . . cero. . . 

El otro tenía bastante que hacer con el perro. Apenas 
pretendía alejarse, o descuidaba la guardia, Canelón se 
le iba encima, con los ojos inyectados de sangre. Enton- 
ces, cuando empezaba a fatigarse de tirarle inútilmente 



170 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



puñaladas al perro, que las esquivaba con rápidos brin- 
cos, vió en el suelo, al lado de Margarita, la pistola con 
que éste había herido a su compañero. Una idea fulguró 
en su cerebro : " puede que tenga otro tiro ". Y, sin des- 
cuidar al animal, que redoblaba sus asaltos, avanzó rápi- 
damente y cogió la pistola. Apretó un gatillo y sonó un 
tiro. El perro dió un salto en el aire y quedó seco. 

— ¡ Por fin ! — rugió con gozo indecible el bandido, 
secándose con el reverso de la mano el sudor que per- 
leaba en su frente. — ¡ Maldito perro ! 

Giró entonces la vista en derredor, buscando a Baudi- 
lia ; pero ésta había desaparecido. 

— No li hace. Vamo a carchar lo que haiga. 

Le sacó el reloj de oro a Margarito y el dinero que 
llevaba encima. Dentro de la casa halló un rebenque con 
virolas de plata. Todo lo hizo suyo. Después, perdió más 
de media hora buscando el frasco de caña. Sólo cuando 
lo hubo encontrado se le ocurrió que se le hacía tarde. 

— ¿Y mi aparcero? — murmuró. — ¿Habrá estirao ta- 
mién la pata? 

Fué a contemplarlo. El indio había muerto. 

— Mejor ; ansí no hay partija. 

Sin apresurarse mucho, fué a su caballo, montó y se 
alejó al trotecito. 



IX 



Apenas traspuesta la loma del zurdo — según la de- 
signación que le diera Margarita, — Juan de Dios, que 
dirigía con veinte hombres la operación de arrear la ca- 
ballada, mandó hacer alto. 

— Aquí podemos tomar un resuellito, — dijo. — Entre 
tanto, vamo a ver si nos alcanzan esos dos sotretas. 

— ¿ Celedonio y el indio ? — contestó un mocetón ce- 
ceoso y picado de viruelas, que oficiaba de cabo. — Esos, 
si han pescao caña, ya tienen pa rato. Además, que yo 
no los hubiera mandao a ellos a las poblaciones. 

— ¿Por qué? — preguntó Juan de Dios. — Ellos mes- 
mos se ofertaron. 

— Usté no los conoce, teniente; yo sí. Son de mi pago. 
Unos bandidos. 

— ¡ Mira ! ¿ Entonces ? 

— Capaces de abusar. 

Juan de Dios se quedó pensativo. Pero, al cabo de un 
instante, sus ideas cambiaron de rumbo. Se hallaba so- 
bre el bañado de Carpintería, y, según sus informes, por 
allí no más debía estar la casa de Baudilia. Atenaceado por 
aquel pensamiento que no le abandonaba, sobre todo ahora 
que su comisión le había llevado a los pagos de ella, se 
puso en pie, se desperezó extendiendo los brazos, y giró 
la vista alrededor. El rancho del zurdo se hundía allí 
cerca, al borde del bañado. 

— Viá a dir hasta la cueva de ese aperiá, — dijo a su 
subalterno. — No pierdan de ojo los caballos. 



1/2 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Ya junto al rancho, le costó un triunfo hacer asomar 
al viejo. Sus " Ave María " de llamada resonaban sin 
eco. Al cabo, asomó el hombre, temblando. 

— Güeñas tardes, paisano. No tenga cuidao ; sernos 
gente de bien. 

— Ya veo, sí, — afirmó el zurdo, más para adular al 
forastero, que por convicción. Y agregó, melifluo: — ¿En 
qué puedo servirlo? 

— ¿ No sabría decirme pa qué rumbo queda la casa de 
don Margarito, uno que jué capataz de los Laureles, ca- 
sao con una tal Baudilia? 

— ¿Y cómo no he de saber, si son vecinos ? — repuso 
muy amable el viejo. 

Juan de Dios sintió que el pecho se le hinchaba de 
alegría. 

— ¿Ah, sí? 

— Vea, hace poco no más, deben haber pasao ustedes 
por el fondo del campo de Margarito. ¿Ustedes vienen 
de allá, por el camino, no? 

— Mesmo. 

— Güeno. Entonces pasaron al lao de una cañadita. 
Hay una barranca. Después un abra, sobre el paso. Dende 
allí se ven las casas, un rancho grande, nuevo, y otro más 
chico. Tamién hay dos embuses. 

— Son los mesmos, de juro, — dijo Juan de Dios, re- 
cordando que al ver aquéllos, fué que Celedonio y el in- 
dio le propusieron ir a comprar un poco de yerba. 

Dió las gracias al zurdo y se volvió. Mientras regre- 
saba, iba pensando en las casualidades con que nos sor- 
prende la vida. Al pasar junto al abra, había tenido el 
pensamiento de acampar allí y de ir personalmente hasta 
las casas para hacer la averiguación que ahora había 



ENTRE EOS PASTOS 



173 



hecho en lo del zurdo ; pero después, como aún había luz, 
quiso seguir un poco adelante, para darse bien cuenta 
de la posición del bañado que tenía que orillar. Un poco 
más y se hubiera dado de manos a boca con la mujer por 
quien vivía su corazón. 

Al regresar, cerrada la noche, junto a su gente, el cabo 
se le aproximó : 

— Teniente, ya golvió Celedonio. Ai está el hombre. 

— ¿Y el indio? 

— Dice Celedonio que se ha resertao ; que estaba abu- 
rrido de la patriada. 

— ¡ Chancho ! 

— Teniente . . . 

Juan de Dios alzó los ojos y miró al cabo. En seguida 
advirtió que éste deseaba decirle algo más. Se apartó un 
poco e incitó : 

— Desenrolle, pues, amigo. 

— Teniente; yo creio que hicimos mal en dejar dir a 
aquellos ranchos a Celedonio y el indio. Pa mí, que han 
robao. 

— ¡ Ah ! — hizo Juan de Dios. Y con creciente afán : 
— Hablá, pues, pronto. 

— Celedonio ha güelto medio mamao. Trujo un re- 
benque de plata y otras cosas. Indalecio las vido. 

— Llámame a Celedonio. 

El cabo se iba ya, cuando Juan de Dios volvió a lla- 
marlo. 

— No, mira. No digás nada. En un galopito me largo 
hasta allá, pa averiguar. Churrasqueen. 

— Ta bien, teniente. 

— Y... — recomendó Juan de Dios, cogiéndose am- 



174 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



bos labios con el índice y el pulgar, en un gesto elocuente 
de silencio, — ¿me entendés? 
— Pierda cuidao, teniente. 

Juan de Dios aparejó un caballo, montó despacio y sa- 
lió al trotecito. 

La noche había cerrado por completo; una radiante 
noche vestida de luna. Los campos se extendían silen- 
ciosos, serenos, como encantados. Tal que espolvoreados 
de yeso, los árboles surgían fantasmales. El firmamento 
todo tenía una claridad lechosa, que desvanecía en orientes 
de perla la luz de las estrellas. 

Juan de Dios galopaba ahora rumbo a la cañada. La 
soledad era tan grande que ni siquiera infundía miedo. 
Al volver un recodo, descubrió sobre el camino el enorme 
zanjón que había visto por la tarde. El caballo aminoró la 
marcha y pasó bufando. Después, más adelante, cruzó un 
charco, que también recordó haber visto, a la luz cre- 
puscular, como una gran mancha sucia : ahora parecía 
una lámina de zinc bajo el plenilunio. Continuó galopando. 
Al salir de la hondonada, distinguió bruscamente el monte : 
era un largo y sinuoso festón obscuro sobre la neblina 
luminosa de la noche. Buscó el paso. Volvió hacia atrás 
creyendo haber traspuesto el abra; pero el detallecito de 
un nido de horneros sobre un poste le recordó que aquélla 
debía estar más adelante. Halló por fin la senda y em- 
pezó a internarse al paso de su cabalgadura. Un tala le 
arañó al llegar al agua. Una alimaña invisible huyó entre 
los pastos. La sombra le envolvió un instante, en medio de 
la maraña; luego empezaron a espaciarse los árboles y 
arbustos sobre el declive del bajo, y por fin fué otra 
vez la luz feérica, grisácea, luminosa de la noche iman- 
tada. Delante de él tenía una vasta extensión clara, como 
de día, y allá arriba, sobre la cuesta, recortando el f ir- 



ENTRE LOS PASTOS 



175 



«lamento, las sombras opacas de dos ombúes y los ran- 
chos. Al acercarse más a las poblaciones, pudo ver, entre 
los dos ranchos negros, el brocal de un pozo, plateado de 
luna. 

Llegó, contorneó la cocina, y dió una gran voz : 

— ¡ Ave María ! 

El son de su voz, en aquel silencio inmenso y grave, le 
admiró a él mismo. Esperó un momento, mirando a su 
alrededor, y repitió más fuerte : 

— i Ave María ! 

El mismo silencio de muerte. La soledad y mudez de 
la noche eran realmente imponentes : tenían algo de sa- 
grado. Experimentó como una sensación de frío. 

— ¡ Gente de paz ! — clamó, haciendo adelantar su ca- 
ballo hacia el rancho grande. 

Pero, de súbito, sintió que el corazón le daba un vuelco 
dentro del pecho. Al mismo tiempo que su caballo ron- 
caba por las narices, ladeándose con desconfianza, él ad- 
virtió en el suelo, frente a la puerta de entrada, unos 
cuerpos humanos que diseñaba en relieve la claridad noc- 
turna. 

Se tiró del caballo y manteniéndolo de la rienda, se 
acercó. Eran los cuerpos exánimes de Margarito y el 
indio, en medio de unos charcos negruzcos. Un poco más 
allá estaba el perro. 

— ¡ Juna gran ! . . . — barbotó Juan de Dios ; y, ner- 
vioso ya, imaginando la tremenda tragedia, acongojado 
por la suerte de Baudilia, ató rápidamente el caballo junto 
al pozo, y contorneó el rancho, llamando : 

— ¡ Baudilia ! ¡ Baudilia ! 

Entró a la cocina y halló aún el rescoldo en el hogar. 
Salió de allí corriendo y enderezó al rancho grande: 
- — ¡Baudilia! ¡Baudilia! ¡Soy yo, Juan de Dios! 



176 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Nada. El rancho estaba vacío. Las prendas y muebles 
que en él había, parecían revolucionados : indudablemente, 
dado lo hacendosa y prolija que era la muchacha, aquel 
desorden revelaba que por allí había pasado un ladrón. 
Entonces, tornó a salir, se apartó de las casas, y, solo, 
en medio de aquel océano de claridad lunar, clamó repe- 
tidamente : 

— ¡ Baudilia ! ¡ Baudilia ! ¡ Soy yo, Juan de Dios ! 

Allá abajo, distinguió la silueta negra del rancho del 
vasco. Corrió hacia su caballo, se le " enhorquetó de un 
salto " y salió a la carrera, chicoteando a dos lados. 

— ¡ Ave María ! ¡ Gente de paz ! ¡ Abra, amigo, por 
favor ! 

No contestaron a su llamado ; pero un leve rumor le 
denunció que el rancho no estaba deshabitado. Golpeó con 
su rebenque en la puerta, aduciendo : 

— No tengan miedo. Soy un amigo. Han muerto a 
Margarita y quisiera saber si está aquí Baudilia, su mujer. 

Entonces, sin dejarse ver, contestó el vasco. 

— Aquí no está. No hay ninguno. 

— Pero, ¿ no la ha visto ? ¿ no sabe d'ella ? 

— No la he visto ; no sé nada, — repitió la misma 
voz, al través de las paredes. 

Juan de Dios quedó perplejo un momento. Después, 
recobró las riendas y empezó a correr campo. Buscaba 
al acaso, loco, angustiado, clamando, a voces, en la di- 
rección del monte : 

— Soy yo, Juan de Dios, ¡Baudilia! 

Así anduvo horas. Fatigado, descorazonado al fin, tornó 
a buscar el paso. Salió al camino y emprendió el regreso, 
escrutando con la mirada los alrededores, con la última 
esperanza de descubrir a la Calandria. 



ENTRE LOS PASTOS 



177 



Unas nubes velaban ahora la luna. La naturaleza se 
ensombrecía, se tornaba más misteriosa y salvaje, se ha- 
cía enemiga. Apenas se apeó en el campamento, vino a 
él el cabo : 

— No hay novedad, teniente. 

— Tráiganme a Celedonio. 

Y cuando compareció el otro, medio adormilado, le 
interrogó de golpe : 

— ¿Ande está la mujer del hombre que asesinaron allá 
abajo? 

El viejo regordete se despertó del todo. 

— ¿ Qué dice ? — argüyó a su vez. 

— ¿Ande está la mujer del hombre que asesinaron y 
robaron con el indio, allá en el patio, frente al rancho 
grande, al lao del pozo? 

— ¿Y yo qué sé! Yo no maté a naides. Ella juyó. 

— A ver, cabo, — ordenó entonces Juan de Dios : — 
codo con codo y bien sujetao. 

El viejo tuvo un ademán de rebelión o de huida : 

— ¿A mí ? ¡ con la uña ! 

Juan de Dios no pudo dominar su impulso : 

— ¡ Tomá, bandido ! — espetó ; y de un mazazo, con el 
mango del rebenque, lo dió contra el suelo. Después, re- 
cobrando la calma, con tranquilidad : 

— Cabo, hasta que entreguemos a este hombre al co- 
mandante Cruz, usté me responde d'él. Y aura, a marchar. 

El nuevo día se aproximaba, y, sin embargo, la noche 
parecía más obscura. La comisión reanudó su marcha 
arreando la caballada. 



12 



X 



Haciendo breves altos, para dar un resuello a los ca- 
ballos y permitirles unos mates y una "pitada " a los 
f lanqueadores, la " comisión " continuó el " arreo " de 
los animales durante todo el día siguiente. Una gran pol- 
vareda, a ras del suelo, se alzaba tras el paso del obscuro 
tropel y sobre las colinas cercanas resonaba extraño y 
plañidero el monótono " hop, hop " de los mocetones. Y 
así iba, a lo largo de los caminos negruzcos o trepando 
por las cuchillas esmaltadas de verde, o hundiéndose en 
las hondonadas montuosas, con sordo ruido de cascos, 
aquella masa informe y confusa de caballos y jinetes, en 
un turbión de crines, de despavoridas cabezas de anima- 
les, de agudas lanzas con banderolas y de ponchos al 
viento. 

Juan de Dios no cesaba de pensar en Baudilia. ¿Qué 
sería de ella? Se la representaba huyendo por los cam- 
pos, enloquecida de terror, sola, sin amparo, expuesta a 
todos los peligros. Acaso, si había tenido a mano algún 
caballo, se dirigía en esos momentos a la Estancia de An- 
túnez; acaso también se refugiara en casa de algún ve- 
cino; acaso, perdida en el monte, exhausta de correr sin 
rumbo, loca de desesperación, se moría de fatiga y de 
miedo en algún rincón ignorado. ¿Qué sería de la des- 
dichada ? 

Y aquella catástrofe la había ocasionado la codicia y 
crueldad del bandido que cabalgaba delante de él, mania- 
tado sobre el caballo, entre el cabo y un soldado. ¡Y 



KNTRIÍ LOS PASTOS 



179 



aquel hombre quedaría impune, porque en tiempos de gue- 
rra no hay autoridades ; mientras que a él, por un mise- 
rable tajo, le habían encerrado cinco años en la cárcel ! 
Pues bien : si el comandante Cruz no hacía justicia, ya le 
saldaría él las cuentas al foragido. 

Cuando, al fin. después de otro día de marcha al tra- 
vés de campos siempre solitarios, alcanzó a la gente de 
Saravia, se presentó de inmediato a su jefe para darle 
cuenta de su comisión. No había hallado a Lamas, pero 
traía los caballos. 

— Lamas está aquí, dende ayer, — replicó Ciríaco 
Cruz. — Del Paso de los Toros se vino a Impambai, re- 
costándose sobre el Río Negro. Por eso no li hallaste. 
Ganó una gran batalla, según cuentan. 

Entonces Juan de Dios puso en conocimiento de su 
jefe la fechoría de Celedonio y del indio. 

— ¡ Kum ! — hizo el comandante, — me parece que al 
general le va a sentar mal este asunto. Había ordenao 
que la rigolución respetara a los vecinos. 

Después, cambiando el rumbo de sus ideas : 

— Esos sabandijas te sacaron del medio al capataz, 
¿eh? 

— No era ansí como yo quería, — replicó adusto Juan 
de Dios. — De hombre a hombre, frente a frente, yo 
y él, solos, sin que se metiera naide, güeno ; pero ansí, 
¿compriende, comandante ? 

— ¡ Bien hablao, teniente, — tronó con satisfacción el 
coloso — ansí debía de ser ! Voy a hablarle al general. 

Aparicio Saravia, como había dicho Cruz, tenía parti- 
cular empeño en que, durante la patriada, no se come- 
tiera ningún delito que arrojara sombras sobre la bandera 
de la revolución. Al tener conocimiento de la barrabasada 



i8o 



VÍCTOR PÉREZ PKTIT 



de aquellos dos facinerosos, su rostro se contrajo con 
dureza. Quedó hosco un momento, mirando el suelo ; 
luego alzó la cabeza, con una inquebrantable resolución 
clavada en los ojos. 

— Hay que hacer un escarmiento, — murmuró. 

Y en seguida, sin más rodeos, reunió su consejo de 
coroneles, e hizo comparecer a Celedonio, despojado de 
su divisa partidaria. El juicio fué sumarísimo. No hubo 
excusas ni dilaciones. Condenado el bandido a ser pasado 
por las armas, fué conducido ante las tropas formadas; 
se le hizo arrodillar en tierra, y se le fulminó con una des- 
carga, a cuatro pasos de distancia. 

También la revolución hacía justicia. 

Al día siguiente, todo el ejército se puso en marcha 
hacia el bañado de Medina primero y luego hacia Lau- 
reles, en busca de Muniz. Empezaba aquella enorme co- 
rrería que iba a conducir el ejército revolucionario en 
masa desde Cerro Largo hasta Canelones. La imponente 
columna de centauros, las macizas caballadas, el convoy 
de los carros, desfilaron por las soledades del campo 
como una visión fantástica. Sólo algunas pobres mujeres, 
olvidadas en sus misérrimos ranchos de barro, salían a 
la puerta, entre curiosas y amedrentadas, para ver aquel 
interminable desfile, en el que los hombres venían api- 
ñados, en divisiones, o sueltos y dispersos, como langos- 
tas rezagadas de una gran " manga " en pleno vuelo. Por 
la noche, la luz de los fogones se extendía fantásticamente 
hasta las más extremas lejanías, acusando las hondonadas 
de los valles y las cuestas de las cuchillas. 

Y así fueron, por los campos, durante veinte días, 
hasta llegar a Cerro Colorado, en la vecindad de la esta- 
ción Reboledo. Allí tuvieron noticia de que las fuerzas 



ENTRE LOS PASTOS 



181 



del general Melitón Muñoz estaban cerca. v Se acampó 
entonces. 

El 16 de Abril, las avanzadas descubrieron la vanguar- 
dia gubernista, que se adelantaba rápidamente, como an- 
siosa de combate. Aparicio hizo tender entonces su línea 
de guerrilla a lo largo de la vía férrea, bajo la protección 
de los terraplenes. 

A la una de la tarde empezó el fuego, vivo, cerrado, 
por parte de los revolucionarios. En frente, la división 
Florida, comandada por don Rufino Domínguez, se ten- 
dió a ciento cincuenta metros de distancia. 

Juan de Dios, destacado en la vanguardia de Saravia, 
había tenido que dejar su caballo para irse a tirar en el 
suelo entre los fusileros. Aquel modo de guerrear no le 
satisfacía. Él, como su comandante, estaba por la atrope- 
llada a caballo, lanza en ristre, en la que el hombre pone 
a prueba su coraje personal ; pero aquello de cazarse los 
unos a los otros con fusil, a distancia, como a martinetas 
agachadas entre los yuyos, se le antojaba zonzo. No obs- 
tante, puesto en el caso, procuró desempeñarse lo mejor 
posible. 

— ¡ Dése contra el suelo, amigo ! — le gritó el compa- 
ñero que más cerca tenía. 

Juan de Dios volvió el rostro. El otro, boca abajo, si- 
guió haciendo fuego con su arma. 

Tronó un estampido bárbaro y Juan de Dios bajó ins- 
tintivamente la cabeza. Era que los gubernistas empeza- 
ban a hacer funcionar su artillería. 

— Así no se puede ; no se puede ; — masculló Juan de 
Dios, con rabia. 

No sabía, no podía manejar su arma, tendido en el 
suelo. De ese modo, no se veía al enemigo para apun- 



182 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



tarle. Lo natural y lógico parecía ser que se hincara una 
rodilla en tierra para afinar el tiro. Lo demás, era tirar 
al " tuntún " y desperdiciar las municiones. 

El tiempo pasaba. No se advertía ningún avance. Pero, 
a eso de las cuatro de la tarde el fuego de los guber- 
nistas recrudeció de una manera horrible. El tableteo de 
las descargas parecía más próximo ; el silbo de las balas 
se multiplicaba sobre la cabeza de los revolucionarios. 
Algunos pedruzcos, saltaron alrededor de Juan de Dios. 
Más allá, algunos compañeros habían caído, y otros se 
replegaban, empujados por aquel turbión de metralla. 

— Esto se pone fiero — pensó Juan de Dios. 
Sintió mucha sed. Estaba, además, medio entumecido. 
Entonces llegó la orden de abandonar las posiciones 

del terraplén y de replegarse, corriéndose hacia la de- 
recha, para tender una segunda línea tras de las casas 
que arrancan de la estación. El movimiento se hizo con 
orden ; no obstante eso, Juan de Dios vió caer a algunos 
compañeros. 

— Debían mandarnos un refuerzo, en lugar de hacernos 
recular, — se dijo, malhumorado. 

Los gubernistas avanzaban, cautelosamente, pero con 
una porfía implacable. Sus proyectiles caían en enjambre 
alrededor de los revolucionarios. Un casco de metralla 
reventó allí cerca, alzó una nube de polvo, salpicó de 
tierra a Juan de Dios, dejó un pozo negro entre el verde 
luminoso de la gramilla. Por primera vez, el mozo sintió 
una extraña sensación de terror y con voz contenida 
rezongó : 

— ¡ Salvajes ! 

Era evidente que los revolucionarios no podían sos- 
tener su posición. Pero, "¿por qué no nos mandan más 



ENTRE LOS PASTOS 



183 



gente? " — pensaba Juan de Dios. — " ¿Qué hace la ca- 
ballería? ¿por qué no les mandan a esos bandidos una 
atropellada ? ". 

Las horas transcurrían y los hombres no podían más. 
Unos cuantos cuerpos yacían tendidos por el suelo, en- 
tre charcos negruzcos de sangre. Fué entonces que Juan 
de Dios vió, allá en frente, limpio, clarito, un oficial 
que venía hacia sus hombres. Le pareció un tiro hecho y 
se entusiasmó. Alzándose con presteza, avanzó unos pa- 
sos, puso una rodilla en tierra y le apuntó con cuidado. 
Pero de pronto, un choque violento en la cara, como una 
pedrada invisible, le tiró para atrás. Cayó duro, rígido, 
sin un ¡ ay !, soltando su arma. 

¿Cuánto tiempo estuvo tendido allí, sin conocimiento? 
Al volver en sí, alzó un poco la cabeza, con trabajo, pues 
la sentía muy pesada, y miró alrededor. 

Un oficial gritaba: 

— ¡ Vamos, pronto, pero con orden ! 

— ¿Nos retiramos? — preguntó alguien. 

— Esa es la orden. Pero, sin cesar el fuego, y despacito. 
Se iban. Juan de Dios se pasó la mano por la cara, 

que sentía húmeda, y la retiró llena de sangre. Quiso 
entonces alzarse ; pero no se sintió con fuerzas. Con una 
angustia horrible, temiendo quedar allí abandonado, a 
merced del enemigo que no tardaría en llegar, clamó: 

— ¡ Muchachos, no me dejen ! 
Uno se volvió y vino a él. 

— Levántese, ¿puede andar? 

— No, no puedo — respondió con desaliento Juan de 
Dios, después de realizar un esfuerzo inútil. — Me duele 
mucho esta pierna. 

Tenía un segundo balazo en el muslo derecho, del 



184 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



cual no se había dado cuenta. Su compañero le abandonó 
entonces, mascullando unas palabras ininteligibles. 

— ¡ No me dejen ! ¡ Socorro !, — clamó el desdichado, 
alzando un brazo, como una bandera. 

Todos se habían alejado ya, corriendo agazapados los 
unos, volviéndose otros, de vez en cuando, para hacer 
fuego con su arma. Pero el oficialito aquél que había 
traído la orden de retirada, vió su gesto y oyó su llamado. 
Sin hacer caso de las balas que se multiplicaban a su al- 
rededor, se vino corriendo hasta Juan de Dios. 

— ¡ No me deje solo, mi jefe — suplicó Juan de Dios. 
— Me van a degollar si me agarran vivo. 

Las balas pasaban ahora sobre ellos con un zumbido 
siniestro. Una de ellas le quebró la espada al oficial. 

— Vamos a ver, — adujo éste. — Hágase ánimo. Agá- 
rrese bien de mi pescuezo. Así. Vamos. 

Le alzó, le puso en pie y cargó a la espalda con él. 
Así le condujo varios metros, corriendo despacito. Fati- 
gado, se detuvo, descansó un instante, y dió otra carre- 
rita. Descansaba nuevamente, cuando dos o tres balas 
rebotaron contra las piedras, a su lado. Cargó otra vez 
con el herido, y marchó, resollando fuerte. Al fin, un 
soldado rezagado, tiró su arma, vino hacia ellos, y ayudó 
al oficial. Juan de Dios había vuelto a desmayarse, por 
la pérdida excesiva de sangre. Cuando abrió nuevamente 
los ojos, estaba en salvo, entre sus compañeros. 

— ¿Quién es ese oficial, que me ayudó? — dijo a un 
hombre que le estaba vendando el muslo. 

— Es el capitán ayudante, José María Reyes. Pero, 
no hable, amigo. Estése quieto. 

Le metieron en un carro y no supo más. 



XI 



Después de la jornada de Cerro Colorado, de escasa 
importancia, el ejército de Saravia emprendió nueva- 
mente la marcha, cruzando esta vez la República de sur 
a norte, rumbo a Tacuarembó. 

El estudiante de medicina, José María Reyes, que ofi- 
ciaba ahora de capitán ayudante, tenía la prolijidad de ir 
anotando en su diario las novedades del día. Esas anota- 
ciones sencillas, escuetas, dan una idea fiel de aquella 
marcha de un mes al través de tierras tristes y abando- 
nadas, y de la vida inclemente del campamento. 

"Abril iy. — De vuelta de Cerro Colorado, llegamos 
a las puntas de Illescas a la 1.30 de la tarde. El ejército 
llegó a las 4. Volvimos a marchar con dirección a Cerro 
Chato, pasando por la sierra de Pescado Mulero. Acam- 
pamos a las 9.30 a. m., después de haber caminado toda 
la noche. 

" 18. — Reanudamos la marcha a las 12 hacia el Cor- 
dobés y acampamos en el paso de San Juan, a las 3.20 
p. m., porque desde ayer no comemos. 

" 19. — A las 6 a. m. marchamos pasando los Molles 
y acampamos a las 10.30 a. m. en el cerro Malo. A las 
3 p. m. reanudamos la marcha y a las 11 de la noche 
acampamos en Lechiguana. 

}> 20. — Marchamos a las 6 a. m. hasta las 9.30, en que 
llegamos a los campos de Correa. Carneamos. A la 1.30 
volvemos a marchar y a las 5 p. m. acampamos en el 
paso de Pereyra (Río Negro). 



i86 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



" 21. — ■ El ejército, de madrugada, empieza a vadear 
el rio, en balsa. Es una operación larga, aburrida, inter- 
minable ; pero llena de incidentes. A las 9 de la noche aún 
no ha concluido de pasar el ejército. ¡ Qué cosa terrible 
debe ser el pasaje de un río por un ejército en derrota! 
Hoy, estando dirigiendo el paso de una división, tuve un 
encuentro con Ciríaco Cruz. Al verme se me acercó y me 
tendió la mano, con una sonrisa de amistad que no le 
conocía. — "Ya sé lo que usté hizo los otros días con un 
muchacho mío. Cuente con un amigo ", — me dijo. 

" 22. — A las 2.30 de la madrugada pasamos el río 
y acampamos a la derecha. Estamos sin comer; medio 
locos con este trajín. A las 9.30 a. m. emprendemos la 
marcha y a la 1.30 recién nos detenemos cerca del Cerro 
Pereira (Tacuarembó). Por fin comemos. A las 5 p. m. 
marchamos ; pero a las 6.30 acampamos nuevamente cerca 
de la cuchilla de Pereyra. 

" 23. — Tempranito, a las 5 a. m. levantamos campa- 
mento, marchamos hasta las 9.30, nos detenemos, come- 
mos y volvemos a marchar desde las 3 hasta las 6. Hoy 
me siento cansado como nunca. Todos estos campos son 
de una tristeza indescriptible. 

,J 24. — Marchamos a las 5 a. m. y acampamos a las 
11. Se dice que vamos a pernoctar aquí; pero a las 4 
p. m. llega la orden de marchar, y seguimos hasta el Ce- 
rro de la Paloma, donde acampamos a las 6. No sabemos 
si vamos en busca del enemigo o si huímos de él. 

" 25. — Marchamos desde las 6 a. m. hasta las 12. 
Estamos en la Coronilla. Se hacen fogones, se sueltan los 
caballos, se matea. La gente está alegre. He vuelto a 
ver al comandante Cruz. Me ha confesado que al prin- 
cipio no me tenía estima ; pero que ahora está contento 



ENTRE LOS PASTOS 



187 



de un correligionario como yo. Me ha contado algunas de 
sus patriadas. 

" 26. — Marchamos a las 7.30 para mudar de campo 
nada más. A las 8.30 estamos en los campos de Neto. 
Hasta mañana nos quedaremos aquí. La gente muy con- 
tenta, descansa alrededor de los fogones. Algunos jue- 
gan como muchachos. Doy una vuelta por el campamento. 
Es lo más pintoresco que he visto en mi vida. 

"«57. — Marchamos a las 11 a. m. hasta alcanzar el 
arroyo Ceibal. 

" 2S. — Seguimos en el mismo campo. Se nos incorpo- 
raron unos hombres que parece fueron heridos en Ar- 
bolito. 

" 29. — Seguimos en el mismo campo. Se incorporó 
Mongrell con una partida. La gente, muy animada. De 
tarde, se nos repartieron armas y municiones. Hubo una 
disputa entre dos hombres, por aquéllas. 

" jo. — Seguimos marcha a las 7 a. m. y acampamos 
a la 1 p. m. en Caraguatá. Se incorporó Gamboa con pocos 
hombres. 

" Mayo i.° — Marchamos a las 5.30 a. m. costeando el 
Caraguatá abajo. ¡ Qué diferencia en el paisaje cuando 
hay un río! No parece tan solo el mundo. A las 10, acam- 
pamos en la costa del mismo arroyo. Es hermoso ver un 
ejército entre estos montes. Yo me he pasado la tarde 
haciendo romanticismo. A las 4 p. m., marchamos y a 
las 6 volvemos a acampar, siempre sobre el Caraguatá. 

" 2. — Seguimos a las 6 a. m. hasta el paso de las 
Toscas y al fin tomamos el camino real del Cerro Pereira, 
hasta las 11 a. m. Pero, ¿hacia dónde diablos nos dirigi- 
mos? ¿A quién vamos buscando por estos andurriales? 

" j. — Se nos han incorporado Alonso, Acevedo Díaz, 



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VÍCTOR PÉREZ PETlf 



Roxlo y un contingente de loo hombres armados. Hoy 
corren noticias en el campamento. Se dice que en el paso 
de Pereira están Basilisio Saravia, Trelles y Cicerio. De 
aquí ha partido el doctor Gil para conferenciar con Ma- 
riano Saravia. El comandante Cruz estaba hoy con un 
humor del diablo. Me parece que le tiene gran ojeriza a 
los doctores. Ni le gustan los hombres que se nos han 
incorporado, ni le agrada que Gil se haya ido. ¿Quién 
lo entiende? 

" 4. — Se nos incorporó Jara con 250 hombres. Mar- 
chamos a las 6 a. m. A las 8 a. m. llegamos al Paso de 
los Toros. Hay otras incorporaciones, — Martirena, con 
300 hombres. — ¡ No de balde no se ve un solo hombre 
por los ranchos ! 

" 5. — Quietos. Tenemos descubiertas en Yaguarí y 
paso de Pereyra, donde dicen que hay fuerzas del go- 
bierno. La gente presiente una batalla, porque está ner- 
viosa. 

" 6. — Seguimos en el mismo campo. Desde las 4 de 
la tarde está lloviendo a chorros. ¡ Qué inmensa tristeza 
sobre estos campos, bajo la lluvia ! 

" 7. — Hace frío. Estamos calados. Pasamos una no- 
che muy desagradable. ¡ Qué lejos están las comodidades 
del hogar! Pero, ¡todo sea por la patria! Ahora sale el 
sol, y marchamos a las 8.30 a. m., en medio de la tierra 
empapada. A las 11 a. m. acampamos para carnear. Mu- 
chos tienden la ropa a secar. Parecemos facinerosos, con 
las ropas rotas y los ponchos descoloridos. 

" 8. — A las 8 a. m. reanudamos la marcha, Cara- 
guatá arriba. ¿A dónde vamos, señor? A las 11 acam- 
pamos. Por la tarde, comenzó a llover otra vez. ¡ Qué 
tiempo de perros ! Y no hay aquí modo de librarse del 



HNTRE LOS PASTOS 



189 



agua y de la humedad. Estamos embarrados hasta los 
ojos. Me admira que todo el mundo no esté de mal 
humor. 

"p. — Amaneció lloviendo. Debo haberme resfriado 
porque estoy estornudando. Marchamos. En Caraguatá 
acampamos a las 3 p. m., cerca de unos cerros. Se levanta 
viento, pero sigue lloviendo. No conozco cosa más des- 
agradable que esta agua que le cae a uno encima, sin 
poder resguardarse. El poncho me pesa como si fuera de 
plomo. Algunos de la tropa se descalzan y chapalean en 
el barro. El cielo es de un gris aplastante. 

" /o. — Llovió toda la noche. Seguimos acampados, 
bajo una fastidiosa garúa con viento. El agua nos pene- 
tra hasta los huesos. A mediodía clareó un momento y car- 
neamos. Por la tarde volvió a llover. Es desesperante. 
Estoy muy resfriado. 

" 11. — Marchamos a las 8 a. m. Se han hecho recono- 
cimientos sobre el Río Negro, que está muy crecido. En 
el paso de Pereyrá nos hemos tiroteado, de orilla a orilla, 
con el enemigo. Dicen son fuerzas de Muniz. 

" 12. — Temprano nos hicieron preparar ; pero no mar- 
chamos. ¿Qué habrá? Esto de no saber nada es angus- 
tioso. Después de mediodía, emprendemos la marcha al 
fin. ¿Vamos a un combate o nos alejamos de él? A las 
4 p. m. acampamos. 

" 13. — A las 7 a. m. reanudamos esta marcha que, 
por lo visto, no va a concluir nunca. ¿Dónde está el ene- 
migo? ¿Ha desaparecido? ¿Jugamos a las escondidas? 
A la 1 p. m. nos detenemos en las puntas del Caraguatá. 

" 14. — Esta madrugada nos despertaron con un apre- 
suramiento significativo. No había orden de marcha, sino 
de distribución de unidades. Dábamos la espalda a Cerros 



190 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Blancos y nos hicieron avanzar sobre e! arroyo de ese 
nombre, mientras a otras divisiones las dirigieron sobre 
puntas de Molles. En tanto hacíamos los preparativos, su- 
pimos que el jefe del gobierno, general Villar, estaba 
próximo. Y en efecto, a las 11.30 a. m. las primeras 
avanzadas revolucionarias, al mando del coronel Mena, 
entraron en fuego. Fué un día de batalla terrible. La 
jornada de Cerro Colorado es un juego comparada con 
ésta, que hoy hemos llenado con nuestra bravura. Nunca 
hemos soportado un fuego más terrible. Durante tres 
horas, tendidos en tierra, bajo un vendabal de proyectiles, 
hemos enfrentado el centro de Villar, sin disparar un 
tiro, pues había orden de no hacerlo sino cuando el ene- 
migo avanzara a doscientos metros. Hemos tenido muchas 
bajas. El coronel Jara ha muerto. Lamas está herido, lo 
mismo que Sierra y Muñoz. Al caer la noche nos hemos 
retirado lentamente, conteniendo al enemigo. Una tor- 
menta espantosa nos ha envuelto toda la noche. A las 2 
de la madrugada, el agua caía torrencialmente y el viento 
hacía más lúgubre la escena. Marchábamos a la claridad 
de los rayos. Ahora que escribo, me parece que he vivido 
en medio de un infierno." 



XII 



La batalla de Cerros Blancos, como la denominaron des- 
pués los gubernistas, o del Arroyo Blanco, como la nom- 
bran ahora los revolucionarios, tuvo momentos épicos, 
que no ha podido señalar en su diario José María Reyes, 
el joven estudiante de medicina. Uno de ellos, tiene in- 
terés directo con nuestra narración. 

A la caída del sol, la batalla proseguía furiosamente. 
Pero, el ala izquierda flaqueaba ya de un modo visible. 
Era el contragolpe obligado del abandono de su posición, 
hecho, sobre el ala derecha, por la segunda división al 
mando del coronel José González. Producida la muerte 
del coronel Jara, a las 2 de la tarde, en el momento de 
entrar a la zona de fuego para flanquear la izquierda del 
enemigo, toda aquella ala del ejército revolucionario se 
desmoralizó ; y alivianado entonces el general Villar, pudo 
robustecer su centro y derecha, cargando con más vigor 
la izquierda revolucionaria. 

El coronel Lamas mandó pedir entonces al general 
Saravia, que se hallaba en ese instante a la derecha, un 
movimiento de esa ala sobre la izquierda, a fin de poder 
retirar el centro hacia las lomas vecinas. Saravia, en voz 
baja, concisamente, dió una orden a su ayudante. Salió 
éste disparando hasta el extremo del ala y transmitió la 
orden. 

En seguida se vió caracolear a la caballería. Hubo un 
remolino, luego un alineamiento de escuadrones, en se- 
guida un avance de lanzas que fué convirtiéndose prodi- 
giosamente en una atropellada. 



192 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



— ¡Aura van a ver los salvajes! — - rugió Ciríaco Cruz, 
a la cabeza ele su escuadrón. 

Ya bajaba el tropel de gauchos en medio de un impo- 
nente alarido. Las descargas cerradas, como guadañazos 
colosales de fuego, barrían a los jinetes ; pero los demás 
seguían su avance desbocado, estrechando filas, llenando 
los claros, como un turbión de poseídos. Y así se produjo 
el choque. Hubo una espantosa confusión de jinetes e 
infantes; un trueno de descargas a boca de jarro, al 
que contestaba el gauchaje con chuzazos y mandobles; un 
griterío frenético de gentes locas que se asesinan y des- 
pedazan. Rodaban los caballos, saltaban los jinetes, caían 
los infantes, bramaban los heridos, fulguraban los máusers, 
flotaban las banderolas de las lanzas. Era un remolino 
de hombres y de bestias persiguiéndose, rodeándose, es- 
capando, volviendo, amontonándose, en medio de gritos 
y de relámpagos, entre juramentos de hombres que se 
desangran pisoteados por los caballos y truenos de fu- 
siles que abatían en seco a los centauros. 

Ciríaco Cruz, ebrio de furor, rojo de alegría, esgrimía 
con su brazo de gigante, arremangado hasta el codo, la 
formidable lanza. Su caballo, con botes enormes, saltaba 
las filas de infantes, se revolvía dócil al freno, avanzaba, 
retrocedía, en un vaivén furioso de destrucción y de 
muerte, echando fuego por las narices, bañado en es- 
puma sudorosa. Desde el primer choque, quedó sepa- 
rado de sus muchachos ; pero el terrible lancero no se 
achicó : ni lo advirtió siquiera. El revuelo de su lanza 
le abría un hueco en el montón de los enemigos. Le hacían 
fuego a quema ropa y no le tocaban. Le tiraban sablazos 
y no le herían. Como un demonio caía sobre los hombres 
del gobierno, jurando y rugiendo, dando a éste de punta 
y a aquél con el cuento de la lanza. Parecía invulnerable. 



ENTRE LOS PASTOS 



193 



Pero, de pronto, sintió en el hombro izquierdo un 
golpe rudo. Un milico acababa de herirlo. Iracundo se 
volvió, y en ese instante otro adversario le desgarró el 
flanco con la moharra de una lanza. Fiero, bramando 
como un león, se precipitó sobre el primero, lo enhebró 
de un lanzazo, lo sacó en vilo de su montura, y, cimbrán- 
dole en el aire, con el impulso de su caballo, lo tiró 
muerto a diez metros de allí. Revolvió en seguida su ca- 
balgadura para buscar el otro enemigo ; mas ya le habían 
formado cerco varios soldados. Tuvo una risita de titán, 
un repiqueteo de burla : ¡ juá, juá, juá !, y cayó sobre el 
montón lo mismo que un block errático : al asentar en el 
suelo sus remos, el caballo quedó temblando por los cor- 
vejones. Al ensartar a un soldado, se le quebró la lanza 
y casi en el mismo instante le mataron el caballo. En- 
tonces, con un salto de gato montes, al tiempo que des- 
envainaba su tremenda daga, se precipitó sobre un sar- 
gento motudo, le volteó de un revés y en un santiamén se 
encontró encima del caballo de su víctima. Ya a montado, 
de nuevo, vió el cielo abierto. Chillando, como quien corre 
reses en el campo, empezó a hacer funcionar a diestro y 
siniestro su arma: eran tajos y puñaladas, mandobles y 
reveses, que abrían un cráneo, destripaban un cuerpo y 
desgajaban un brazo. Le hirieron de bala en la cadera ; 
después, en una pierna. No sentía sus heridas. Empapado 
en sudor, manando sangre, deshechas las ropas, al aire 
las melenas, peleaba infatigablemente con un ronco re- 
soplido. De pronto, en aquel frenético turbión, advirtió 
que dos enemigos acometían por detrás a uno de sus mo 
cetones : embistió como un loco, tumbó al primero de un 
hachazo y rodó al suelo con el segundo, entre las patas 
de los dos caballos. A pie otra vez, se hizo cerco ; pero 

13 



194 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



empezaba a sentirse fatigado. Entonces, iracundo, echando 
espumarajos por la boca, vociferó con el jadear de un 
gran fuelle : 

— ¡ Aquí tienen un criollo, salvajes ! 

— ¡Ríndase, viejo!, — le gritó un oficial apuntándole 
con el revólver. 

— i Tu madrina ! — vomitó rabioso, llameantes los 
ojos, al lanzarse sobre el oficial. 

Hizo fuego éste hasta por dos veces ; pero no alcanzó 
a más : la enorme daga le entró por el vientre, le re- 
volvió los intestinos, le tiró para atrás violentamente. 

Ciríaco montó en el caballo del oficial. Al cabalgar, 
pareció recuperar las fuerzas. Y mientras seguía repar- 
tiendo cuchilladas, empezó a cantar la vieja copla de los 
tiempos de Oribe : 

" El que con salvajes 
tenga relación, 
la verga y degüello 
por esta traición. . .". 

De pronto, =¡e encontró entre los suyos, que iniciaban 
una retirada. 

— ¡ No juyan, mandrias ! — clamó. 

Unos se desbandaron. Otros, se revolvieron confusa- 
mente, avergonzados. 

— ¡ No juyan ! 

Una bala le hirió por la espalda y le hizo caer sobre 
el cuello de su caballo. Al mismo tiempo, otro tiro le 
acertó en el muslo, cerca de la ingle. 

— ¡Apestaos! — dijo; — y por un esfuerzo indoma- 
ble de voluntad, se abrazó al animal, también herido y 
vacilante. 



ENTRE LOS PASTOS 



195 



Había quedado, ahora, solo, en medio de un gran claro. 
Sus ojos, con mirada vaga, alcanzaron a ver que un tropel 
de los suyos venía arrollando a los gubernistas en un 
avance incontenible : quiso enderezarse, para agregarse 
a ellos ; pero, la sangre perdida, lo dejaba ya exhausto. 
Y llegó el tropel, aululante, frenético, ciego, y lo arrolló, 
confundido con los gubernistas que huían. Un lancero le 
pechó el caballo, ya rendido, y los volteó. Sus compañe- 
ros pasaron sobre él. Un potro le asentó un ca co sobre 
el pecho ; otro, le hirió con un golpe violento en el cráneo. 
Quedó en el suelo, medio aplastado bajo su cabalgadura, 
contorsionado, deshecho, irreconocible ; pero respirando 
aún levemente, con un hilo de vida. 

Pasaron las horas y llegó la noche de aquel trágico día. 
La tormenta que venía amontonándose en el cielo, se des - 
encadenó al cabo. Rachas furiosas de viento azotaron la 
llanura, ahora desierta de combatientes, pues la perse- 
cución continuaba lejos, rumbo al norte. Empezó a caer 
la lluvia a raudales, en trombas envolventes. La luz de 
los relámpagos, partiendo las tinieblas con bruscos ha- 
chazos, casi sin interrupción, iluminaba el lugar del ma- 
tadero, descubriendo las formas macabras de hombres y 
caballos muertos, entre matas de cardo, sobre los pastos 
empapados, en medio de la tierra arada por la demencia 
de la lucha. Un instante aún, como reanimado por el 
fresco del agua que caía, entreabrió los ojos. Una víbora 
de fuego, vivísima, culebreó casi con lentitud en lo alto 
y en seguida un trueno formidable rebotó sobre el campo. 
El comandante Cruz, con un último espasmo, murmuró: 

— Oigo, sí. 

Y quedó rígido, muerto, bajo la lluvia frenética, que 
seguía volcándose a baldes. 



XIII 



Una vez que se hubo repuesto de sus heridas, Juan 
de Dios buscó la reincorporación a su gente. Tenía infor- 
mes que doscientos hombres, comandados por Trías, an- 
daban por Carpintería, esperando el momento de unirse 
al grueso del ejército. El secreto anhelo de tornar a los 
pagos de Baudilia, le inclinó a buscar esa fuerza. 

"¿Qué habrá sido de ella?". Era la idea fija, que le 
torturaba sin segundo, que le había perseguido durante 
su convalescencia, que le ajetreaba ahora durante el viaje. 
Marchando a largas jornadas, el ojo siempre avisor para 
no caer en manos de alguna fuerza enemiga, no dejaba 
de pensar en la muchacha. El deseo de verla, de saber 
algo de ella, era ya impostergable. Desde aquella fatídica 
noche en que fué asesinado Margarito y en que él anduvo 
por el campo, medio loco de angustia y desesperación, lla- 
mándola a gritos, y durante toda la larga marcha del ejér- 
cito desde el bañado de Medina hasta Cerro Colorado, 
aunque mudo y reconcentrado entonces, no cesó un ins- 
tante su afán ; y ahora, en el paroxismo de su nervio- 
sidad, quería salir de dudas una vez por todas : quería 
saber si Baudilia estaba viva o muerta. 

¡ Ah, no ! ¡ estaría viva ! El cielo no podía permitir que 
después de tantas luchas y dolores, aún le estuviera re- 
servado un más terrible desengaño. Por lo demás, era na- 
tural que Baudilia hubiera encontrado amparo entre los 
vecinos : era una muchacha buena, servicial, que nadie 



ENTRE EOS PASTOS 



197 



podía malquerer. Seguramente, la habrían amparado y 
protegido. 

Se esforzaba, mientras el tostado consumía las leguas, 
en asirse a esta ilusión. Para corroborarla con el fallo de 
la suerte, se proponía a sí mismo contingencias y solu- 
ciones de azar. " Si al vandear esa cañadita el camino 
sube a la derecha, es que está viva ; si sube a la izquierda, 
es que está muerta ", — se proponía a sí mismo ; o bien : 
" si antes de la oración encuentro una calandria, la voy 
a ver y hablarla ; sino, no ". Entonces, si el azar le con- 
testaba afirmativamente, se empeñaba en creer que el 
caso no podía ser de otro modo, que así era en efecto, aun- 
que en lo más íntimo del alma persistiera, escondidita, 
la implacable duda. Y si el azar le era adverso, no valía; 
había que empezar de nuevo la prueba. 

Llegó, al fin, un atardecer, al pago de Baudilia. A me- 
dida que se acercaba, un desaliento enorme le invadía. 
Seguramente no iba a encontrarla ; se había hecho ilu- 
siones ; se había querido engañar a sí mismo. Si él no la 
había hallado aquella noche, es que había muerto de te- 
rror o se había extraviado entre el monte, expuesta luego 
a todos los peligros de unos tiempos de guerra. Indeciso, 
temblando, con miedo de conocer la verdad, ahora que la 
tenía a mano, no quiso dirigirse directamente a los ran- 
chos de Baudilia y se reclinó a la izquierda, buscando el 
de algún vecino, que le suministrara informes. Así, sin 
mucho trabajo, lanzando su caballo a campo traviesa, 
llegó hasta el rancho del vasco. 

Estaba éste sobando una manea, al lado de la puerta 
de su vivienda. Al sentir el galope de un caballo, se vol- 
vió, y con disimulo, se entró al rancho. Juan de Dios tuvo 
una ligera sonrisa y continuó avanzando. 



iy8 



VÍCTOR PÉREZ PKTIT 



— ¡ Ave María ! ¿ No hay gente ? 
Esperó un instante, y agregó : 

— A ver, paisano, salga sin cuidao. Soy gente de paz. 
Vengo pa abiriguar noticias de Baudilia, la que jué mu- 
jer de Margarito. 

El vasco se dejó ver entonces : 

— Güeñas tardes, amigo. 

— Güeñas tardes. Ya dije : me he venido de lejitos, pa 
saber noticias. Diga, pues. ¿Qué ha sido de la pobre? 

— Pues ahí estar, en su casa, — replicó el vasco. 
Juan de Dios experimentó como un mareo ; creyó haber 

oído mal ; se hizo repetir la buena nueva. Y cuando su 
interlocutor empezó a precisar detalles, una llamarada de 
alegría le rebosó en el corazón, le trabó la lengua, le 
llenó de lágrimas los ojos. El vasco seguía hablando, y él, 
en su enajenamiento, en medio de su emoción creciente, 
no acertaba más que a murmurar: "vea", "vea". . . 

La noche del crimen, Baudilia había salido como loca al 
campo y había corrido en dirección al monte. Tropezando 
y cayendo, alzándose y reanudando su desalada carrera, 
desgreñada, demente, se había internado en la maraña, y 
entre ella, perdida, había caminado toda la noche y parte 
del día siguiente. Al atardecer de ese día, había salido 
por los campos de don Faustino, errando como sonám- 
bula, las ropas en girones, las manos y el rostro arañados 
por las espinas de los talas, coronillas y uñas de gato. 
Toda la noche debió haber vagado por aquel campo, hasta 
que rendida, exhausta, sin fuerzas, se abatió entre unas 
matas de cardo y se durmió. Allí la encontró, en la ma- 
ñana del segundo día, ya con el sol alto, doña Venancia, 
la mujer del capataz de don Faustino. Intrigados y com- 
padecidos, la recogieron en su rancho, la dieron algo de 



ENTRE LOS PASTOS 



199 



beber y procuraron saber quién era. Imposible obtener 
una respuesta. Baudilia estaba como " ida " : no entendía 
lo que le preguntaban y miraba siempre alrededor con 
gestos de profundo espanto. Además, no toleraba la pre- 
sencia de hombre alguno : cuando entró a verla el capa- 
taz, empezó a lanzar gemidos y se refugió detrás de doña 
Venancia. " Es mi marido ", explicaba ésta ; pero Bau- 
dilia, temblando, despavorida, los ojos fijos, saltados, 
como una loca, tartamudeaba : " ¡ el hombre !, ¡ el hombre !". 
Por fin, a eso de las once, cuando llegó allí el " gurí " de 
un puestero a recoger la leche, vió a la fugitiva y lanzó 
un grito de alegría : 

— ¡Es mi máistra ! ¿ qué tiene, misia Baudilia ? ¿ qué le 
ha sucedió? 

Baudilia no le reconocía ; pero, instintivamente, apretó 
al muchacho contra su seno. Murmuraba : 

— No salgás ; está ai el hombre ; no salgás. 

Ya sobre aquella pista, pronto se averiguó toda la es- 
pantosa realidad. Varios vecinos se encaminaron a la es- 
cuela y descubrieron el cadáver de Margarito y el de su 
victimario, entre un revuelo de caranchos, así como las 
inequívocas huellas del saqueo. 

Una gran piedad rodeó entonces a la pobre Baudilia y 
todos se empeñaron en cuidarla, en atenderla. Sus alum- 
nos vinieron también a verla, y fué su presencia la que 
empezó la cura de " la loca ". Empezó a reconocerlos : — 
" Mirá, Juancito ! " — " ¡ Ah, aquí está mi chucaro ! . . . 
¡ venga mi chucaro ! ". — Los abrazaba, los reunía en 
montón contra su pecho. Y de pronto, después de haberse 
quedado un instante con la mirada fija, empezó a llorar, 
a llorar. . . 

También lagrimeaba el buen vasco al hacer esta narra- 



200 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ción y lagrimeaba Juan cié Dios, al revivir aquel drama 
sombrío e ignorado. Hubo, entre los dos, un momento de 
silencio ; después, concluyó la historia : 

— Baudilia fué recobrando la memoria y la salud. Pero 
quedó muy abatida. Lloraba siempre ; no hablaba sino con 
monosílabos. En lo de don Faustino todos la agasajaban, 
procurando hacerle olvidar la tragedia. Ella decía siem- 
pre : — " Gracias ; todos ustedes son muy buenos ". Pa- 
reció serenarse ; pero de noche, doña Venancia la sentía 
llorar, ahogándose en la almohada. En fin, pasaron los 
meses. Se tranquilizó más. Ayudaba en los quehaceres de 
casa. Los domingos venían a verla los " escueleros ". Un 
día, manifestó el deseo de ir hasta su casa. La acompaña- 
mos unos cuantos. Lloró mucho esa tarde ; pero, cuando 
la invitamos para salir, nos dijo que quería quedarse 
allí, con sus recuerdos . . . Tan sólo nos pidió que les 
mandáramos los muchachos, pues quería seguir con la 
escuela. Y ahí está, desde entonces, con sus muchachos, 
enseñándoles; siempre triste, callada. . . Los pergeños no 
faltan ahora nunca a la clase. Antes, los matan a palos. 
¡ Pobre muchacha ! 

Juan de Dios se puso en pie. 

— Gracias, paisano, por todas sus noticias. Yo soy 
Juan de Dios Pérez, de Buena Vista. Si en algo puedo 
servirle alguna vez, no tiene más que mandar. 

— Gracias ; lo mismo digo yo, — contestó el vasco. 
Juan de Dios se marchó al trotecito, profundamente 

pensativo. Iba a ver a Baudilia; pero, ahora, después de 
semejante narración, no sabía lo que podría decirle. 
¿Cómo hablarle de su cariño a una mujer que sólo vivía 
para el recuerdo de otro hombre? ¿No sería mejor doblar 
el rumbo, irse por otro lado, y dejarla sola, toda entregada 



ENTRE EOS PASTOS 



201 



a su dolor? Estuvo a punto de seguir esta resolución y 
hasta llegó a torcer las bridas ; pero en el acto en su 
alma hubo como un duelo. ¡ No ! ¡no se iría sin verla ! 
¡Verla siquiera una vez! Luego. . . Tuvo un encogimiento 
de hombros desesperanzado, como si ya nada le importara 
en la vida. 

Se apeó del caballo al lado del ombú, lo ató a una ar- 
golla fija en el tronco, y golpeó las manos. En la puerta 
de la cocina apareció una chicuela y detrás de ésta, una 
mujer. 

Tardó un instante en reconocerla, tan delgada y cam- 
biada estaba. Al fin, exclamó, avanzando : 

— ¡ Baudilia, soy yo, Juan de Dios ! 

Ella, que tampoco le había reconocido, dijo sorpren- 
dida : 

— ¿ Juan de Dios . . . por aquí ? 

— Ya vé, Baudilia; pasaba por ai, cerquita. . . Me di- 
jeron que ésta era su casa y no quise dirme sin salu- 
darla. . . 

Los dos se miraban en silencio. El consideraba aquel 
rostro anguloso, pálido, triste, antes tan regordete, her- 
moso y alegre ; ella, le extrañaba sobre todo por aquella 
gran cicatriz sobre la boca. 

— ¡ Juan de Dios ! ¡ qué cambeado está ! ¡ No parece el 
mesmo!. . . — Y agregó, luego, con una sonrisa amarga: 
— Güeno, lo que es yo, también estoy muy cambeada. . . 

— Sí, ya sé ; me han dicho . . . 

— ¡ Ah!, ¿sabe?. . . 

— Sí, todo. . . ¡ pobre Baudilia ! 

Hubo una pausa. Para disimular el llanto que acudía 
a sus ojos, Baudilia se entró a la cocina, diciendo : 

— Voy a darle un asiento. 



202 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Volvió con una silla. Juan de Dios, dándole vueltas al 
chambergo, se sentó. 

— Gracias, — dijo. Y no supo qué agregar. 
Baudilia se había metido en el rancho. Cuando al fin 

logró serenarse, salió secándose los ojos. 

— Disculpe, Juan de Dios, usté comprenderá... 

— Sí, sí ; claro. . . 

— ¿Ya usté cómo le va? ¿qué es de su vida? 

Juan de Dios ladeó la cabeza; se azotó la bombacha 
con el rebenque : 

— ¡ Pse ! ya ve . . . 

— Usté tampoco ha tenido suerte . . . 

— Ninguno de los dos. Era el destino., 

— Era el destino, — repitió ella, como un eco. 
Guardaron silencio. Baudilia fué la primera en rom- 
perlo : 

— Voy a servirle un matecito. 

— No se incomode . . . 

— No es incomodidad, ¡valiente! 

Entró a la cocina y al rato salió con el mate. 

— Sírvase. 

— Gracias, — contestó él, cogiendo la calabaza. 
Hubo otro silencio. Fué Baudilia también ahora quien 

halló el modo de romper aquél : 

— ¿Anda de viaje o qué? 

— Voy a riunirme con la gente de Trías, que está por 
aicito no más, sobre el Paso de Carpintería. Dende que me 
hirieron en Cerros Coloraos, falto del ejército. Servía 
con el comendante Ciríaco Cruz. 

— ¡ Ah ! ¿ Es esa herida que tiene en la cara ? 

— Mesmo. Y otra aquí, salva sea la parte, en la pierna. 

— ¿ Sufrió mucho ? 



KNTRIv 1,0 S PASTOS 



203 



— ¿Y pa qué nace un cristiano, si no es pa sufrir? 

— Tiene razón. ¡Lo que yo he sufrido! Perdí mis dos 
hijitos, mi marido. . . 

Embargado cada uno por sus tristes pensamientos, vol- 
vieron a enmudecer. Al fin, Juan de Dios devolvió el 
mate, diciendo : 

— Yo estuve aquí la noche esa. . . 

Baudilia, que se iba para llenar la calabaza, se detuvo. 

— ¿ Usté ? ¿ cuándo ? ¿ cómo ? 

— De tardecita, pasé por ai, por el fondo, arriando una 
caballada. Esos dos bandidos, a quienes yo no conocía, 
se ofertaron pa llegarse hasta aquí, pa agenciar un poco 
de yerba. Yo seguí con la gente hasta el otro lao de aquella 
loma. Y como tenía la idea de que usté debía vivir por 
estos pagos, pregunté a un vecino. Me dijo que usté 
vivía aquí. ¡ Figúrese ! Había pasao al lao de su casa 
y el corazón no me dijo nada. . . 

Hubo una pausa. Él, sorprendido de la frase que se 
le había escapado ; ella, como si no la hubiera entendido. 
Juan de Dios prosiguió: 

— Cuando golvió Celedonio, el cabo me denunció que 
debía haber robao, porque traia un rebenque que no era 
suyo, y plata. Entonces, oliendo alguna disgracia, monté 
y me vine a media rienda. Estuve aquí ; era una noche de 
luna. Vi todo. Comprendí lo sucedido, y empecé a bus- 
carla. Anduve hasta la madrugada por estos campos, lla- 
mándola. . . 

— ¿Qué jué del asesino? 

— Lo afusilaron por orden del general . . . Crei que 
sabía . . . 

— No, nada; vivimos aquí tan lejos... 

— Si supiera con el ansia que la buscaba ! Y dispués, 



204 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



todas las horas, de día, át noche, he pensao siempre 
en usté . . . 

— Gracias, Juan de Dios. 

Lo dijo con tal gravedad, que el mozo experimentó un 
desgarramiento. No obstante, preguntó : 

— Usté no ha pensao alguna vez en mí ? . . . 

— Sí, algunas hemos hablao con el finao. 

Juan de Dios volvió a sentir una punzada en el cora- 
zón. No era esa la respuesta que esperaba. 

— No, yo quería decir, usté, usté sola. . , 
Baudilia se entró a cebar otro mate. Cuando salió de 

nuevo, traía hecha su respuesta, que había meditado : 

— Vea, Juan de Dios. Yo lo quise a usté allá en la 
Estancia ; pero no nos comprendimos. Dispués, me casé, 
y todo el pasado quedó muerto. Ansí tenía que ser. Ahora, 
han muerto mis hijitos, mi marido... Nunca los olvi- 
daré . . . Nunca volveré a querer a naides . . . 

— ¡ Baudilia ! — gimió Juan de Dios, con profunda an- 
gustia, sintiendo la irrevocabilidad de aquella decisión. 

— Tengo mis muertos aquí, — añadió tocándose el 
pecho. — ¡ Nunca, Juan de Dios ! 

— ¿Y va a vivir sola, aquí, sola?. . . — adujo él, supli- 
cante, tentando un último esfuerzo. 

— Sola, Juan de Dios ; sola con ellos, con su recuerdo... 
Juan de Dios se puso entonces de pie. 

— Ta bien. 

— ¿Se va ? 

— Ya viene la noche. Tengo un galopito entoavía pa 
encontrar mi gente. 

Ella le tendió tristemente la mano : 

— Güeña suerte, y a ver cuando vuelve. 

— Sabe Dios. 



HNTRK los pastos 



La contempló un instante, y de pronto se marchó. 

Baudilia permaneció junto a la puerta de la cocina; 
pero, como Juan de Dios se alejara al galope sin volverse, 
se entró. 

Y allí, sentada en un banquito, lloró, lloró largo tiempo 
sobre su inmensa desventura, sobre toda su vida frus- 
trada. 

En la cocina se amontonaban las sombras : sólo el hogar 
parpadeaba lumbre con sus carbones rojizos ; y era aquella 
tiniebla estremecida por los estertores de la lumbre, se- 
mejante a esas vidas, obscuras y humildes, perdidas en la 
soledad del campo, entre los pastos, sobre las que rueda, 
a veces, un soplo de Amor y de Tragedia. 



XIV 



La noche de aqitel último día del mes de Julio se venía 
rápidamente. Sólo un leve fulgor, último vestigio del astro 
que se iba, agonizaba en el ocaso. Espesos y negruzcos 
celajes enlutaban el cielo, dejando ver muy pocas estre- 
llas. La tierra se rodeaba de sombras humosas, que diluían 
las formas, borraban los contornos, suprimían el color. 
Sólo los árboles y ranchos persistían aún sobre el pai- 
saje; pero convirtiéndose en borrones más negros, como 
siluetas de tinta china. No había ni un soplo de aire. En 
el ambiente palpitaba un débil perfume campesino, raro, 
finísimo, hecho de los alientos del trébol, la gramilla y la 
cola de zorro confundidos en extraña alquimia con el de 
los duraznillos blancos y juncos de los bajos anegadizos. 
Los grillos chirriaban interminables ; a lo lejos había una 
tristísima cantinela de ranas. 

Juan de Dios seguía ahora, al trote, el mismo camino 
de dos meses antes, cuando conducía la caballada. Iba 
absorto, hundido en sí mismo, ajeno a cuanto le rodeaba, 
con aquella montaña de dolor que se le había venido en- 
cima. " Nunca volveré ya a querer a naides ", — le había 
dicho Baudilia con una decisión que él sentía era irrevo- 
cable, definitiva. Y había sido entonces en su alma la no- 
che total. Se apagaron todas las luces de su espíritu ; el 
mundo desapareció a su alrededor; en su corazón calló 
la última resonancia. Un desgano de vivir, una pesadum- 
bre inmensa le invadieron. ¿Para qué vivir sin ella, sin 
esa esperanza? Todo le era ahora indiferente. La vida 



KXTRK LOS PASTOS 



207 



le daba asco. Mientras alentó con la esperanza de vol- 
verla a ver, acaso de reconquistarla, su existencia tenía un 
objeto ; sus luchas, una finalidad ; su ensueño, un norte 
mágico y encantado. Pero, ahora, que el desengaño le ha- 
bía cogido con sus garras, ahora, ¿para qué continuar su- 
friendo? Presentía que ya no tendría para él atractivos 
ninguna cosa sobre la tierra y que siempre, a su alrededor, 
aún en pleno día, con el sol más fulgurante, sería la noche 
espesa y solitaria, como ésta que le envolvía ahora en sus 
gasas fúnebres. " Esto se acabó, Juan de Dios ", — se 
repetía el mísero 

El caballo dió bruscamente una espantada, que estuvo a 
punto de desarzonar a su jinete. Una liebre se había al- 
zado, rapidísima, de entre unas maciegas secas. Juan de 
Dios despertó de su meditación y le dió dos rebencazos 
al caballo, sofrenándolo luego. Miró a su alrededor. 
"¿Dónde estoy?", pareció preguntarse. En medio de la 
hondonada que cruzaba, las sombras eran más macizas. 
Un reborde de arbustos contorneaba por un lado aquella 
depresión del terreno, poniendo una mancha más negra 
sobre la negrura del conjunto. Anduvo un trecho, el ca- 
ballo chapaleó en un charco y empezó luego a subir una 
cuestita : Juan de Dios sintió el leve roce de altos pastos 
sobre las patas de su caballo. Al cabo de unos instantes, 
volvió a abrirse un tanto el paisaje, y entonces, a pesar 
de la noche, reconoció el rumbo. Estaba en el estribadero 
del cerro que enfrentaba al rancho del paisano que le 
había indicado la otra vez los ranchos de Baudilia. 

Libre el camino, galopó un largo trecho, siempre su- 
biendo. Un pájaro nocturno, una lechuza, pasó sobre él 
chirriando, batiendo sus alas de felpa. Entonces, casi en 
la cumbre, detuvo el caballo. Se volvió para mirar hacia 



20$ 



VÍCTOR PÉREZ PE'fíT 



atrás. Era un abismo de tiniebla. No se distinguía ni 
una luz. Y, sin embargo, hacia aquella parte, estaba la 
morada de Baudilia. Allá vivía; allá estaría ahora, sola, 
sola, " sola con sus recuerdos como decía. ¿ Se acordaría 
de él o ya le habría olvidado? Experimentó un despecho 
amargo. " ¿ Qué me importa ya que se acuerde ? " — 
pensó. " También me dijo que me había querido, allá en 
la Estancia ; pero, que al casarse con Margarito, había 
olvidao todo el pasado. Y aura que Margarito ha muerto, 
aura tampoco quiere pensar en mí, porque tiene que 
vivir de su recuerdo. Yo no soy nada pa ella ". 

"Yo no soy nada pa ella "... Era la confesión de su 
derrota ; la comprobación de que se sentía sin objeto en 
la vida. ¡ La vida ! ¡ valiente porquería ! Desde chico, no 
había hecho otra cosa que penar sobre el yugo, y sufrir, 
sufrir siempre. No había conocido un goce verdadero, no 
había realizado ninguna querida ilusión. Trabajaba, co- 
mía, dormía, nada más. Era lo mismo que cualquier ani- 
mal. Y cuando llegó a amar de veras, cuando vió entre- 
abrirse el cielo, cuando la felicidad cruzó a su lado, no 
supo reconocerla ni aprovechar el instante único y sin 
retorno. Se encastilló en su necio amor propio de hom- 
bre, perdió el tiempo enconando en vez de atraerse a la que 
amaba, concluyó por arrojarla él mismo en los brazos de 
otro hombre. ¡ Y ella lo quería, entonces, acababa de con- 
fesárselo, y él no se había dado cuenta de ello ! ¡ Qué 
miseria ! 

— "Sí, ¡ valiente porquería la vida !", — pensaba otra 
vez el infeliz caminando al paso de su caballo, bajando por 
la otra ladera de la loma. " Ahí voy yo, entre esas gentes 
de la regolución. ¿Qué soy allí? Naides ; uno del montón, 
lo mesmo que cualquier novillo de una tropa. Lo arrean 



ENTRE EOS PASTOS 



209 



a uno, y marcha ; paran rodeo, y come, o duerme. Dis- 
pués, un día, le aujerean a uno el cuero y por allá no 
más se queda, en cualquier parte, tirao entre los pastos, 
pa que los caranchos y los perros cimarrones hagan fiesta 
con la osamenta. . .". 

Siguió andando, despacito. Delante de él se extendía 
la noche maciza, profunda ; y aún, en medio de aquel 
antro, había una mancha más negra, algo así como un pozo 
abierto sobre la nada. Las patas del caballo empezaron a 
azotar chilcas. La tierra, manando agua, gemía viscosa- 
mente bajo la presión de los cascos de aquél. Juan de 
Dios puso un poco de atención. " Aquí tengo que doblar 
a mano derecha ", — se dijo ; — "de no, voy a meterme 
en el bañao ". 

Anduvo así como una media hora, lentamente, fijando su 
atención porque el rumbo era difícil. A veces, manojos de 
paja, altísimos, le rozaban y el chasquido del agua se 
pronunciaba ; entonces dirigía su caballo más hacia la de- 
recha. Al fin, sintió otra vez la tierra dura. Manchas 
opacas denunciaron la presencia de arbustos espinosos, 
que él había visto la otra vez, enredados de basura. De 
pronto detuvo su caballo. Un rumor inusitado hirió su 
experto oído. 

— Se me hace gente, — murmuró. 

Escuchó un instante y ladeó el caballo aún más sobre 
la derecha ; caminó lentamente y salió al fin de aquel monte 
bajo, sucio de malezas, pajas y talas espinosas. Y al 
propio tiempo que advertía, en medio de las sombras, unos 
bultos informes y desusados, una voz ronca gritó frente 
a él : 

— ¡Alto! 

— Amigo, — contestó. 

14 



210 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



En seguida le rodearon cinco o seis fantasmas negros. 
Le hicieron bajar del caballo previamente. Le interroga- 
ron. Fué conducido a pie al centro de un campamento. A 
cada paso, cruzaban al lado de grupos de hombres ten- 
didos en el suelo. Por fin llegaron. 

Estaba entre la gente de Trías. Se dió a conocer y re- 
clamó un puesto entre la tropa. 

— Llega bien, aparcero, — comentó una voz a su lado, 
cuando dejaban al oficial que lo había examinado. — 
Ayer el enemigo no nos dió resuello y hemos tenido que 
recular fiero una punta de leguas, peliando siempre. 
Gracias que vino la noche y pusimos en medio el bañao. 
Se me hace que mañanita pegamos otra trotiada pa atrás, 
con los chumbos chiflando sobre la cabeza. 

— ¿Está tan fiera la cosa? — interrogó Juan de Dios. 

— Son cuatro veces más que nosotros, — repuso su 
acompañante. Y luego : — Ai está su pingo. Puede dormir, 
y hará bien ; pero, no pite. Está prohibido. 

Se durmió con un sueño hondo y pesado, rendido por 
tantas emociones y fatigas. A su alrededor, era también 
el silencio grave del campamento, exhausto por una ruda 
jornada de pelea. 



XV 



— Vamos, compañero, no sea tan regalón, — le gritó, 
sacudiéndole fuertemente, en vista de que no despertaba, 
un paisano joven, barbilampiño, de ojos vivarachos y 
dientes luminosos de puro blancos. — Apúrese, que están 
sirviendo el chocolate. 

Abrió los ojos Juan de Dios, sin darse cuenta del sitio 
en que se hallaba. Miró alrededor, sorprendido de todas 
aquellas gentes, animales, armas y recados que pululaban 
entre las pajas ; se pasó una mano por la frente y de 
pronto, recordando su llegada al campamento la noche 
anterior, se puso rápido en pie. 

— ¿ Qué hay ? — formuló. 

— Están sirviendo el chocolate, — repitió burlón el 
mocito. 

En la mañana gris, húmeda y fría de aquel día de in- 
vierno, resonaban unos tiros secos, como cohetes. 

— ¿Nos sorprendieron? — preguntó de nuevo. 

— No. Allá están nuestras avanzadas, hace rato. Si los 
milicos quieren cruzar el bañao, van a tener que arre- 
mangarse. 

Juan de Dios miró hacia el lado donde sonaban los 
disparos. Bajo la naciente claridad del día, el bañado, an- 
cho y extenso, poblado de paja brava, iba convirtiendo sus 
tonalidades opacas y sucias, en verdes de cobre, con gran- 
des manchones de un azul negruzco. Aquí y allá, donde 
las pajas no eran tan altas, el agua se denunciaba con 
bruñidos de argentería. Parecía, en verdad, un tanto 



212 



VÍCTOR PÉREZ PÉTlf 



difícil, para cualquiera de los dos contendientes, cruzar 
aquel gran charco. 

— ¿Mucha agua? — preguntó Juan de Dios. 

— Arriba de media costilla, — contestó el otro. 

El fuego aumentaba por instantes. Lejos, del otro lado, 
vibró un clarín un toque agudo, que sonó límpido en la 
mañana ; y a poco, en un claro de las malezas de aquella 
orilla, se vieron cruzar corriendo, unos tras otros, unos 
hombres pequeñitos, como muñecos. 

Estaban observando aquel movimiento, cuando la voz 
ruda de un oficial dijo a su lado : 

— Vamos, ¡ vivos, muchachos ! No hay que dejarlos 
pasar el agua. 

Los hombres de la revolución concluyeron de tomar su- 
posiciones. Juan de Dios fué enviado a retaguardia, con 
los que cuidaban la caballada. Como allí el terreno era 
bastante plano, no podía distinguir bien la zona del com- 
bate. Se dejó estar, pues, sobre su cabalgadura e insen- 
siblemente se distrajo, olvidó todo y dió en el mismo 
tema que le había preocupado la noche antes. " Nunca 
volveré a querer a naides "... " Nunca volveré a querer 
a naides — repetía una voz lejana y lamentable, vol- 
viendo a despertar la angustia en su pecho y a llenarle de 
duelo el corazón. Lina o dos veces salió de su abatimiento, 
sacudido acaso por el eco de aquellas terribles descargas 
que azotaban el aire como rachas de tempestad ; pero, in- 
diferente a ellas, tornaba a hundir la barba en el pecho y 
proseguía su doloroso ensueño. 

Así transcurrieron las horas de la mañana. Mientras él. 
inmóvil, rememoraba y sufría, allá abajo sus compañeros 
luchaban con furia a fin de contener al enemigo, que se 
insinuaba en atrevidos avances. Las filas revolucionarias 



1ÍNTRIÍ LOS PASTOS 



empezaban a ralearse. Hubo que echar mano de todos los 
elementos. Cuando vinieron a relevar a Juan de Dios y 
los otros hombres, dando el cuidado de la caballada a 
algunos heridos leves, ya el sol estaba en el cénit. 

Juan de Dios llegó a la línea de fuego y experimentó 
allí su primer sorpresa al notar que la guerrilla de los 
suyos no estaba ya al borde del bañado, como a las y de 
la mañana, al sonar los primeros tiros : ahora se había 
replegado unos doscientos metros, ocultándose tras de 
las chilcas. Avanzó decidido, se tendió detrás de una 
mata, requirió su carabina y al convertir los ojos hacia 
el bañado, su asombro no tuvo límites ¿Dónde estaba el 
enemigo? Sus compañeros hacían fuego, pero, ¿sobre 
quién? También de allá lejos llegaba el eco de los tiros, 
pero ¿ dónde estaban los tiradores ? Súbitamente, unos mo- 
vimientos bruscos del pajonal, aquí y allá, como cuando 
los perros andan buscando alguna alimaña, le revelaron 
el misterio. Allí, entre el agua, agazapados tras los juncos 
y pajas bravas, la gente del gobierno avanzaba sigilosa. 
Empezó a interesarse en aquella caza de nuevo género, 
esperando con afán la aparición de algún bulto informe o 
el movimiento de un haz de pajas, para ensayar allí su 
puntería. 

Lo grave, es que la caza se defendía de un modo peli- 
groso. Sus tiros, bastantes bien dirigidos, llovían sobre 
los revolucionarios. Ya habían tenido éstos que retroceder 
de sus primeras posiciones y resguardarse en el chilcal. 
Pero las balas llovían sobre éstos, con un silbido agudo, 
tronchando gajos, hundiéndose en las motas de tierra 
con un golpe seco. Al cabo de una hora de porfiada resis- 
tencia, hubo que retroceder otro poco. El bañado debía 
estar ahora pululando de enemigos. Un tanto nerviosos, 



214 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



los de la guerrilla revolucionaria disparaban sus tiros al 
acaso, sobre cualquier vaivén del pajonal, sin esperar a 
ver el bulto del hombre. Y el avance proseguía, pues ahora 
se agitaban las pajas por doquier y los disparos se mul- 
tiplicaban. 

—Pero, ¿no matamos a ninguno? — se dijo a sí mismo 
Juan de Dios, con rabia. 

Llegó una nueva orden de replegarse. La posición era 
en efecto insostenible. Agazapándose, escondiéndose de- 
trás de las matas, corriendo un poquito y volviéndose de 
cuando en cuando para hacer un disparo, la gente retro- 
cedió, llegando al estribadero de un cerro. Pero, una vez 
allí, no pudieron detenerse sino muy poco tiempo. El 
grueso de la tropa enemiga, unos escuadrones de caballe- 
ría dirigidos por el comandante Guillermo Buist y el co- 
ronel Chagas, cruzaba el bañado a caballo, con gran re- 
solución ; y a poco, lo que hasta ahora habían sido tiros 
numerosos, se convirtieron en descargas nutridas. Los re- 
volucionarios, defendiéndose con tesón, pero castigados 
en descubierto por aquel fuego incesante, tuvieron que 
escalar la loma. 

— A tomar posiciones allá arriba, — se había orde- 
nado ; y todos retrocedían paulatinamente, ascendiendo 
siempre, procurando escurrir el bulto, con la terrible an- 
gustia de no llegar nunca a la cima. 

A medida que pasaban las horas, que el combate recru- 
decía y que el peligro aumentaba, Juan de Dios iba cre- 
ciéndose. Ahora que podía pelear y que veía a los soldados 
gubernistas mostrarse sin recato, no le importaba ex- 
ponerse. ¿ Qué le importaba la vida ? " Nunca volveré a 
querer a naides " : las palabras de Baudilia resonaban en 
su oído claras y nítidas, como si alguien se las estuviera 



ENTRE LOS PASTOS 



215 



repitiendo al lado suyo. Entonces, de pronto, se irguió : 
no quiso agazaparse más; siguió retrocediendo, pero en 
pie, firme y derecho, como un demente. 

— ¡ Agáchese ! Lo van a voltear, — le gritó alguien. 

Siguió impertérrito haciendo sus tiros, con rabia, afi- 
nando siempre la puntería. Las balas empezaron a salpicar 
a su alrededor. 

— ¡ No siá loco, compañero ! — volvieron a decirle, 
cuando ya culminaban el cerro y la defensa se hacía más 
cómoda para todos. 

Durante unos minutos, los gubernistas detuvieron la 
persecución, raleando el fuego. Los revolucionarios se 
parapetaban en la altura y cobraban nuevos bríos. 

— Aquí hay que sostenerse, muchachos ! — clamó un 
oficial. — ¡ De no, nos echan sobre ese otro bañao ! 

El combate se hizo de repente más rudo y violento. En 
el aire azul tableteaban furiosas las descargas. La tropa 
enemiga que venía, más atrás, a caballo, había echado pie 
a tierra y reforzaba las avanzadas, diseminándose por la 
falda del cerro. Cinco o seis soldados hacían punta en 
aquel avance fatídico, tendidos en el suelo, arrastrándose 
como alimañas. Juan de Dios, impertérrito, como un in- 
consciente, avanzó dos o tres pasos, escogió bien su po- 
sición, hincó la rodilla en tierra e hizo funcionar su arma. 

— ¡ Pero, amigo, se va a hacer matar ! 

En ese instante una bala le dió en medio de la frente 
al que así había hablado y le dejó tieso sobre el verde 
que tamizaba los pedruzcos del cerro. 

Las balas llovían alrededor de Juan de Dios, rebotando 
en la piedra, hundiéndose entre las matas de yuyos. Pero, 
él no oía ni el crugir de las descargas ni las voces de sus 
compañeros. " Nunca volveré a querer a naides ", — re- 



2l6 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



sonaba en su interior una voz lejana, una voz que había 
perdido para siempre. Y aquel estribillo cruel, repetido 
interminablemente, a intervalos isócronos, como el movi- 
miento de un reloj, le volvía fulo, le exasperaba hasta el 
paroxismo. 

— ¡ No saben tirar, canejo ! — masticaba por lo bajo, 
ansioso ya del momento en que una bala certera conclu- 
yera con todo, con su vida y con aquella frase tortura- 
dora. — ¡ No saben tirar, sotretas ! 

La defensa de la cumbre del cerro, a las cinco de la 
tarde, fué también imposible, y ya con la obsesión de la 
derrota, los revolucionarios se descolgaron por el otro 
flanco, rendidos, tronchados, manando sangre, dejando 
sus muertos entre los pastos, precipitándose ciegos sobre 
el pequeño bañado que los separaba del Río Negro. 

En esa huida, Juan de Dios era el último. No quería 
abandonar la posición; insultaba a los que se retiraban; 
los incitaba a mantenerse en sus puestos, para morir todos 
allí. Pálido de ira, desgreñado, una mueca de dolor in- 
crustada en la conmisura de los labios, los ojos duros, 
crueles, con algo de demencia en la mirada, seguía ha- 
ciendo fuego, porfiadamente, sobre los enemigos, en tanto 
clamaba a los suyos : 

— ¡ Son unos mandrias, canejo ! ¡ Disparan como mu- 
litas ! ¡ No juyan ! ¡ Hagansen matar como criollos ! ¡ No 
juyan ! 

Y enfrentando al enemigo: 

— ¡ Tiren, sarnosos ! ¡ Tiren, apestaos ! ¡ Aquí tienen 
carniza! ¡aprovechen! 

El oficial se lo llevó a empellones. La posición que- 
daba abandonada, y él no podía permitir que aquel exal- 
tado, ¡tan valiente muchacho!, se hiciera matar inútil- 
mente. 



ENTRE LOS PASTOS 



217 



La tarde declinaba rápidamente. Al hundirse en el ba- 
ñado, las sombras envolvieron de golpe a los revolucio- 
narios. Habían pasado todas las horas del día en aquella 
resistencia enconada, sin darse cuenta del transcurso del 
tiempo, alucinados por el gesto tremendo de la muerte, 
alzado sin segundo sobre cada uno de ellos, febriles, in- 
cansables, andando kilómetros y kilómetros, reseco el 
paladar, sudorosos, palpitantes, — trágicos. Y ahora, 
mientras el sol se ocultaba tras una cortina de celajes 
rojos, amarillos, anaranjados, verdes y violetas, con una 
pompa triunfal y feérica, e)los se desparramaban entre las 
sombras azuladas y negruzcas del bañado, procurando 
trasponerle rápidamente para dejarlo como una barrera 
frente al avance del enemigo, lo mismo que habían he- 
cho la noche anterior. Las descargas les perseguían aún, 
más lúgubres que antes, en aquel atardecer de derrota ; y 
ellos continuaban chapaleando en el agua, tropezando en 
las matas, cortándose las manos con las pajas, casi sin 
disparar un tiro, porque ya les escaseaban las municiones. 

Llegó al fin la noche, una noche obscura como la pre- 
cedente, enlutada de nubarrones, cuajada de fantasmas, 
plena con el canto monótono de las ranas. La tropa revo- 
lucionaria había ido a detenerse a la orilla del tupido 
monte que costea el Río Negro, rendida por aquella san- 
grienta jornada. Exhaustos los hombres, se tendían por 
doquier en el suelo, entre la maraña, dejando sueltos los 
caballos. 

¿Dónde estaba Juan de Dios? Silenciosamente, apar- 
tándose de todos, con disimulo, casi a rastras, se inter- 
naba en el monte. Estaba herido. Al trasponer el ba- 
ñado, una bala perdida le había alcanzado en la espalda. 
Al sentir el golpe, vaciló como si fuera a caer ; pero, por 
un supremo esfuerzo de voluntad, se mantuvo en pie. 



218 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Entonces, trabajosamente, siguió andando por en medio 
del charco. De pronto, tuvo un vómito de sangre y se 
hincó de rodillas. Al cabo de un rato, se repuso y siguió 
andando. Alguien, que venía corriendo detrás de él, le 
dijo al pasar : 

— ¿Está herido, compañero? 

— ¡ No tengo nada, cañe jo ! — replicó. 

Llegó a la orilla del monte. Se escurrió entre los gru- 
pos, respirando fuertemente, con pesada fatiga, procu- 
rando que nadie se enterara de que iba herido. " Nunca 
volveré a querer a naides ". ¿ Para qué, entonces, buscar 
que le curaran? Mejor era morir así, de una vez. El balazo 
que había buscado en vano durante toda la tarde, de 
frente, ofreciendo el pecho a los enemigos, ahora le ha- 
bía llegado a traición, por detrás. ¡ Hasta esa desgracia 
tenía! Pero, de cualquier modo que fuera, era la muerte, 
el descanso, el olvido. Bien venido, entonces, el balazo 
traidor. Empezó a internarse en el monte, buscando un 
paraje solitario, para que nadie le socorriera si en su 
agonía se le escapaban algunos gemidos. Quería morir, 
allí, en la espesura, solo, lejos de todos, lejos del mundo, 
como un animal de quien nadie se conduele, como una 
bestia que todos han perseguido y desprecian. Si ella no 
podía amarle ya, si no había tenido piedad de su amor, 
la muerte era una .liberación. Por eso huía silencioso y 
precavido, acallando las quejas que le arrancaba el dolor, 
y disimulándose a los ojos de sus compañeros. Por eso iba 
como ebrio, tropezando en las ramas desgajadas, cayendo, 
alzándose de nuevo con trabajo, luchando con las cuerdas 
del cipó y las agudas espinas de los talas y coronillas, 
avanzando por los claros que se abrían entre molles y 
algarrobos, guayabos y ceibos, dando un rodeo a veces 



ENTRE LOS PASTOS 



2ig 



cuando la maleza trabada en los viraros y espinillos ha- 
cía imposible el paso, hundiéndose cada vez más en el 
corazón de la selva, casi sin alientos ya, los ojos turbios, 
una horrible mueca de sufrimiento cuajada sobre todo el 
rostro. De pronto, vacilante, se dió contra un chalchal y 
se fué al suelo. Tuvo otro vómito. Quedó unos instantes 
en el suelo gimiendo, mordiéndose los labios para que no 
se oyera su doliente gemido. " Nunca volveré a querer a 
naides ". ¡ No ! ¡ ni nunca tampoco ella tendría más noticias 
de él ! Ignorando su muerte obscura, ¡ no le lloraría ! 
Desaparecería como un desgraciado, anónimamente, en 
medio de la noche, sin dejar un recuerdo, porque no 
era nadie, porque no valía nada... Quizo alzarse; mas 
no tuvo fuerzas para ello, y entonces, lo mismo que un 
animal herido, empezó a arrastrarse por el suelo, hasta 
llegar al pie de un ceibo. De pronto, se desmayó. 

Cuando volvió en sí, la fiebre atronaba en su cabeza. 
Miró alrededor ; pero las sombras se espesaban cada vez 
más. Los árboles se erguían ante él como fantasmas. Del 
fondo de la obscuridad empezaron a surgir voces extra- 
ñas. El delirio le hundió entonces sus diez garras en el 
cerebro. Se vió rodeado de bestias informes que danzaban 
a su alrededor; un enjambre de aves extrañas, muy ne- 
gras, pesadas y silenciosas, volaron sobre él en ronda in- 
terminable. Quería espantarlas y no podía, porque una 
de las bestias le había traspasado la espalda con su 
cuerno. Mas, en seguida, sin transición, todo aquel enjam- 
bre de bichos, se tornaba en hombres, que lo miraban 
con ojos como yescas. ¡Déjenme, quiero morir solo!, cla- 
maba en su interior; y en vez de irse, los otros se reían, 
se reían. Se irguió para pelearlos ; mas entonces ellos, 
convirtiéndose en soldados enemigos, empezaron a ha- 



220 



VÍCTOR PÉREZ PHTIT 



cerle fuego con sus armas. Las balas llovían en granizada 
a su alrededor. Se dió a correr, como un loco, para escapar- 
les. ¡ Qué carrera infernal ! Saltaba cañadas, se entreve- 
raba por los montes, salía al descubierto, trepaba fatigosas 
cuchillas, se despeñaba por los barrancos, y los soldados 
siempre atrás, a sus alcances, aullando como lobos. De 
repente se halló en el patio de los ranchos de Bau- 
dilia. Dos hombres asesinaban a Margarito. Después de 
haberlo degollado, se pusieron en pie, hoscos y fieros, 
buscando una nue^a víctima. Baudilia estaba en la puerta 
de la cocina, mirándolos. Él quiso gritarle que huyera, 
que se ocultara; pero la voz no le salía de la garganta. 
En vano se desesperaba, haciéndole gestos : ella parecía 
no darse cuenta de nada. ¡ Qué angustia no poderla hacer 
ver el peligro ! Y los hombres estaban allí, Celedonio y 
el indio, con sus cuchillos tintos en sangre. Entonces, el 
perro muerto al lado de Margarito, se irguió de golpe, 
y, saltando sobre sus cuatro patas, empezó a crecer, a 
crecer, a crecer de un modo fantástico, hasta rebasar con 
el lomo la copa de los ombúes. Y el perro era un mons- 
truo de ojos de fuego, de fauces de dragón, que aullaba 
frenético, de una manera ensordecedora. . . 

El ladrido de aquel perro gigantesco, que oía en su 
delirio el mísero Juan de Dios, también lo oyó, entre 
sueños, la tropa acampada en el linde del monte : era como 
el fragor de un trueno, de una avalancha invisible, de un 
tropel salvaje que se les viniera encima de improviso, 
desde el antro de la noche. Despertados de súbito, en me- 
dio de las sombras que se aplastaban sobre el campa- 
mento, embotados aún por el sueño, sin conciencia, oye- 
ron tiros y galopes, alaridos y tumbos, — toda una batahola 
de espanto, de dolor, de muerte. Eran las fuerzas del go- 



EIs'TRE WS PASTOS 



221 



bierno que se habían venido callandito, disimuladas en el 
juncal, y atacaban de golpe al campamento. Entonces, 
aquella sorpresa nocturna fué como un vértigo : resta- 
llaban los tiros, huía la caballada atrepellando a los hom- 
bres, rodaban los heridos entre los pastos, surgían gritos 
e imprecaciones de la tiniebla, los mismos compañeros se 
asesinaban entre sí. Sorprendidos en medio de su des- 
canso, pisoteados por los brutos, enloquecidos por los 
alaridos, cegados por los fogonazos de las descargas, se 
internaron en el monte los pocos que escaparon con vida, 
y pasaron en tropel sobre Juan de Dios para ir a caer, 
ciegos y frenéticos, en las aguas profundas del Río Ne- 
gro, que corría allí abajo, silencioso, trágico, indiferente... 

Un hombre, en su huida, le asentó la planta sobre el 
pecho a Juan de Dios. Tuvo aún, el desdichado, la impre- 
sión de que el perro de su delirio le aplastaba, echándosele 
encima. Un estertor le sacudió, una última bocanada de 
sangre mojó la yerba, y quedó al fin inmóvil, clavadas las 
pupilas en el trozo de cielo que aparecía entre el ramaje. 
Y en aquel cielo lejano, había una estrella, una estrella 
pequeñita, que titilaba dulcemente, como si llorara lá- 
grimas de plata sobre tanta miseria... 



FIN 



ÍNDICE 



Págs. 

Dedicatoria. 7 

Fallo del Jurado 9 

ENTRE LOS PASTOS. 

1. a PARTE 15 

I 17 

II .. 26 

III 33 

IV. . 42 

V 46 

VI 55 

VII 60 

VIII 67 

IX 73 

X 79 

XI 84 

XII 91 

XIII 104 

2. a PARTE 113 

I 115 

II 124 

III 129 

IV 135 

V 137 

VI 149 

VII 155 

VIII 164 

IX 171 

X 178 

XI 185 

XII 191 

XIII 196 

XIV 206 

XV 211 



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